El punto y la raya

Escrito por Orlando Villalobos

Con el petróleo llegó un modo de vida que atornilló la dependencia y el neocolonialismo. Las compañías petroleras impusieron una cultura y un modelo que se patentó en algunas de sus creaciones/”innovaciones”. Entre ellos los campos petroleros, el comisariato y una cultura extranjerizante, todo lo cual redunda en los cambios en los patrones de consumo que vivió el venezolano.

Los campos petroleros formalizaron la segregación social. Dividían a la población entre los empleados/trabajadores de la industria petrolera, un pequeño segmento, y una amplia mayoría excluida. En una misma familia venezolana podía ocurrir que un niño asistía a una escuela estatal pobre, casi sin recursos escolares, y otro miembro de esa familia, que estaba empleado en una petrolera, iba a una escuela donde lo recibían con un morral, lápices, cuadernos y todo lo que necesitaba. En los campos petroleros había escuelas, maestros, médicos y servicios. Fuera había otro país que apenas recibía retazos de aquel oasis de abundancia. Nadábamos entre la abundancia y la escasez, según el verbo afilado de Domingo Alberto Rangel.

Era obvia la herida social. En un documento de la Creole de 1951 se anota: “Las comunidades modernas que creamos tras las cercas tipo ciclón, literalmente complejos habitacionales, presentan un contraste muy indeseable con los pueblos que invariablemente brotaban fuera de las cercas” (H.A. Grimes (1951). Creole Coordination Group Meeting, Caracas, p. 3).

Los campos petroleros ponían un punto y una raya; eran fronteras artificiales levantadas a la fuerza. “La raya dice no hay paso/ el punto vía cerrada (…) Con tantas rayas y puntos/ el mapa es un telegrama”, dice Violeta Parra.

Ya en esos años, década de los 50, las compañías buscaban ahorrarse los gastos crecientes que les generaban los campos. El tema giró y continuó, a veces como debate y controversia, hasta que en 1954 en Maracaibo, las autoridades municipales demolieron las cercas que separaban el campo Bella Vista del resto de la ciudad. No fue una decisión autónoma, era parte del pacto con las petroleras. En cualquier caso, así se comienza con la etapa de la llamada integración de los campos, que no se dio de manera simultánea en todas partes, pero que fue llegando lentamente.

Esa fractura social que trajeron las compañías como modo de vida se materializaba en el comisariato. Las compañías crearon una red de establecimientos en los campos donde hubiese más de 250 empleados (Miguel Tinker Salas, 2014. Una herencia que perdura. Petróleo, cultura y sociedad en Venezuela. Editorial Galac). Los empleados y trabajadores se beneficiaban, de manera directa, y compraban, a precios subsidiados, de modo abundante para la propia familia y hasta para los amigos.

De paso se quitaba presión a las demandas sindicales de los trabajadores, cierto, pero aquella fue una política de crear campamentos en los lugares donde el petróleo fluía, para provecho directo de las transnacionales.

El resto de la población estaba muy lejos de aquella mesa bien servida. No todos estaban invitados. No era La Fiesta de Babette –la película danesa ganadora de un Oscar en 1987-. Eran las políticas de las petroleras que modificaban los patrones de consumo y el estilo de vida. Los que estaban en los campos lo vivían de modo directo; la mayoría que estaba fuera lo sufría. No era obligado que un trabajador comprara en un comisariato, pero no estaba permitido que los andinos o campesinos llegaran cerca de los campos a vender sus productos. Tampoco estaba bien visto que un empleado petrolero acudiera a un mercado popular. El prejuicio y el temor encontraron caldo de cultivo;  “qué dirán mis amistades”.

Ese estilo de vida alejado de valores propios se fue reforzando con las costumbres de clase media estadounidense que proyectaba el personal staff; con los campos de golf que se construyeron en Maracaibo –el country club-, Tía Juana, La Concepción y Lagunillas, para que los gringos se sintieran como en casa; con los pinos importados para la Navidad, con el día de acción de gracia y Halloween –o día de brujas- que se celebraba en los campos y que empezaron a sembrarse.

La mirada cultural neocolonial impone que aquellas otras tradiciones se vean con ojos de admiración, mientras se cultiva la vergüenza étnica por las fiestas populares, tradiciones, prácticas y costumbres de nuestros pueblos.

A partir de estos cambios se estableció un modelo de ciudad y un tipo de sociedad donde la desigualdad estaba ahí, para todo el que la quería ver y estudiar. Es lo que conocimos y padecimos como ciudad, un tipo de organización social que contó con la intervención del Estado, vía políticas públicas, para que hubiera transformaciones urbanas favorables para que unos acumularán ganancias, como por arte de magia, y el resto se refugiara en las periferias.

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