Dedicado, de manera especial, a la gente buena
Por Nelly Carrillo
Abogada – Profesora Universitaria
Experta en Derecho Humanitario y Derecho Financiero
Diplomática venezolana
Querida gente de bien:
Hoy, sentada a la mesa y esperando el año nuevo, es mi turno de hacer una reflexión.
El año que termina ha sido, una vez más, un año duro para la gente buena de mi país y del mundo entero. Tal vez la prueba más difícil para muchos de nosotros —esa que nunca se supera del todo— ha sido despedirnos de algún ser querido. Aprender a vivir con la ausencia. Nombrarlos… y que se nos quiebre la voz.
Esta noche, durante la cena de fin de año con mi esposo y mis hijos, lejos de nuestro hogar, recordé aquellos 31 de diciembre en casa de la abuela. Sus enseñanzas —propias de una mujer venezolana revolucionaria de los años sesenta— entrelazaban el Manifiesto Comunista y el amor al prójimo de nuestro Señor Jesucristo en una combinación perfecta: la justicia social y la lucha por el hombre — la mujer, el abuelo, la abuela, el niño y la niña— no se hacen por caridad.
En la radio, Las uvas del tiempo, de Andrés Eloy Blanco, marcaba la señal del encuentro. Mientras tanto, todos corrían en distintas direcciones para llegar a tiempo a la mesa. Un solo baño. Treinta personas esperando su turno.
—¡Apúrate, que ya comenzaron Las uvas del tiempo! —gritaban, a coro, quienes aún no estaban listos.
Las hallacas andinas humeantes. El pan de jamón y la ensalada de gallina. La leche burra. Los dulces de las tías. El llamado de atención del mayor de nuestros tíos para hacer silencio y escuchar a quien, alrededor de la mesa, tenía el turno de hablar. Cada intervención era como esos capítulos de las películas que intentan explicar, en pocos minutos, lo ocurrido durante un año entero. Tres minutos de balance y deseos que, sumados, terminaban convirtiéndose en la historia de una familia… y también en la historia del país y el mundo.
El conteo regresivo, gritado a destiempo, trataba de seguir al locutor de la radio:
—¡Nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… feliz año!
Luego, en la calle, todo el sector esperaba —de pie o sentados en sillas— el encendido del camino de pólvora, cuidadosamente diseñado por el mayor de los tíos —antiguo militante de la Liga Socialista— cuyo recorrido enlazaba los tumbaranchos traídos de Mérida con los fuegos artificiales de colores hechos en Lara. Un espectáculo colosal de detonaciones y luces que culminaba en aplausos y ovaciones prolongadas. En los últimos años, mi tío tardaba un poco más en encender la pólvora. La gente, como en el teatro, aplaudía para animar a quien había hecho famosa esa tradición en la calle 18 de Barquisimeto.
Extraño profundamente esos momentos. Creo que todos los hemos vivido, en nuestras familias y comunidades, con la misma intensidad.
Recordar el pasado me devuelve al presente. A mi balance y a mi mensaje en la mesa esta noche. A tiempos decisivos para mi país y para la humanidad entera; también para nuestras familias y para nosotros como individuos. Tiempos en los que, viniendo de historias sencillas, familiares y locales como la que antecede mi balance de este año, nos ha tocado luchar juntos —ustedes desde el territorio y nosotros fuera de él— contra fuerzas que, desde sus propias contradicciones, han decidido negar la diversidad y la vida, y que hoy detentan el poder nuclear.
La historia insurgente ha demostrado que, desde siempre, los poderosos han impuesto su versión de los hechos para ocultar la lucha heroica de quienes resistimos la dominación y el saqueo en lo cotidiano. Una guerra asimétrica, con enormes desventajas para la gente trabajadora y humilde. Pero la dignidad y la valentía siempre han sido nuestras.
También ha demostrado que los poderosos han secuestrado la historia para alejarla de la gente y sembrar desesperanza, haciéndonos creer que solo las élites pueden definir el rumbo de la humanidad. Por eso mi balance y mensaje de fin de año comienzan reivindicando aquella historia sencilla de una familia trabajadora del pueblo venezolano que se sienta a la mesa para compartir, escucharse, comer y celebrar en austeridad su propio acto de heroísmo —sin saberlo— y la voluntad de cambiar el rumbo de la humanidad hacia la paz y la preservación de la vida, desde el reconocimiento del otro, en comunidad, y desde la rebeldía compartida.
