Como el indio Tomasote y el río Caura

ALONSO VALDEZ  impetuoso… siempre.Imprescindible.

De la adolescencia en la izquierda insurgente venía. Tal vez, como nosotros, de la Juventud del MIR, que a finales del ’69 se transformó en OR, inventando para las elecciones de 1973 la Táctica del Voto Nulo, como un mecanismo para romper el aislamiento.  Alonso se convenció de sus posibilidades y se entregó con pasión allí (en lo que llamaban por esa época en Guayana la Zona del Hierro) para desarrollarla  a través del FSR, junto a Vicente Gómez, Josefina Coa, Ademir Del Nogal, Hilario Díaz, Elam Navas, Pedro Bolívar -“El Bailarín-, Jorge Reyes, Gabriel Moreno, entre otros.  Se movilizó con entusiasmo entre los trabajadores de las empresas estadounidenses extractoras del mineral -Orinoco Minig (Puerto Ordaz y Ciudad Piar) y la Iron Mines (El Pao y Palúa /San Félix)-; entre los obreros de la Siderúrgica del Orinoco SIDOR, de las plantas productoras de aluminio, ALCASA e INTERALUMINA, de la multiplicidad de contratistas que participaban en la construcción de la Hidroeléctrica del Guri; en los barrios y urbanizaciones donde vivían los trabajadores fabriles,  entre los maestros y estudiantes, entre el personal de la salud, entre los pequeños comerciantes, entre los transportistas, entre navegantes y pescadores del Orinoco y Caroní.(1)

Al final de esa jornada electoral que duró un año, cuyo candidato era el Voto Nulo y que caló en importantes sectores del pueblo, se nos convocó a los militantes a una reunión en Caracas para considerar los saldos organizativos del esfuerzo realizado en todas las regiones y la necesidad de crear una agrupación para la lucha política en la coyuntura que se abría con el nuevo gobierno y con la correlación de fuerzas que se avecinaba;  además, de la obligación de reformular nuestro movimiento. Ahí, estuvieron los compañeros de Guayana, en el salón más grande del último piso de nuestra vieja Escuela de Sociología en la antigua residencia 1 de la UCV –por ese tiempo en ella finalizaban su carrera los queridos “Cabezón” Yajure, Marelis Pérez, Norelky Meza, todavía a José Carpio le faltaba y yo me había ido hacía ya más de un año-. Terminados los dos días de discusión, cada grupo salió para su región con el compromiso de crear la Liga Socialista, de lo cual Alonso fue uno de los más entusiastas.

Y continuó el esfuerzo titánico de ese grupo de militantes en la región donde las condiciones de lucha eran más exigentes. No se trataba sólo de enfrentar las poderosas estructuras partidistas de Acción Democrática y Copei, sino también a una perversa dualidad de gobierno representada por el Ejecutivo Regional y la CVG (a cargo de unos de los dirigentes adecos más influyentes en el país, el llamado Zar de Guayana: Leopoldo Sucre Figarella, quien era suplido en ese tiempo por Argenis Gamboa).  Además, del aliado más efectivo: la mafia sindicalera, que vendía los reportes y controlaba el ingreso de trabajadores, a quienes con total impunidad extorsionaba, negociando con las directivas de las empresas los contratos colectivos. Ante cualquier reacción de los obreros, frente a cada intento de huelga la zona era militarizada  y las sedes de las organizaciones de izquierda eran allanadas. Y en el plan intervenían las Fuerzas Armadas, la Policía Estadal, los muchísimos cuerpos de seguridad: la DISIP, el SIFA, los aparatos paramilitares al margen de toda ley (el llamado Gang de la Muerte) y las bandas armadas y de “cabilleros” al servicio de las mafias sindicales. La bestial represión alcanzaba a trabajadores, estudiantes, educadores, a los habitantes de los barrios donde residían los obreros con sus familias y a los campesinos de la Sierra de Caroní y a los agricultores periurbanos.

Era una alianza perfecta contra los sectores populares en la cual participaban la Cámara de Comercio,  la jerarquía eclesiástica, los medios de comunicación, el parlamento regional y el Concejo Municipal; además de la estructura judicial: tribunales, fiscalía, etc.

En ese contexto totalmente adverso, Alonso fortaleció su compromiso e hizo razón de vida  el enfrentamiento a los sindicaleros, el acompañamiento de los reclamos reivindicativos de los trabajadores y el paciente y cotidiano trabajo de captación de obreros y formación de núcleos departamentales en Sidor y en otras empresas, en los barrios, entre los estudiantes y maestros. Fue una labor que realizó asumiendo todos los riesgos, en una situación tan desventajosa. Caminando con pisadas fuertes, sacando el pecho, ni en los peores momentos apareció el carapacho de la derrota. Frontal e intransigente en sus creencias. Por allá pasó muchas veces Jorge para hablar con él, orientar el trabajo y regresar a Caracas a contarnos las proezas de los compañeros de Guayana.

