El desengaño

En la tradición perijanera, el «compromiso arreglado» significaba una promesa firme de casamiento que solo podía extinguirse con la manifestación del “desengaño”. Éste, era un modo de disolver formalmente un noviazgo, era una manera reconocida y aceptada por  todos y tenía la característica fundamental de ser conclusivo e irreversible.

Una vez que se comunicaba “el desengaño”, la persona hombre o mujer que lo recibía no tenía derecho a apelación, es decir, no quedaba “pataleo” ni recurso alguno. Sólo la resignación era el camino que se le abría al “desengañado” o la “desengañada”. Tenía tanta fuerza y vigor como una sentencia de divorcio y sus efectos eran conocidos en toda la “comarca”.

“El desengaño” podía ser escrito, manifestado oralmente en un día de “la visita” o comunicado incluso a través de una persona especial. Expresaba el desencanto o la pérdida del amor, la decepción o la falta de confianza a futuro como pareja. La firmeza que requería esta decisión comprometía la seriedad de quien la manifestaba, por eso, se decía que no tenía “fundamento” la persona que “desengañaba” a su pareja y luego la aceptaba de nuevo.

Quien manifestaba el “desengaño” era libre y reflexionaba lo suficiente para decidirlo. Se suponía que lo hacía sin presiones ni coacciones de otro, de allí su contundencia. Gracias a Dios,  mi padre hubo de ser advertido a tiempo de que, la voluntad de mi madre al “desengañarlo” estaba viciada de nulidad absoluta, por la presión que sobre ella ejercía mi abuelo Emiliano. Al ser precavido por la aclaratoria hecha con tiempo y comunicada a través de los potreros de “Prevención”, la matera de Río Negro, mi padre dejaría “sin efecto” el “desengaño” que luego recibiría en papel escrito.

Es ingenuo pensar que, el desencanto manifiesto de los voceros del imperialismo norteamericano con sus cómplices en Venezuela signifique una definitiva separación. La simple decepción por no haber logrado con ellos sus propósitos de acabar con el país y hacerse de nuestras riquezas no entraña una ruptura de esa relación perversa.

La tomarán como un regaño de despecho y persistirán sin vergüenza en su empeño. Apelarán sí, para “reformatear” sus andanzas y seguir “emparejados”.

Qué lejos están de disolver esa alianza consciente y voluntaria, qué lejos están de asumir la efectividad y firmeza que tenía “el desengaño” perijanero.

 

¡ORGULLOSAMENTE MONTUNO

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