Negacionismo

Escrito por Iñaki Egaña

Esa negación del método científico que, por ejemplo, refuta la evolución biológica y molecular (que no es una teoría sino un conocimiento empírico), es una de las características más notorias de estos viejos y nuevos supremacistas.

El intento de asalto del Reichstag en Berlín por parte del sector nazi de la manifestación contra las medidas sanitarias tomadas en Alemania para atajar la expansión de la covid-19 ha vuelto a poner en portada el negacionismo ultra con referencia a enfermedades, vacunas para prevenirlas y otra serie de acontecimientos de sobra conocidos.

En una esquina de estos negacionistas se sitúan aquellos que consideran que nuestro planeta no tiene redondez, en la otra los que especulan que la política no se mueve a golpe de latidos sino de conspiraciones únicamente detectables por los más sagaces. En el medio también hombres y mujeres de buena fe, que no han pertenecido jamás a secta alguna, y creen que, efectivamente, la tierra es redonda. Son los menos.

Porque, los negacionistas, en general y también en el caso concreto de la covid-19, se han convertido en el semillero del fascismo. Unos caladeros donde pescan habitualmente quienes clasifican a la humanidad por su matiz cutáneo, grosor de la cartera y perfil consumista. Como nos han dado en demostrar las diatribas de Donald Trump, Jair Bolsonaro. Miguel Bosé o Rodrigo Duterte. En EEUU supremacistas, racistas y negacionistas van de la mano, al igual que en las grandes urbes europeas, Londres, París o Madrid.

Una tendencia, impresión, nada nueva, por cierto, que se remonta, en lo relativo a la salud, a los enfrentamientos dialécticos entre la ciencia y la superstición, entre la razón y la religión. Ya recordarán que cuando se produjo el «descubrimiento» en 1981 del VIH (SIDA) en EEUU, la revelación llevó pareja decenas de teorías conspirativas. El virus facturaba desde la década de 1930 esparcido por África, pero el continente no tiene valor para la estadística moderna de la humanidad.

Todas las epidemias históricas han sido enfrentadas por supercherías, en ocasiones nada desdeñables. Comunidades como los agotes y los judíos, sufrieron la ira de fanáticos. Otros quisieron, en cambio, atribuir la enfermedad a las aureolas de un cometa, a la ira del dios de turno… tal y como ahora, con relación a la covid-19, un grupo de iletrados achaca la enfermedad a unas minúsculas laminillas que aviones que vuelan a 40.000 pies, imperceptibles a los radares terrestres, lanzan desde las alturas.

El negacionismo sanitario tiene como fondo la negación del método científico. Alguien me contestará que entre los revisionistas se encuentran médicos, químicos y biólogos. ¿Y? Una carrera y el uso de ella no significa más que eso. No presume inteligencia, tal y como un buen ajedrecista es un buen ajedrecista, no necesariamente con un coeficiente intelectual desbocado. Los torturadores españoles y argentinos tenían médicos asesores. Josef Mengele y Antonio Vallejo-Nájera también eran doctores y no por esa circunstancia la medicina es una materia retrógrada.

Esa negación del método científico que, por ejemplo, refuta la evolución biológica y molecular (que no es una teoría sino un conocimiento empírico), es una de las características más notorias de estos viejos y nuevos supremacistas. Aunque públicamente rechacen semejantes valoraciones, no hay que viajar demasiado lejos para descifrar sus códigos.

Con relación a la covid-19 y esa supuesta reflexión de que únicamente la pandemia afecta a los de salud quebrada, por tanto, su fallecimiento no hace sino adelantar su desaparición, aún en el caso de que fuera cierto, la especulación tiene un nombre: eugenesia. Una propuesta supremacista, nazi.

Y con las vacunas otro tanto. La erradicación de la polio en África, noticia ofrecida estos días por la OMS, ha pasado desapercibida entre esas elites desilustradas porque en Europa ya sucedió hace décadas. La muerte anualmente en Asia y África de decenas de miles de personas contaminadas con la rabia (la mitad, niños), no tiene eco, porque en cualquier centro de salud europeo existe el antídoto, la vacuna, si la mordedura del perro ha sido reciente. Vacuna desconocida en las zonas desamparadas de nuestro planeta.

Aquellos que renieguen tanto del protofascismo como del fascismo moderno, que se sientan ofendidos por mis comentarios, un consejo. Que encorven la mirada hacia Cuba y analicen su actitud frente a la pandemia, frente a las vacunas. En estos días, confinamiento en La Habana, mascarilla obligatoria y aplazamiento del inicio del curso escolar. Cuba, lo recuerdan, es un Estado socialista, con brigadas médicas en más de una veintena de países, ayudando a atajar la pandemia.

¿También es Cuba, como esas críticas que se hacen a la OMS el brazo político del capitalismo? Es cierto que la ciencia asimismo tiene sus agujeros. Como el sistema, depende de financiaciones, fundaciones, presupuestos generales. Hay competencia por publicar en las revistas renombradas, hay galopadas en las universidades para aumentar el currículo. Pero la ciencia es la razón. El resto, supremacía (cristiana, islámica, judía o budista) blanca (por lo general).

Hay otro tipo de negacionismo compartido habitualmente con los que niegan el método científico. Tiene que ver con los que rechazan el cambio climático, con los que afirman que los recursos de nuestro planeta son ilimitados, con los que manifiestan que el hoyo en la capa de ozono es una nimiedad.

Son aquellos que se manifestaron en Berlín y Madrid, pero también en Donostia y en Iruñea. No todos, pero sí numerosos, que niegan los campos de exterminio, los de concentración. Aquellos que afirmaron que Gernika la quemaron los rojo-separatistas. Aquellos tan cobardes que son incapaces de asumir lo que es una noticia empírica: miles y miles de torturados en comisarías y cuarteles, estatales y autonómicos. Son negacionistas históricos, heces de la tierra.

Son tiempos complejos, como todos. No existen composturas absolutas, pero tampoco podemos caer en la máxima de aquel filósofo que afirmaba que la búsqueda de la verdad solo provoca imperfecciones. Y que vivimos en el artificio. Aquí y ahora el futuro pasa por el reconocimiento, la existencia nuestro gran valor.

 

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