Los signos que surgen en el presente sugieren, poco a poco, las preguntas correctas

Escrito por Étienne Balibar

Entrevista a Etienne Balibar/ Por Carolina Keve

 

–Se han hecho muchas interpretaciones sobre las posibles realidades que configurará esta pandemia. ¿Cuál es su lectura?

–No sabemos cuándo terminará realmente la pandemia y la crisis de salud que causará, ni sabemos cuál será la escala de la crisis económica resultante. No sabemos cuáles serán las repercusiones en términos de sufrimiento y destrucción, ni las protestas y movimientos políticos que pueden aparecer. Y todo esto constituye la referencia real de las palabras que usemos y, por lo tanto, de su significado. No creo que estemos ante una simple interrupción en la vida de una sociedad ni tampoco ante la ocasión de una inversión de poder. Quizás lo más acertado sea decir que estamos ante un cambio pero en el modo de cambio en sí mismo, y son los signos que surgen en este presente los que deben sugerirnos poco a poco las preguntas correctas, en lugar de hacer pronósticos frente a la crisis.

–¿Cómo cree que evolucionará el clima y la situación social a medida que el miedo por la pandemia ceda su paso?

–Todo depende del desarrollo de la crisis. Recién está comenzando en todo el mundo, también en Europa y Francia. Tiene dimensiones sanitarias (por lo tanto, “biopolíticas” en el sentido de Foucault), económicas y también, no lo olvidemos, morales. En el plano económico, las dos variables estratégicas son la multiplicación de las deudas públicas y la forma en que pueden ser gestionadas por los Estados (los bancos centrales) –incluso en términos de competencia entre monedas y guerra de divisas– y, por otro lado, los efectos del desempleo masivo en la seguridad social. En este punto es donde el conflicto, que puede ser muy duro, se desarrollará frente a políticas de austeridad reforzada, que no se pueden imponer sin represión, o bien proyectos alternativos de solidaridades colectivas, en particular bajo la forma de sistemas de “ingresos de ciudadanía universal”.

La experiencia histórica demuestra que situaciones así generan grandes movilizaciones progresivas, pero también fenómenos fascistas de masas, cuyo alimento principal es la xenofobia. Y aquí viene la dimensión moral de la crisis. Afortunadamente, hoy hay ejemplos de movilización política con una dimensión transnacional y un fuerte contenido moral, como el movimiento para salvar al planeta de una catástrofe ecológica o el movimiento para la liberación de las mujeres de toda violencia sexista, donde se destaca el “Ni una menos”. ¿Es esto suficiente para evitar el fascismo o el “populismo” de derecha? No estoy seguro. Espero que la conciencia crítica nacida de la pandemia y la solidaridad que expresa, también empujen en esta dirección. Hagamos todo lo posible para que esto suceda.

–Usted ha señalado que estamos ante una profunda transformación…

–No habrá regreso al estado anterior. No lo tomo como una profecía, sino como la descripción de un estado de cosas. La crisis revela condiciones que se han vuelto incompatibles con una reproducción del régimen anterior. Estamos ante un proceso de transición que ya no se puede bloquear, pero cuyos métodos y orientación permanecen indefinidos. ¿Cómo han cambiado las civilizaciones en la historia? ¿A costa de qué violencia, qué inventos y qué conversiones? Esta es la pregunta que, como otras generaciones antes que nosotros, tendremos que enfrentar, y frente a la que nunca ha habido una respuesta unánime.

–¿En qué sentido?

–Por supuesto que las fuerzas poderosas y organizadas creen que pueden continuar como antes. En esos llamados a una reactivación de la economía –cualquiera sea el costo humano– no es difícil identificar el proyecto de aceleración neoliberal e imaginar los efectos devastadores que podría haber. Muchas de estas tendencias, ya sea la financiarización y la deuda generalizada, o la mercantilización del medio ambiente, buscarán realizarse, pero también es cierto que se encontrarán con obstáculos igualmente poderosos. Y, por lo tanto, las consecuencias no van a ser una reproducción ampliada del neoliberalismo. De hecho, las fuerzas del capitalismo deben reinventar una estrategia de dominación, y eso no puede tener lugar sin conflictos internos entre las diferentes hegemonías.

–Aquí aparecen varias cuestiones. En primer lugar, ¿estamos volviendo a una reafirmación de los estados-nación?

