¡Basta ya!

Los viejos nuestros se obstinaban con la persistencia de una plaga, un camino intransitable, el largo verano o de tanto llover. La paciencia tiene un límite y llegado el momento en que se hacía imposible soportar un tormento exclamaban con furia, decepción, cansancio o rogando a Dios, ¡Basta ya!

Los frecuentes errores, el asedio de bandidos y hasta un mal gobierno los llevaba a exclamar así, hastiados de los perjuicios y sufrimientos que causaba una situación persistente. Esta corta y lapidaria frase no fue exclusiva de ellos. También la pronunciamos nosotros cuando nos cansamos de los apagones, la falta de agua, el diario aumento de los precios, la demagogia, el robo de lo público y las acciones coercitivas de los yankees.

Decir ¡Basta ya! no es simplemente una orden difícil de dar a quien nos mortifica o al fenómeno natural que causa el agravio. Es sobretodo un llamado frontal a los agraviados y a quienes tienen la responsabilidad principal de evitar o corregir el daño. Es también desde luego, una manifestación de nuestra disposición a no seguir aguantando más lo que nos perjudica. En esta expresión o consigna, la historia encuentra los grandes cambios que la humanidad ha conquistado a partir de su pronunciación colectiva.

¡Basta ya! de cuerpos militares y policiales llenos de asesinos, martilleros, abusadores y marañeros. ¡Basta ya! de mancillar el nombre de Bolívar. ¡Basta ya! de parecerse a uribistas y paracos colombianos. ¡Basta ya! de encubrir la pudrición moral que les caracteriza.

Aboguemos por la depuración total de esos cuerpos, la sanción ejemplarizante a los culpables y el ejercicio progresivo de la función policial a manos del pueblo.

¡ORGULLOSAMENTE MONTUNO!

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