Cuba: del estereotipo a la realidad

Escrito por Miguel Cruz Suárez

Fue uno de los últimos en subir a bordo, la mujer chequeó con amabilidad el boleto y ya en el avión, pasó algo de trabajo al avanzar por el pasillo, donde algunos pasajeros acomodaban sus equipajes en los compartimentos. Por fin se pudo sentar, relajarse un poco y ajustarse el cinturón. Le sudaban las manos y tuvo tiempo de sopesar por última vez la decisión de ir, todavía podía bajarse, renunciar a ese riesgo, irse de vacaciones a un lugar más seguro, pero optó por seguir adelante.

El trayecto demoraría unas diez horas y a pesar de la cartelera de películas disponibles, de sus archivos de música seleccionados para el viaje y del excelente libro que eligió para la ocasión, su atención no lograba fijarse y su mente divagaba por los temores de encontrar a su llegada la imagen terrible de las armas largas, la intolerable presencia de la policía, el rostro asustado de la pobre gente y hasta la posibilidad real de terminar en una mazmorra de la tiranía.

Muchos le advirtieron que el viaje era una locura, por años recibió suficiente información sobre el terrible suplicio que se vivía en aquel sitio a donde ahora iba a vacacionar; cada minuto en los canales de televisión o en internet se repetían historias de represión; los periódicos denunciaban la implacable persecución a los opositores, las torturas, el hambre devastadora y la falta permanente de libertades.

Algunos le preguntaron abiertamente si era cuestión de locura esa idea de visitar un país en ruinas, pero él no respondió, prefería el riesgo en lugar de la duda. Después de un sueño aletargado, se anunció el aterrizaje y más nervioso que antes trató de ver algún avance por las ventanillas, mientras la nave se acercaba al gusano metálico por donde descendería.

El desembarco fue un poco lento y demoró un rato antes de salir, dentro del salón buscó afanosamente el gris metálico de las ametralladoras, el camuflaje de los uniformes, la cara demacrada y silenciosa de los tristes, pero supuso que todo era un montaje, un perfecto teatro para no espantar turistas, porque allí no encontró nada.

Era ya entrada la mañana cuando salió y la avenida le pareció tranquila, demasiado tranquila para que fuera cierto, ¿cómo rayos podían ordenar ese gigantesco teatro? Que terrible engranaje represivo habían conformado si hasta lograban que la gente, en medio de las circunstancias de la enfermedad, parecieran felices.

Y en el hotel lo recibieron atento a su salud, preocupado por todo.No podía seguir corriendo aquel peligro, era evidente que un país que había conseguido que sus millones de habitantes siguieran un libreto dictado por órganos represivos sería capaz en cualquier momento de obligarlo a creer que aquella situación era una realidad, tan distinta a lo que decían los grandes medios informativos de la democrática, libre y culta Europa.

El enorme temor de regresar a su pueblo convertido en un «loco», contando «sandeces» sobre calles tranquilas, niños vacunados, preocupación extrema por preservar la salud de todos, a pesar de una peligrosa pandemia, y otras cosas por el estilo, lo invadió como una fiebre súbita y de no ser por la dificultad para encontrar un vuelo de regreso con urgencia, no se habría quedado una semana más, nunca habría descubierto la dulce locura de conocer  Cuba, un país real, que apuesta por la vida.

 

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