USA, el imperio del terror

Escrito por Félix Roque Rivero

El desdén con que los Estados Unidos han tratado al mundo es una señal demostrativa de una pretendida supremacía que no reconoce límite. Ese menosprecio y esa hostilidad evidenciada hasta para con sus socios capitalistas europeos la narra de manera expresiva Anatol Lieven cuando en los días posteriores al 11-S fue invitado a una comida en un lujoso hotel por un grupo de escritores e intelectuales de un influyente periódico norteamericano. Cuanta que la postura de los anfitriones respecto a la mayor parte del mundo fuera de los Estados Unidos era “una combinación de odio, desprecio, desconfianza y miedo”. El desprecio era hacia los chinos, rusos, árabes, franceses y hacia los gobiernos “socialistas europeos”, manifestando sus fuertes deseos de emprender acciones militares contra ellos. Motivado a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos bajo la Administración del presidente George Busch anunciaron la declaratoria del estado de guerra y desde entonces, viven sumidos en un permanente y constante estado belicoso contra el mundo y contra ellos mismos. El pueblo estadounidense vive sumiso en un autocine contemplando una película de terror que pareciera no tener un final definido en el guion. Es como una serie de esas de Netflix de capítulos interminables.

Los Estados Unidos, prácticamente desde su fundación han vivido entre el bien y el mal. Como lo afirmó John O´Sullivan en 1845, director de Democratic Review “nuestro destino manifiesto es llenar (ocupar) el continente otorgado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestra cada vez más numerosa gente” En ese afán de “llenar” el continente que les regaló la providencia, en los gobiernos de los Estados Unidos ha sido una constante la visión expansionista. Exterminaron a las tribus indígenas. Compraron La Florida a España. Se apropiaron más de la mitad del territorio mexicano. Se apoderaron de Hawái. Convirtieron a Puerto Rico en un “Estado libre Asociado”. Se establecieron en Guantánamo con la intención de anexarse a Cuba. Cuando se apoderaron de California, San Antonio hasta Río Grande en 1846, el coronel gringo Hitchcock escribió en su diario “He mantenido desde el principio que los Estados Unidos son los agresores. No tenemos el más mínimo derecho a estar aquí”.

Hoy las grandes ciudades de los EE.UU arden por los cuatro costados. Son llamaradas avivadas por el asesinato sin justificación alguna del afroestadoudinense George Floyd. Se trata de la lucha racial que desde hace más de trescientos años existe en ese país. Como afirma Howard Zinn, no hay país en la historia mundial “en que el racismo haya tenido un papel tan importante y durante tanto tiempo como en los Estados Unidos (Zinn, op. cit, pág 31). Ese odio o menosprecio hacia “la inferioridad de los negros y la superioridad del blanco” permitió el desarrollo de un pensamiento peyorativo conocido como racismo. Los virginianos de 1619, narra Zinn, necesitaban mano de obra para el cultivo. La respuesta la encontraron en la importación de esclavos negros indefensos a quienes se les obligaba a vivir en condiciones miserables, desconociendo sus derechos y sus costumbres. Solo desechos quedaban de aquella raza noble venida del África. Sus carceleros eran gente de la peor calaña. Desde entonces, los amos de los EE.UU siguen moviéndose entre el bien y el mal.

Los Estados Unidos, ese país que se autodefine como “el campeón de las libertades y de la democracia” iniciaron el camino de “su grandeza” imperial estableciendo su hegemonía total en todo el continente americano, quitándose de encima a cualquier rival real o potencial. En esto constituyo la llamada doctrina o plan Monroe. Tal fue el diseño de la política exterior de USA durante el siglo XIX, dominar a todos los demás estados del norte y del sur de América y prevenir a las grandes potencias europeas de que “con su patio trasero” no se metieran. Esta premisa ha cambiado notablemente y hoy, muchos son los Estados Latinoamericanos que se han sacudido de alguna manera el protectorado infame de los Estados Unidos. Democracias como la de Venezuela, México, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Argentina, Uruguay, las repúblicas del Caribe, levantan su voz en Naciones Unidas reclamando la defensa de sus soberanías, de sus pueblos, de sus costumbres. La existencia por más de sesenta años de la República socialista de Cuba, ubicada a solo unas leguas del territorio norteamericano, ha significado un enclave rebelde, de dignidad y coraje que no cede un jeme ante las pretensiones imperiales de los Estados Unidos.

