"...quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido".

Simón Bolívar, Discurso de Angostura

Ocaso: la erosión del control de Estados Unidos y el futuro multipolar

INSTITUTO TRICONTINENTAL DE INVESTIGACIÓN SOCIAL /

En el futuro previsible, Estados Unidos se aproxima a una posición en la cual ya no será la mayor economía del mundo bajo ninguna medida. Por paridad de poder adquisitivo (el flujo físico real de bienes y servicios), la economía de China ya es 16% más grande que la de Estados Unidos. El FMI estima que será 39% más grande para 2025. Como en casi todos los países en desarrollo, el tamaño de la economía de China es subestimado cuando se lo calcula a tipos de cambio actuales, pero ya es un 73% del tamaño de la economía estadounidense a tipos de cambio actuales y, según las proyecciones del FMI, será un 90% en 2025.

Para el final de esta década el PIB de China será más grande que el de Estados Unidos, sin importar cómo se mida. Ya se siente el cambio, los bazares y centros comerciales en todo el mundo dan la sensación de la cultura estadounidense, pero al interior los bienes son fabricados en China. En otras palabras, Estados Unidos continúa estableciendo los términos de la forma del presente, pero China ya proporciona el contenido. Gradualmente, la forma se alineará con el contenido. Hace una década, China tenía muy pocas marcas conocidas mundialmente, pero ahora Huawei, TikTok, Alibaba y otras son conocidas a nivel global y son sujeto de comentarios diarios en la prensa económica.

La reacción a esta evidencia ha tomado muchas formas, de las cuales las más extremas son las más comunes. Hay una literatura del catastrofismo, una anticipación del colapso de los Estados Unidos desde su posición de gran potencia. Esta perspectiva es que una economía estadounidense implosionada —que ahora se debate durante la pandemia pese a las subidas de Wall Street y las infusiones de crédito de la Reserva Federal— llevará a una pérdida de poder estructural de parte de las instituciones dirigidas por Estados Unidos y a un aumento del uso de su poder militar para mantener su autoridad. En contraste con esto está la literatura del reavivamiento, usualmente con base en esperanzas y proyecciones de un segundo siglo estadounidense en ausencia de datos serios. Esta mirada sugiere que la economía del país es resiliente, considera el poder del dólar como sacrosanto y tiene una fe inquebrantable en el ingenio de las empresas con sede en Estados Unidos que son capaces de destruir creativamente antiguos sectores simplemente para surgir —como el ave fénix— con nuevas invenciones para impulsar el poder de su país. Se piensa que el poder estadounidense no deriva de la General Motors de ayer (hoy orientada hacia los servicios financieros, además de su rol histórico como empresa automovilística), sino de la próxima Microsoft.

Ninguna de estas miradas —que Estados Unidos va a colapsar o que va a revivir— está completa. Ambas tienen elementos de verdad, pero solo parcialmente. Hay una gran debilidad en cómo Estados Unidos se aferra a su primacía, iluminada por su fracaso para evitar los avances científicos y tecnológicos de China —entre otros países—, lo que amenaza su monopolio sobre la innovación tecnológica. Es esta alta tecnología y el monopolio de la renta de la propiedad intelectual que recoge lo que impulsa la economía estadounidense. El conflicto entre ambos países parte del reconocimiento, por gran parte de la élite estadounidense, de que el creciente avance científico y tecnológico de China es una amenaza existencial a la primacía de Estados Unidos. El pivote hacia Asia de Obama en 2015 se basó en la premisa del temor a este aumento y en la comprensión de que no podían acudir a un Gorbachov chino que destruyera internamente ese país.

El ascenso de China plantea una amenaza existencial a la hegemonía de Estados Unidos. Al igual que la dominación europea inaugurada en 1492, los intentos de Estados Unidos por preservar su dominio del poder mundial se pueden leer en términos raciales.

El ocaso histórico de Estados Unidos tiene lugar mientras aún posee grandes reservas históricas. Habrá un largo período durante el cual EE.UU. continuará desafiando su declive. No es accidental que el libro Sobre la guerra prolongada de Mao Zedong se haya convertido de nuevo en uno de los más citados en China.