Ya Alonso cargaba consigo la experiencia del conflicto sidorista, que comenzó en 1969 y continuó en el ’70, por las pésimas condiciones de trabajo y de vida. Llegando al ‘71, cuando se produce el despido de 514 obreros, que tuvo gran impacto en la zona y repercusión nacional. Desatándose una violenta represión antipopular.  Allí se había forjado.

El constante trabajo de los compañeros de la Liga Socialista de Guayana entre los obreros rindió sus frutos y permitió animarse a participar por primera vez en unas elecciones de tanta magnitud como las de SIDOR, cuyo sindicato había sido controlado siempre por varias mafias de AD, Copei y URD compuestas por unos personajes de pelo en uña: manipuladores, extorsionadores y violentos. Era un momento en que la organización tomaba conciencia de que había dirigir los principales esfuerzos a los sectores trabajadores e intentaba concentrar sus mejores recursos en ese trabajo; en términos de una definición que tenía como elemento central la construcción de una poderosa vanguardia obrera.

Se planteó como una plancha unitaria y allí en las conversaciones para lograrlo siempre estuvo Alonso. Se logró armar, con el CLP y el Movimiento Ruptura, un equipo que encabezó nuestro querido Vicente Gómez a quien acompañaron un grupo de trabajadores honestos y luchadores. Sorteando las maniobras de la Comisión Electoral de los sindicaleros y la directiva de la empresa, inscribieron la fórmula a la cual le asignaron el número 4.

En ese noviembre de 1974 la organización me seleccionó para ir como refuerzo en esa campaña electoral; por cierto el sindicato se llamaba ATISS (Asociación de Trabajadores de la Industria Siderúrgica y Similares), después lo cambiaron a SUTISS. También fueron Esther Añez y “Comején” –Argenis Girón-; Jorge iba permanentemente. Fue una movilización audaz y de mucho esfuerzo y concentración absoluta a la tarea, que tenía 4 actividades fundamentales:

  1. El contacto con los obreros dentro de la planta por parte de nuestros compañeros que allí trabajaban. Se designó un responsable por cada departamento (Altos Hornos, Productos Planos, Fábrica de Tubos, Hornos Eléctricos, Taller Central, Transporte Interno, Muelles, etc.). En esa tarea participaron: Vicente Gómez, Omar Guararima, Hilario Díaz, Jorge Reyes, Pedro Robles, entre los que recuerdo. Entregaban propaganda escrita y exponían verbalmente por que había que votar por la plancha 4.
  2. Los militantes que no laborábamos allí, para los cambios de guardia en SIDOR a las 6am, a las 2pm y a las 10pm nos ubicábamos en diferentes paradas de los sectores donde los trabajadores abordaban los buses, en esa época la flota más grande del país. En algunos de ellos nos montábamos tres compañeros: uno se colocaba delante y hablaba a los trabajadores explicando la explotación capitalista, denunciado a los sindicaleros e invitando a votar por la 4; los otros dos repartían los volantes, cuidaban de quien hacía el discurso y precisaban quien se mostraba interesado para después buscarlo en su barrio o en la fábrica para seguir conversando. Eso durante el trayecto que duraba como media hora; al llegar al gran portón de la empresa (por donde salían 1.500 y entraban 1.500 obreros en el cambio de turno) los compañeros más preparados para ello, hacían un mitin; ente ellos Alonso con su potente y ronca voz; los demás agitábamos y entregábamos los papeles. Cuando los buses se volvían a llenar, de regreso repetíamos la rutina, pero ya con unos trabajadores cansados, luego de una jornada de 8 horas, algunos en los altos hornos.
  3. Luego, ya en la casa de la Liga, en la mañana a las 8 estábamos listos en nuestras brigadas de propaganda “Ho Chi Ming” y “Che Guevara” para, con un balde de engrudo y una escoba, abordar el bus para ir a pegar las pancartas que pintábamos después de las 4 de la tarde cuando regresábamos del segundo viaje de agitación a SIDOR. Eran grupos de por lo menos 10 compañeros, en el mío estaba Alonso, siempre entusiasta.
  4. En la tarde, mientras pintábamos, se iba haciendo el balance y la autocrítica: las fallas, los errores, los aciertos, lo que debíamos repetir, los obreros que debíamos contactar porque se mostraron interesados. Además, se aplaudía a la brigada que había pegado más pancartas. Y planificábamos la jornada del siguiente día: grupos que se iban a montar a los buses, la ruta para colocar las pancartas, etc.

