"...quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido".

Simón Bolívar, Discurso de Angostura

Verdades, falsedades y bullshitters

Hay discusiones políticas, económicas, sociales francas, racionales y con la voluntad de convencer a la persona que opina diferente o, en caso de que la otra aporte razones y datos mejores, batirse en retirada. También hay discusiones donde una o las dos partes van por otro camino. Camino que poco que ver tiene con la racionalidad y la argumentación. Me refiero a una realidad más frecuente de lo deseable (deseable en sentido estricto sería el cero), la de los charlatanes. El charlatán (bullshitter) no es necesariamente un mentiroso (que miente sabiendo que miente porque sabe que la verdad no es lo que dice, pero pretende engañar), sino que simplemente no le interesa si lo que dice o insinúa es verdad o mentira, sólo persigue la impresión, el efecto, el agua de borrajas. Lo que menos le importa al charlatán es la verdad. Harry Frankfurt, el autor que estudió el fenómeno de los bullshitters, asegura que «una actitud displicente hacia la verdad es más o menos endémica entre el colectivo de publicistas y políticos, especies los miembros de las cuales suelen destacar en la producción de palabrería, mentiras y cualquier otro tipo de fraudulencia y impostura que puedan imaginar». No hacen falta más palabras para definir las tonterías, pseudoargumentaciones y descalificaciones que algunos asesores, algunos técnicos y algunos políticos suelen decir contra propuestas sociales y económicas que se apartan de la línea del pensamiento oficial económico, independientemente de la calidad y de la capacidad de predicción que haya mostrado este pensamiento oficial. Porque, como el mismo Frankfurt asegura: «La palabrería es inevitable siempre que las circunstancias exigen de alguien que hable sin saber de qué está hablando».

Los que somos defensores de la propuesta de la renta básica podríamos hacer un compendio muy numeroso de bullshits y de bullshitters. Son ya un buen puñado los artículos dedicados a la renta básica que desde hace muchos meses se vienen publicando en estas páginas por parte de diversas autoras y autores. Escritos pues dedicados a la propuesta que defiende una asignación pública monetaria incondicional y universal. Se han dado muchos argumentos a su favor. Todos son personas que llevamos más de 20 o 30 años, según los casos, defendiendo la renta básica y hemos sido testigos de debates escritos u orales racionales y fructíferos, así como de debates o discusiones en donde se han derramado muchos ejemplos, demasiados francamente, de bullshits y de bullshitters. Y la cosa sigue… Pero hay una propuesta que algunos venimos defendiendo desde hace tiempo que es candidata a conseguir un lugar destacado en la producción de bullshits y de bullshitters entre sus contrarios. Toca fibra. Se trata de una propuesta que algunos defendemos como «amiga», «compañera» o «complementaria» de la renta básica, dejando claro que conceptualmente es diferente: la renta máxima. Si la renta básica es mal vista por la derecha política (en el reino de España el PP es enemigo declarado de la renta básica, como en Catalunya lo es Junts), la renta máxima ya es el demonio. La renta máxima es definida como una tasa marginal impositiva del 100% a partir de una determinada cantidad de riqueza. Ahora puede parecer una medida radical, extrema, irrealista (populista dirían los menos ilustrados). Consideremos algunos precedentes de la propuesta de la renta máxima. Hace algunas décadas se aplicó de forma aproximada a estados como el Reino Unido y EEUU. El tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta en los EEUU fue de un promedio del 78%, y del 91% de 1951 a 1963, mientras que las grandes herencias se grababan el 80% desde 1941 hasta 1976. El presidente Franklin Delano Roosevelt propugnó en 1942 una tasa marginal impositiva del 100% a los que tuvieran unas rentas superiores a los 25.000 dólares anuales que entonces vendrían a ser poco menos de 400.000 dólares actuales. No se logró este objetivo, pero sí que se implantara pocos años después una tasa del 94% a las fortunas por encima de los 200.000 dólares. Y el Reino Unido llegó a tener tasas marginales máximas del impuesto sobre la renta que de 1941 a 1952 alcanzó el ¡98%! Y hasta los años 70 en ningún caso bajó del 89%. Mucho más recientemente, tras documentar las grandes y crecientes diferencias de renta y riqueza, Thomas Piketty en su libro Capital e ideología propone unos tipos impositivos que en ningún caso podrían ser considerados de radicales: a quien disponga de 100 veces el patrimonio medio, se le aplicaría un tipo del 10%; a quien lo tenga de 1.000 veces, del 60%; quien lo tenga de 10.000 veces, del 90%.