Alcances de la guerra híbrida

En 2015, el analista político estadounidense radicado en Moscú, Andrew Korybko publicó un libro fascinante traducido como Guerras híbridas. Revoluciones de colores y guerra no convencional. A través de una lectura de documentos militares estadounidenses públicos y filtrados, Korybko expuso las diversas estrategias utilizadas para derrocar gobiernos considerados como obstáculos para el poder de Estados Unidos. Korybko explica el objetivo de una guerra híbrida citando el documento de entrenamiento clasificado del Ejército de Estados Unidos, Special Forces Unconventional Warfare [Guerra no convencional de las Fuerzas Especiales]: “degradar el aparato de seguridad del gobierno (los elementos militares y policiales de poder nacional) hasta el punto de que el gobierno sea susceptible de ser derrotado”. El punto no es siempre necesariamente sustituir un gobierno hostil a Estados Unidos por uno que le sea favorable, “en el fondo”, escribe Korybko, “las guerras híbridas son caos gestionado” (2020). Un conflicto de baja intensidad que debilita gradualmente la resiliencia de un país y crea desorden en la región es quizá el objetivo de los tipos de conflictos que se persiguen a través de guerras de información y sanciones, dos elementos clave en la caja de herramientas de las guerras híbridas.

La guerra híbrida liderada por Estados Unidos se está desplegando con mayor ferocidad contra Irán y Venezuela, que se han visto debilitados por la guerra de información contra ellos y el caos en los mercados de petróleo. Lo que evita que estos países colapsen bajo la presión son los pozos de legitimidad que han sido excavados por sus propios procesos sociales y políticos. En Venezuela, por ejemplo, la permanente movilización popular de la gente tanto para las manifestaciones como para el trabajo práctico de reproducción social a escala comunitaria reafirma la legitimidad popular del proceso revolucionario. Las guerras híbridas no siempre tienen éxito, pero, aunque no lo tengan, amenazan los vínculos sociales básicos entre las personas.

Basándose en Korybko, y en una serie de documentos del gobierno estadounidense, aquí están cuatro de los aspectos más importantes de la estrategia de guerra híbrida:

  1. Guerra de información. En 1989, William Lind, un autor que ayudó a desarrollar la teoría de la guerra de cuarta generación (un sinónimo de guerra híbrida), escribió que “las noticias televisivas pueden convertirse en un arma operativa más poderosa que las divisiones blindadas” (Lind, 2015). Controlar la información y definir a las personas y los acontecimientos determina la manera en que se entienden los conflictos. El control de la línea argumental es esencial, pero este control no puede ser visto como propaganda pura y dura. La narrativa se define tan cuidadosamente que todo lo que viene de uno de los “Estados delincuentes” se interpreta como falso y lo que Estados Unidos y sus aliados dicen se considera verdadero. Incluso cuando se hacen declaraciones falsas —como que Irak tenía armas de destrucción masiva— son tomadas como errores y no como falsedades. Se utilizan ideas racistas profundamente arraigadas para construir a ciertos líderes como dictadores —incluso genocidas—, mientras que los líderes occidentales que envían bombarderos para aniquilar ciudades son descritos como humanitarios. Este ejercicio básico de identificar a los líderes políticos es característico del poder de la guerra de información. Estados Unidos puede ser responsable por la muerte de más de un millón de personas en Irak, pero siempre va a ser Saddam Hussein —en lugar de George W. Bush— quien será considerado un criminal de guerra y por lo tanto merecedor de su horrible destino. Los musulmanes son siempre terroristas, los rusos siempre gánsteres y espías y el Estado que se considera adversario ya no está gobernado por un gobierno sino por un “régimen”. Afirmaciones tremendamente desequilibradas sobre violaciones de los derechos humanos se convierten en una herramienta central para deslegitimar la disidencia, ya sea por parte de Estados o de movimientos sociales. Hay una puerta giratoria entre Human Rights Watch, una organización creada por actores estadounidenses durante la Guerra Fría, y los funcionarios de relaciones exteriores del gobierno de Estados Unidos.
  2. Guerra diplomática. Remover el representante legítimo de un país de un organismo multilateral es una manera de deslegitimar al gobierno de ese país. Estados Unidos sacó a Cuba de la OEA en 1962 como una forma de castigar a cualquier otro país que se opusiera a Estados Unidos. Pero Cuba no había invadido Estados Unidos, fue este último el que invadió Cuba en Bahía de Cochinos en 1961 y, según la Carta de la OEA, quien debía haber perdido su escaño en la institución era Estados Unidos. Pero como la OEA es un instrumento del poder estadounidense, fue expulsada Cuba. Expulsar al embajador, presionar a los aliados a hacer lo mismo, aislar al país en Naciones Unidas, todo esto es parte de los mecanismos efectivos de una guerra diplomática.
  3. Guerra económica. Se imponen sanciones estadounidenses y sanciones secundarias a un adversario que debe luchar por romper con el embargo efectivo que se establece. Estas sanciones impiden que el país objeto de ellas utilice los canales financieros normales, incluyendo el sistema SWIFT y las redes bancarias internacionales, impiden importar bienes fundamentales, incluido el pago a empresas de transporte para el tránsito de los bienes que otros están perfectamente dispuestos a vender. Impiden también el acceso del país a sus cuentas bancarias en otros países e impiden el acceso a fondos de desarrollo claves ofrecidos por el Banco Mundial y a los fondos de emergencia ofrecidos por el FMI. En enero de 2019, cuando hubo un intento de golpe de Estado en Venezuela, el embajador Idriss Jazairy, relator especial de Naciones Unidas sobre el impacto negativo de medidas coercitivas unilaterales, dijo: “estoy especialmente preocupado al escuchar informes de que estas sanciones están dirigidas a cambiar el gobierno de Venezuela. La coerción sea militar o económica nunca debe utilizarse para buscar un cambio de gobierno de un Estado soberano. El uso de sanciones por parte de potencias extranjeras para derrocar un gobierno electo es una violación de las normas del derecho internacional” (Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 2019).
  4. Guerra Política. El espectro completo de la guerra informativa y diplomática se utiliza para socavar la legitimidad política de un gobierno y poner en duda todo el sistema político vigente en el país bajo ataque. Los procesos electorales se describen como fraudulentos, se difama a los líderes políticos, se utiliza el sistema legal contra líderes políticos populares a través de un proceso conocido como lawfare; en definitiva, se busca erosionar la fe en todo el sistema político. Se proporcionan fondos a “grupos de oposición”, incluidas algunas organizaciones no gubernamentales que suelen ser instrumentos de las antiguas élites. La difícil situación creada por la guerra económica crea graves tensiones internas y la “oposición” culpa al gobierno por ellas en vez de a la guerra económica. El financiamiento y el apoyo político se ponen a disposición de la población insatisfecha que, bajo el peso de la guerra política, comienza a apoyar el cambio de régimen. Las redes sociales se convierten en un arma contra el gobierno, como se describe en Special Forces Unconventional Warfare, ya citado. Se trata de una “revolución de colores”, una revolución de astroturfing más que de las bases. Si hay acción policial contra los manifestantes, incluso para intervenir en movilizaciones que aterrorizan vecindarios de clase trabajadora y atacan físicamente a las personas, se muestra como autoritaria o incluso genocida. A continuación, clamores por “intervención humanitaria” comienzan a conducir a una intervención militar abierta de Estados Unidos. La Joint Vision 2020 [Visión Conjunta] de los Jefes de Estado Mayor de Estados Unidos sugiere que uno de los objetivos es promover el caos en la sociedad objetivo, a través de lo que se denominan “operaciones de información” (incluidas “operaciones psicológicas” y “ataques a redes informáticas”). En una guerra híbrida, el agresor apunta a las vulnerabilidades de una sociedad a través de estos ámbitos de guerra no militar (informativo, diplomático, económico, político) y profundiza el caos mediante actos de sabotaje y amenazas de invasión. La presión crece en la sociedad atacada, que debe solicitar recursos de solidaridad y resistencia para evitar el colapso social y político total.