Los de afuera, dormíamos allí en unas colchonetas en el piso. Los compañeros de la zona se iban a sus casas para aprovechar de atender los asuntos de su familia. Algunos, como Alonso, tenían hijos y debían dejar resueltos los asuntos de la comida, la escuela, mientras estaban en campaña. Una vez, con mucho cariño me llevó a su hogar, ubicado en la UV 2;  nunca se me olvidó el segundo nombre que le pusieron a la niña: Hanoi (era el tiempo de Vietnan).

El día de las votaciones fue muy duro; los sindicaleros tenían mucho que perder: el dinero que cobraban a la gente para conseguirle empleo o por vender a la empresa alguna cláusula del contrato colectivo que significara un ahorro para aquella y perjudicaba a los trabajadores. Y los privilegios que tenían por su condición: oficinas, carros, permiso para moverse a su antojo en las instalaciones para extorsionar y amenazar. Por eso, en ese momento se la jugaron todas: la componenda para el control de los votos en las mesas, el terror psicológico contra nuestros testigos. Estaban respaldados por el aparato de seguridad de la empresa y por policías encubiertos. Pero Alonso, con su fortaleza y entereza, les infundía respeto. Con su banda de cabilleros ellos eran el poder, pero él con su actitud los retaba y le tenían miedo.

Según su escrutinio, los compañeros quedaron sin ningún cargo en el sindicato; era de esperarse conociendo sus manejos y; pero también es explicable por nuestro alejamiento de los centros de producción y del trabajo obrero por tanto tiempo. Constituyó un gran aprendizaje, porque fue un paso importante para conectarnos con la realidad del mundo laboral y sindical; además, permitió cohesionar nuestra organización de Guayana: en las jornadas en los buses también participaban los compañeros del núcleo de barrios, también en la pega de pancartas, junto a los estudiantes.

Fue una experiencia que aportó elementos para ajustar la organización a las tareas relevantes desde el punto de vista de la construcción de una vanguardia obrera. Su sistematización orientó los cambios en la acción política que se sucedieron en lo inmediato. El asunto era que, constituyendo la zona un enclave industrial, de una gran concentración de población y actividades fabriles, había que colocar el esfuerzo principal directamente en los trabajadores en los centros de trabajo y en los sectores residenciales donde especialmente se ubicaban. De modo que el trabajo de barrios se haría para acompañar sus reclamos y buscando organizar familias de obreros; igualmente la labor del núcleo estudiantil.

El año 1975 fue muy movido pues en enero el gobierno decretó la nacionalización de las empresas mineras Iron Mines y Orinoco Mining, que fue, como lo argumentó nuestra organización, una operación que permitió que el hierro siguiera siendo Yanqui. Esa fue la consigna que movilizó a la Liga Socialista, que se incorporó a la lucha por la defensa de las prestaciones de los trabajadores. Allí estuvo Alonso en la primera línea de combate, asumiendo los peligros que eso acarreaba, puesto que la zona fue militarizada y se desató una gran represión contra los obreros y las organizaciones de izquierda.

Inmediatamente se dio la pelea contra las mafias que habían operado durante años en la Iron y la Orinoco (la de Armando Rodríguez León, la de Víctor Mezoni, la de “El negrito Tamboya”, la de otro que creo se llamaba Hirán Morán); verdaderas organizaciones delincuenciales, que vivían del sudor de los trabajadores.  Los obreros exigieron la unificación en una sola central y los sindicaleros se opusieron a sangre y fuego, contando con el apoyo de la directiva de la nueva empresa y los cuerpos policiales. Sin embargo, la presión fue tan grande y valiente que se logró el objetivo. Alonso jugó también en ello un importante papel.

Luego tocó decidir una política para participar en las elecciones del nuevo sindicato y hubo que agitar y hacer propaganda en los portones de la recién creada empresa en el Pao, en Ciudad Piar, en Palúa y en Puerto Ordaz.  Y moverse por los “campos” (urbanizaciones)  que las compañías habían construido para que vivieran sus trabajadores, para conversar con ellos en sus casas. Igual Alonso estuvo allí, con el mismo entusiasmo.

Desde marzo del ’75 la organización me seleccionó para  formar parte del equipo permanente de la Liga Socialista allí (2) y pude incorporarme a esas actividades, siendo testigo de lo que ocurrió en aquel tiempo. También llegó de Caracas, Williams Rodríguez. Todo se estaba encaminando  para hacer más eficiente la labor de la militancia: se eligieron los compañeros responsables de trabajo de cada empresa y departamento (según el desarrollo alcanzado en cada una; que recuerde: Omar Guararima, SIDOR; Vicente Gómez, Productos Planos; Hilario Díaz, Transporte Interno; Jorge Reyes, no me acuerdo en cuál; Alonso, FERROMINERA. También se responsabilizó a Ademir de Nogal del núcleo de barrios y a “Wuayú” Isaac Valdez del núcleo estudiantil. Después llegaron “Carretón” Ramón y “Vanguardia” Pablo Ramírez, quienes quedaron encargados de ALCASA y Propaganda, respectivamente.