La estupenda ubicación geográfica de los EE.UU que les permite el acceso a los dos grandes océanos constituye una enorme ventaja competitiva y comparativa. Ello permitió el auge de su gran industria. Las empresas trasnacionales estadounidense volaron por encima de los océanos para el logro de los mercados. Internamente, los EE.UU son un enorme mercado que los apalancó hacia el control de otras regiones. Establecieron prácticamente un mundo unipolar económico. Las dos guerras mundiales y la misma guerra fría les sirvieron de sostén. Esta premisa ha sido repelida con éxito. Nuevos bloques emergentes hoy por hoy compiten de igual a igual con las empresas norteamericanas y en muchos renglones comerciales les superan. Los casos de Rusia y China son demostrativos de ello. Como lo predijo Nixon “A medida que China desarrolle su economía, aumente su fuerza militar y se convierta, como muy bien puede suceder, en la nación más poderosa del mundo”. La riqueza económica de los Estados Unidos les permitió crear un superávit, sobre todo por el acierto que tuvieron en “financiar” a Europa luego de las dos grandes guerras mundiales. El conocido Plan Marshall no fue más que una política de préstamos bajo condiciones leoninas que ató para el futuro a los empresarios europeos quebrados por la guerra. Esto ha cambiado radicalmente con el tiempo y, los Estados Unidos pasó de ser un país con una fuente poderosa de liquidez mundial y de inversiones y colocaciones directas en el extranjero, a ser la principal nación del planeta emisora de deuda pública, arrastrando un déficit fiscal gigantesco, con un desequilibrio monetario que obliga a la Reserva Federal a emitir papel moneda sin respaldo alguno. La cuarta premisa que habla de la debacle del imperio estadounidense, que la ha llevado a descender de su estatus de “hiperpotencia” como la denominó el ministro francés de Asuntos Exteriores, Hubert Vedrine, es de cómo su poderío militar ha ido deteriorándose con los años, fundamentalmente luego de terminada la guerra fría. En esa crisis por el mantenimiento de la hegemonía, como afirman Arrighi y Beverley Silver, los Estados Unidos están padeciendo una especie de bifurcación de las capacidades militares y financieras que incide en sus capacidades operativas y de desplazamiento. Sus derrotas en Vietnam, Siria, retiro de tropas en Afganistán, sus peleas con sus socios europeos de la OTAN, el pase de los buques iraníes por el océano Atlántico y el mar Caribe transportando gasolina y componentes químicos a Venezuela, evidencian que la otrora estructura militar invencible de los EE.UU hoy ya no lo es.

Los adversarios del imperio norteamericano se han multiplicado en el mundo. Mucho o la totalidad de ese resentimiento proviene de las actuaciones bastardas de los gobernantes estadounidense en su visión supremacista. La larga cadena de intervenciones de los ejércitos imperiales, con sus secuelas de muerte y destrucción, han creado ese clima de animadversión hacia los gobiernos de los Estados Unidos. La visión idealista-espiritual de Woodrow Wilson expresada en su discurso del 5 de septiembre de 1919 en San Luis Missouri ha quedado para la historia. De ser un imperio “original” que declaró ser un país sin fronteras, los Estados Unidos ven como su poder de influencia se va desmoronando y derritiendo como panela de hielo. La crisis actual que sacude a los Estados Unidos, ratifica lo que es una verdad de Perogrullo y es que ese país “es la sociedad más racista de todas”. Se trata de una sociedad, afirma el profesor Acosta, penetrada de manera estructural por el racismo más profundo, por un racismo de muy hondas raíces religiosas, un racismo estructural, que no obstante, se continúa presentando a sí misma como “modelo de democracia y libertad y como promotora de los derechos humanos”.

El escritor cubano, Alejandro Castro Espín ha afirmado de manera rampante que “Todos los imperios que han existido en la historia de la humanidad, fenecieron producto de sus propias contradicciones, excesos y vicios: este (los EE.UU) no será la excepción. Más temprano que tarde se impondrán la razón y la justicia”. La crisis que hoy estremece a la sociedad norteamericana tal vez sea el preludio de cambios profundos en ese país, cuyos dirigentes (republicanos y demócratas) han caracterizado sus actuaciones por la arrogancia y la jaquetonería. Sus políticas de seguridad nacional han sobrepasado lo estrictamente “nacional” para pasar a ser un ritornelo de invasiones, red de espionaje, corolarios de fechorías y de permanente terror. El cada vez más excesivo gasto militar procura causar impacto terrorífico. El terrorismo, el narcotráfico han sido los pretextos de los jerarcas imperiales en su afán de continuar “localizando” al enemigo para así continuar practicando su excepcionalísimo. El consumismo y el entretenimiento masivo causante de tanta estupidez, es la reedición de la política de pan y circo del antiguo imperio romano. Todo un tinglado ideológico-religioso que como afirma Berman, pretende reducir la realidad a una lucha entre el bien (los Estados Unidos) y el mal (sus opositores). El imperio del terror hoy se retuerce en sus propias brasas, tal vez va cuajando ya sus propias cenizas. Roma no cayó por el ascenso de otro imperio, sino por el debilitamiento interno y por el ataque de los pueblos “barbaros”. Tal vez, los “barbaros” de hoy son todos los pueblos que luchan por su libertad y USA, el imperio del terror.

Por: Félix Roque Rivero.

roque.felix@gmail.com

 

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