Entre las técnicas de guerra híbrida que Estados Unidos utiliza contra China están la retórica hostil contra el pueblo y el gobierno chinos, distorsiones sobre los acontecimientos en Hong Kong, Taiwan y Xinjiang, y la descripción de la pandemia del coronavirus como un “virus de China”. La evidencia es menos importante aquí que el uso de viejas ideas anticomunistas y racistas para demonizar a China. Pero estas técnicas no han tenido éxito dentro de China, donde la clase media —el objetivo de una “revolución de colores”— no tiene ningún apetito por derrocar al gobierno. Está contenta con la dirección del gobierno, ve que ha mejorado su nivel de vida y ha sido capaz —a diferencia de los gobiernos de Occidente— de hacer frente a la pandemia de coronavirus. Un estudio de la Universidad de Harvard, publicado en julio de 2020, muestra que el gobierno dirigido por el Partido Comunista de China ha aumentado su aprobación entre 2003 y 2016, en gran medida debido a los programas de bienestar social y a la lucha contra la corrupción impulsada tanto por el Partido Comunista de China como por el gobierno. La aprobación global se sitúa en 95,5% (Harsha, 2020).

La época de la dominación europea del planeta que comenzó en 1492 llegará a su fin. De hecho, estamos viendo cómo termina. Pero surgen preguntas importantes. No sabemos cuánto demorará el proceso, cuán efectiva y devastadora será la resistencia liderada por Estados Unidos o qué la reemplazará. Nuestra tarea es continuar en el presente la resistencia que derrotó a las potencias esclavistas en Haití en 1804, hasta que haya otra fecha que poner junto a 1492, la fecha en que la época de dominación del planeta por Europa y sus colonias llegue a su fin.

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