Y también Alonso en Finanzas del Comité Regional; diría logística por lo que hacía para conseguir las cosas; en medio de las limitaciones y penurias resolvía las necesidades de funcionamiento de la organización: llevó el multigrafo, la máquina de escribir, el cartón piedra para separar los espacios de la sede, el ventilador y el estante para el salón de reuniones. A lo mejor, se los traía de su casa o se lo donaban los amigos. Supongo que algunas cosas las adquiría con lo poco que ganaba con su ejercicio libre de contabilista, aunque él no lo decía. Qué decir de su habilidad para lograr boletos para que compañeros viajaran a Caracas o para conseguir el local de un cine para pasar una película con el propósito de obtener finanzas. Por eso Jorge lo llamaba “Don Vito” y él sonreía complacido.

Nosotros que, por no ser de allí, pudimos estar en el mayor desamparo, con él no nos sentimos solos. Protegidos en la solidaridad del respeto y el afecto. Como seguramente se sentía la militancia frente a la represión de los policías seguramente más asustados ante aquella presencia tan fuerte y altiva y digna. Y todos sabían cómo eran las cosas con él: periodistas, locutores, abogados; por qué conocían “su voz vibrante y contestataria; su discurso fuerte, recio y frontal”; su valentía.

Alonso con su carácter fuerte, en la enérgica actitud frente a las violaciones de las medidas de seguridad. Detrás estaba su simpatía y solidaridad que lo llevó a ganarse el respeto de aquel grupo de hombres y mujeres que fuimos sus compañeros en aquella etapa de construcción; los del núcleo obrero,  los del núcleo de barrios; de los educadores y los del núcleo estudiantil. Vicente, Guararima, Hilario, Reyes, Robles, Arredondo, Zurita, Wilfredo, Ademir, Pancha, Deyanira, “Pichaco”, Rodolfo, Elam, Elida, Reinita, “Wuayúu”,  Alfredo, Pateti, Baquero, Oramas, Iván, “La Nena”, Rosario; y los foráneos: Williams, “Carretón”, Rafael, “Vanguardia” y yo, siempre los respetamos y quisimos mucho. También los que iban ocasionalmente: Jorge, Esther, “Comején”, “El Cabezón”, Juan, Jesús, etc.

Siempre tuve noticias de su lucha contra la injusticia y la corrupción. Y supe de su apoyo al compañero obrero Vicente en su enfermedad hasta hace dos meses cuando falleció.

En la clasificación del Bertolt Brecht, Alonso es un imprescindible; luchó toda la vida.

Su compromiso, consecuencia e impetuosidad quedaron marcados en dos direcciones electrónicas que inventó y que nunca he de olvidar:

Alonso: irreverente, incorruptible, batallador, luchador incansable.

Alonso: el indio catire del Palmar,  orgulloso y altivo, nunca vendió la patria.

¡Honor y gloria a ALONSO VALDEZ!

………..

(1)Nosotros lo hicimos en Caracas con los liceístas del CERO  y los compañeros del Comité Zonal de Catia, entre los estudiantes, en las zonas industriales, en las barriadas, etc.

(2)Por exigencias de una militancia con muchos riesgos, casi todas nuestras cosas permanecían en secreto, casi nadie se enteró – ni quienes me mandaron, ni quienes me recibieron-, hasta ahora que lo escribo, que como hijo de trabajador de la Orinoco Mining, había crecido entre los campos A1 y A2 de Puerto Ordaz entre los años 1956 y 1961, estudiando en la escuela de la compañía desde 1º hasta 5º grado. Tampoco que mi padre fue fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria MIR (que primero se llamó AD-Izquierda) y del Sindicato de Marinos del Estado Bolívar (en esa condición le tocó participar de las discusiones del Primer Contrato Colectivo de los Trabajadores del Hierro que se realizaron en el Ministerio del Trabajo en Caracas; aún no se habían creado las mafias, eran personas incorporadas al trabajo, sin los privilegios que con los años inventaron los sindicaleros). Entonces, trece años después, me pasaron para el otro lado del Caroní, para San Félix; ya no tuve que embarcarme en las curiaras en las que, en el año ’56, iba con mamá a hacer mercado, por la calle Orinoco en el abasto “Gruber” y las tiendas de “turcos”,  porque desde hace ya algún tiempo habían construido el puente del Caroní desde Puerto Ordaz a Dalla Costa.

(3) En recuerdo al indio Tomás Caurima que se inmortalizó en la batalla de San Félix, en el Cerro El Gallo.

(4) El Caura es el tercer rio de Venezuela. De aguas negras, que se debe a los ácidos húmicos de la vegetación de selva.  Está habitado por los grupos indígenas Yekuana y Sanema.

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