La principal objeción que suele ponerse a las tasas impositivas muy altas es que recaudan menos impuestos. El prodigio que explica esto es la famosa curva inventada por Arthur Laffer, Medalla Presidencial de la Libertad otorgada por Donald Trump. Podríamos decir que es un ejemplo que pasa por sofisticado bullshit. La curva de Laffer es uno de tantos mitos de la teoría económica mainstream. Y especial dogma para muchos gobernantes. La idea fundamental de la curva de Laffer, a partir de cierto umbral (indeterminado) de tipos impositivos, es que la recaudación no sólo no aumentaría, sino que se reduciría. Y, especial maravilla, si se bajan los tipos impositivos la recaudación fiscal aumentaría. Hay reputados economistas que sostienen simplemente que la curva de Laffer «es una estafa». Como explica con gracia Paul Waldman «Laffer esbozó su curva en una servilleta durante una cena en Washington en 1974, entre los asistentes se encontraba el influyente director de The Wall Street Journal, Jude Wanniski (que seguiría difundiendo este evangelio) y dos funcionarios de la administración Ford, Donald Rumsfeld y Dick Cheney. La curva tenía como objetivo mostrar que si teniendo un tipo fiscal del 100% nadie se molestaría en trabajar y los ingresos fiscales se reducirían a cero, entonces rebajar el tipo fiscal a casi cualquier punto de producir inevitablemente un incremento en los ingresos fiscales. Era una idea que, a pesar de ser idiota en su núcleo, mostraba un potente atractivo. ¿Podemos recortar impuestos y elevar la recaudación? ¿Reducir el déficit sin tener que tomar opciones difíciles? ¡Qué manera tan espectacular de que ganen todos!». El mismo Laffer reconoció unos años más tarde que la curva no explicaba si una bajada de impuestos aumentaba o disminuía los ingresos. Reconoció en realidad que la adecuación a la verdad de su curva brillaba por su ausencia. Pero esto ya no lo leyeron muchos fieles: el dogma económico ha seguido. Y en boca de muchos merece ser puesto como ejemplo de bullshit.

Lo que resulta interesante es preguntarse y estudiar, como han hecho varios autores en los últimos años, ¿cuál sería el tipo a partir del cual estaríamos en la situación «crítica»? Un trabajo de Jacob Lundberg publicado el año 2017, estima la curva de Laffer para 27 países de la OCDE. Y en el caso del reino de España la estimación estaría en el 71% cuando ahora tiene el tipo máximo a poco más del 50%. Así que la recaudación empezaría a disminuir a partir del 71%, es decir, a 20 puntos del máximo actual: hay mucho camino por hacer. Recordemos que economistas de derechas y algunos de izquierdas, tal vez desdibujadas, pero de izquierdas, se escandalizaban porque el modelo de financiación que Jordi Arcarons, Lluís Torrens y yo hemos propuesto y que también se ha explicado resumidamente en estas páginas, era del 49%. ¡Qué sacrilegio, qué barbaridad, qué «populismo»! El 49% nominal, que significaba un tipo real sólo cercano a este porcentaje al que correspondería al 2% más rico del IRPF, y mucho más reducido a medida que vamos bajando de esta minoría muy rica. ¡Qué sacrilegio! Y hay que pensar que sólo hacía referencia al IRPF, no a la riqueza. Aún más recientemente, Saez y Zucman han especificado que el porcentaje para los ricos del tipo «crítico» de Laffer podría llegar al 75-80% en los EEUU, porcentaje no muy alejado del de Lundberg.

¿Pero qué importa la verdad cuando el objetivo es disfrazarla todo lo posible? Y más aún, ¿qué importa la verdad cuando se trata de enmascarar intereses sociales con una capa de argumentos técnicos? La batalla es dura, pero, para seguir empleando las palabras de Harry Frankfurt, la verdad tiene un gran valor e importancia, y defenderla puede ser heroico. Al fin y al cabo, ¿no hay legiones que afirman que la verdad «no existe», que es relativa, que depende del punto de vista? Si ganan ellos, cualquier cosa vale. El genial poeta y republicano John Milton defendía que la verdad debía dejarse lidiar con la falsedad, porque nadie nunca ha visto la verdad vencida en competición libre y abierta. Esperemos que se acabe confirmando la previsión de Milton, aunque quizás la falsedad y la verdad no están «en competición libre y abierta» de forma exacta, quizás la primera tiene las cartas marcadas, los jueces comprados y muchos peritos en legitimación a su servicio. No hay, sin embargo, otro camino que lidiar con la falsedad.

 

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