–La globalización produjo una interdependencia sin precedentes de las economías y las sociedades, pero no tiene regímenes políticos estandarizados, niveles de prosperidad igualados ni ha acercado las tradiciones culturales entre sí. Implica polaridades muy fuertes entre el Norte y el Sur, así como entre el Este y el Oeste. Y cualquier análisis de una situación local depende del lugar que ocupa en un campo de relaciones geopolíticas inestables.

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–¿Y qué pasa con Europa en esa coyuntura? Hace tiempo viene sosteniendo la necesidad de que se reinvente…

–La situación no es simple. En vísperas del coronavirus, Europa ya se encontraba en un estado de descomposición política y moral avanzada. El Brexit es un síntoma, pero no el único. Ahora se trata de reaccionar a los problemas planteados por esta crisis, con una tendencia a favorecer una respuesta nacional, por razones que son comprensibles e incluso justas –es a este nivel que se organiza la salud pública– pero también por otras negativas, como la acentuación de los sentimientos nacionalistas. Vimos un poco de solidaridad transnacional pero básicamente fue poco. Sin embargo, hubo un fenómeno positivo, que no todos esperaban: la reversión de la posición alemana sobre la acumulación de deuda, y la decisión, en principio, de fortalecer la solidaridad financiera de los estados europeos obligados a emitir grandes cantidades de deuda pública. Queda por ver ahora bajo qué condiciones se implementará este esfuerzo monetario y presupuestario, con qué reglas y especialmente con vistas a qué proyectos económicos. Si sólo se trata de salvar lasa industrias automotriz y aeronáutica es un desastre. Si se trata de poner en marcha una transición energética y una transformación de los modos de producción-consumo, hay alguna esperanza.

–Otra vez surge la pregunta sobre qué lugar tendrá el Estado en estos procesos.

–La cuestión del Estado se ha convertido de repente en la cuestión central del debate político, y también filosófico. Y lo domina una alternativa heredada de los conflictos ideológicos del siglo XX, que postula que las intervenciones estatales y las actividades de mercado son antitéticas entre sí. Pero,¿se puede hablar realmente de salir de las leyes del mercado en un mundo donde se han generalizado? ¿Qué instrumentos lo permitirían? Es complejo y no pretendo reunir los términos de todas estas discusiones, pero sí me gustaría detenerme en un punto.

–¿Cuál?

–En la cuestión de la “policía”…que surge en nuevos términos. Me refiero a las relaciones que pueden surgir entre la necesidad de ciertas restricciones para organizar el suministro de los servicios universales, y las prácticas de estandarización y control que subyugan a quienes acceden a estos mismos servicios. Ciertamente, hay algo paranoico en las descripciones que las grandes mentes nos ofrecen en este momento de una evolución irresistible del estado de excepción que es el confinamiento, hacia una sociedad totalitaria. Pero esta dificultad no se resuelve con un “retorno a los principios” del estado de derecho, ya que tiene su origen en estos mismos principios. Más bien, apuntaría a obligar a un Estado que se había dedicado por completo a los intereses de la clase dominante, a ponerse al servicio público, incluso retirando los recursos necesarios de la economía de mercado y movilizándolos de manera racional bajo un control democrático.

–¿Consdiera que el reclamo de “Black lives matter” en Estados Unidos se vincula con las movilizaciones en Francia por el asesinato en manos de la policía de Adama Traoré en 2016?

–El movimiento social de “Justicia para Adama” es frágil pero extremadamente interesante y productivo. Los que lo conducen mostraron una gran inteligencia tomando por sorpresa a la opinión conservadora, pero también a parte de la opinión progresista que no vio el retorno de la política viniendo de este lado. Aparentemente, la crisis del coronavirus había sofocado las aspiraciones de una política democrática y antiautoritaria, pero estas resurgieron donde no se esperaban, logrando unir a un gran número de fuerzas diversas. Creo que hubo dos elementos que desempeñaron un papel de cristalización: la conciencia crítica nacida de la prueba de la pandemia en muchos ciudadanos, y el entusiasmo despertado por “Black Lives Matter” después del asesinato de George Floyd y el asesinato de otros activistas.

Existen diferencias en la historia de los fenómenos del racismo institucional en Francia y EE.UU., pero no hasta el punto de ocultar las enormes similitudes. Y, sobre todo, el movimiento en EE.UU. tiene una auténtica dimensión insurreccional, extremadamente comunicativa, que hace que la gente de mi generación piense en el “contagio” que había ocurrido en los 60, especialmente en el 68. Tendremos que observar cómo evolucionan las cosas en ambos lados, pero no puedo evitar dar la bienvenida a la novedad.

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