La magnitud del conflicto mundial y multidimensional —cognitivo y material— que enfrentamos nos ha enseñado, en lo cotidiano, el verdadero valor de la Paz. Desde dentro y, sobre todo, desde fuera del país, los venezolanos, como tantos pueblos del mundo, hemos tenido que enfrentar la desinformación como arma de guerra. Confirmar con amigos y familiares que todo está en calma y en paz, y luego difundirlo con fuerza a otros pueblos, ha sido uno de nuestros mayores logros.
Sinceramente, creo que esa es nuestra mayor victoria y nuestra aspiración más profunda: la Paz.
Especialmente en este mundo convulso, donde resurgen con fuerza el fascismo y el nazismo, negando al ser humano. Lo más trágico es que estos discursos de odio vuelven a ser sostenidos por sectores de la clase media, como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial: por miedo a perder privilegios —espejismos— y por el temor a ver frustradas aspiraciones de pertenecer a una clase que, en realidad, los engaña y los desprecia. Miedos históricamente inoculados por quienes —como decía Hugo Chávez— se creen dueños del mundo: un puñado de familias que concentran la mayor parte de los recursos y esparcen su propaganda —ayer con panfletos, hoy con algoritmos— a través de plataformas digitales, redes sociales y medios de comunicación hegemónicos. Los mismos que invierten millones en ir a la Luna o a Marte, buscando asegurarse un territorio después de haber devastado la Tierra.
Cada minuto que pasa es una lucha titánica entre el bien y el mal. El pueblo palestino padece hoy el reinado pleno del mal —el lucro y la ganancia— Como los campos de concentración de antaño, el genocidio en Gaza perpetrado por el Estado sionista de Israel constituye una de las mayores vergüenzas de la civilización occidental que, aun teniendo sede en el Sistema de Naciones Unidas (ONU), de civilizada no tiene nada.
Sin embargo, como demuestra la historia insurgente, desde siempre otras fuerzas empujan los acontecimientos en sentido contrario: la gente consciente y la gente buena —juntos la gente de bien— los trabajadores y los humildes del planeta. Nuestras familias. Nuestros pueblos organizados. Nosotros mismos, como sujetos históricos.
Venezuela está hoy en el centro del debate mundial, junto a otros actores fundamentales. Este año hemos sorprendido al mundo con nuestra determinación de ser independientes y soberanos. Pero esa vocación no es nueva: viene desde que nuestros pueblos originarios defendieron su territorio y desde que nuestro Libertador Simón Bolívar salió a caballo a dar libertad a los pueblos de Nuestra América. Sí, nuestra determinación fue enterrada junto a Bolívar aquel 17 de diciembre de 1830, pero regresó hecha una ola de luchas un 27 de febrero de 1989 y se consolidó, para quedarse, el 6 de diciembre de 1998, con la victoria de Hugo Chávez y el inicio de la Revolución Bolivariana.
Junto a la gente de bien de los pueblos del Sur Global, hemos enarbolado las banderas de la vida y la Paz, destacando por nuestra rebeldía frente al poder del mal: el capital en su forma más desarrollada. En todos los escenarios internacionales hemos denunciado sus planes de dominación, sus agresiones, su desprecio por la diversidad, la equidad y la inclusión, y su pretensión de exterminar a los trabajadores, a los humildes y a los más vulnerables, imponiendo su idea recurrente de una supuesta raza pura, nacida del caos y la muerte.
Al mismo tiempo, nos ha tocado reconstruir un país bajo asedio permanente. Sometido a una “guerra no convencional” —no es casual que esta categoría no esté reconocida formalmente por la ONU— y, más recientemente, con la expansión de las redes sociales y las nuevas tecnologías, a una “guerra cognitiva” —tampoco reconocida por la ONU, que solo reconoce jurídicamente el Conflicto Armado Internacional—. A ello se han sumado las agresiones de los traidores internos. Como nación, como familias y como individuos, hemos tenido que reponernos también a eso.
