Candelabros en el monte / Suelo y democracia

Candelabros en el monte

No existen cardones silvestres entre los ríos Santa Ana y Palmar o entre el Lago y la Sierra. Los cactus se dan en las planicies y cerros espinosos de suelos áridos en el norte del Zulia, en Falcón, casi todo el Estado Lara y tierras bajas andinas. Son abundantes a lo largo del Caribe venezolano hasta Margarita.

Entre las más comunes cactáceas, el «yaurero» se distingue por su esbelta forma de «candelabro» y frutos rojos que le brotan por los costados y en la copa de sus ramas o brazos siempre verdes. El suelo agreste de la Guajira y Paraguaná, xerófito y pedregoso, no impide que se yergan desafiantes entre el monte seco, a más de 8 metros de altura.

Cuando muchacho, por la ventanilla del carro de «Bejuco» los miraba cómo surgían entre cujíes, curarires y tapaleches. Después, al llegar a Maracaibo, me daba cuenta de cómo rodeaban la ciudad por toda la Sibucara hasta Mapuey, donde los guajiros aún los utilizan en sus cercas de chivos. Más tarde, Mario Fernández me contaría sus andanzas recogiendo y comiendo «datos» en Potreritos.

Las «costillas» onduladas y erectas de sus ramas se distinguen a lo lejos, imponiéndose a la sequía. Este «yaurero», «dato» o «candelabro» como me gusta llamarlo, surge de las difíciles condiciones que se presentan dónde llueve poco, para el desarrollo de las especies vegetales. Ese monte seco y espinoso genera también estás tunas que se destacan como si fueran «floreros» del paisaje.

He visto en el tiempo cómo, en medio del bombardeo cultural extranjero, la banalidad, el consumismo y la «simpleza» inducida por el Capitalismo, miles y miles de jóvenes desafían el yugo colonizador y se yerguen revolucionarios, como se levanta el «candelabro» en el monte seco.

En condiciones difíciles, dónde pudiera no surgir nada en contra, dónde la moda y la música infértil detienen la natural rebeldía juvenil, sigo viendo «vaquetones» que surgen como promesas de felicidad para la patria y «ofrecen su corazón», en medio de la «sequía», ¡que vivan!.

 

Suelo y democracia

El suelo agrícola es el sustrato, residencia o sede, dónde se asientan, crecen y se reproducen las plantas. Un buen suelo es el medio que permite «ver de lejos» lo que será un pajonal inmenso, un tupido maizal o un huerto rendidor.

Los viejos perijaneros, zulieros y demás montunos venezolanos, sabían seleccionar empíricamente las tierras que ofrecían los nutrientes suficientes para ser absorbidos por las raíces vegetales. Tierras capaces de retener el agua necesaria y que permitiesen a las raíces respirar. Además, que éstas se fijaran firmemente para resistir la acción del viento y la lluvia.

De nada servían buenas instalaciones, lienzos, servicios, vialidad, sino se contaba con suelos fértiles dónde construir buenos potreros o sembrar un buen platanal. Era tiempo perdido trabajar un suelo erosionado, impermeable, desprovisto de materia orgánica o siempre «enchumbao». Por eso, los indígenas y «guatíes» siempre han preferido los bajizales en la planicie y los valles en las montañas.

Mi tío Emilianito me decía que, «si el suelo es malo, no da nada, sembréis lo que sembréis». Tenía razón, solo quedaba fajarse en un intenso abono, un plan de recuperación, o experimentar un cultivo nuevo.

La Participación Protagónica del pueblo, deliberando, comparando, criticando y proponiendo soluciones a sus problemas, es el sustrato de una verdadera democracia. Ese medio era inexistente en la democracia burguesa y todavía hoy se encuentra en pañales.

Las asambleas populares, las mesas técnicas de agua y otros servicios, la consulta popular y todas las formas de actuación ciudadana que hoy contempla la legalidad Bolivariana, constituyen formas vinculantes de la decisión popular en todos sus asuntos. Son el terror de los burócratas, el «concón» de los falsos democrátas, cadalso de los incapaces y tormento de los flojos. Suelo infértil para los corruptos.

 

¡ORGULLOSAMENTE MONTUNO

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