En lo personal, sufrí la persecución de uno de ellos, poderoso y emblemático. Perdí una hija. Estuve cerca de perder la vida. Hoy él viste una braga naranja. Yo visto los colores de mi bandera, defendiendo a mi país junto a mi esposo y nuestros hijos, avanzando con el apoyo de nuestros aliados y alcanzando importantes logros del multilateralismo venezolano. Somos hijos y nietos del legado victorioso y heroico de un pueblo optimista, con una voluntad infinita de salir adelante y vencer en cualquier circunstancia.
Uno de los momentos más emocionantes de estos años de lucha en el foro internacional ha sido encontrarnos con la gente de bien del Sur Global y reconocernos en la necesidad de unirnos en torno a las causas más justas del planeta. Hemos comprendido y promovido la educación inclusiva —educación, ciencia, cultura, deporte, comunicación e información para todos— y el trabajo como componentes vitales para el desarrollo de nuestros pueblos y para impedir que se imponga el reinado del mal en el planeta.
En Venezuela estamos trabajando, estudiando, creando, inventando y luchando en todos los ámbitos. No hay tarea para el desarrollo sostenible que escape a nuestra manera propia —nuestra alternativa— de hacer las cosas.
Este año hemos demostrado al mundo que esa forma nuestra es una alternativa real para la vida y para la Paz. El mundo científico y académico de los foros multilaterales así lo ha reconocido. Nos han observado con atención. Nos han señalado como ejemplo. Más allá de la formalidad institucional, constituye un hito el reconocimiento de los Estados miembros, la comunidad científica y expertos internacionales de la UNESCO —espacio de lucha desde el cual hacemos vida—, que han decidido replicar nuestra educación artística y cultural desde la música como poderosa herramienta de inclusión social, así como nuestra Ciencia Abierta para la Vida desarrollada por la Alianza Científico Campesina y el CEBISA, con el apoyo del Gobierno Bolivariano, liderado por nuestro Presidente Constitucional Nicolás Maduro Moros.
Pero 2025 también trajo nuevas formas de agresión: el ataque a la cultura y al gentilicio de los pueblos no alineados, la criminalización de los migrantes. Venezuela fue el primer país en enfrentar cárceles convertidas en campos de concentración para migrantes en El Salvador. Al cierre del año, no solo recuperamos con vida de esos campos a nuestros jóvenes, sino que logramos reivindicar ante el mundo la importancia de nuestra historia y nuestra cultura, con la inclusión del Correo del Orinoco en el Programa Memoria del Mundo y la inscripción del Joropo Venezolano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Las causas justas que enarbolamos también alcanzaron grandes victorias. Poblaciones vulnerables, pueblos originarios, minorías étnicas, mujeres, jóvenes y personas con discapacidad quedaron incluidos en los programas, recomendaciones y declaraciones de alto nivel de la UNESCO. Destaca, por su valor histórico, la aprobación por aclamación de la primera Estrategia de la UNESCO para la Inclusión de la Discapacidad, la Recomendación sobre la Ética de la Neurotecnología y declaración MONDIACULT Barcelona 2025.
Los pueblos del Sur Global cerramos el año 2025 en Moscú —mientras Caracas Ciudad de la Música era incluida en la Red de ciudades del Aprendizaje de la UNESCO— sentados en mesa redonda, con la firme convicción de priorizar la cooperación para alcanzar una educación inclusiva. Mirando al futuro. A la lucha que viene y que continuará más allá de 2026 si vence la gente de bien: quienes no nos damos por vencidos y quienes, desde tiempos remotos, elegimos conscientemente seguir luchando a cualquier precio.
Por último, mis deseos: deseo de todo corazón, querida gente de bien, que sigamos conquistando cada día la Paz que nos hemos ganado a pulso; que tengamos salud —ese tesoro que solo se comprende plenamente cuando falta— y prosperidad para seguir sacando adelante a nuestros hijos y nietos. Los amo con todo mi corazón y con todas mis convicciones, porque el amor también es una forma de resistencia.
Con orgullo por lo que defendemos, desde mi patria Venezuela agradezco a los pueblos del Sur Global y a mi propio pueblo todo lo que me han enseñado: la riqueza de nuestras culturas ancestrales, el valor de la diversidad, el reconocimiento del otro, la defensa colectiva de las causas justas y el despertar decidido hacia un mundo pluripolar y multicéntrico.
Que todas nuestras creencias y nuestra espiritualidad nos bendigan y nos concedan un 2026 de victorias para las mujeres y los hombres de bien.