"...quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido".

Simón Bolívar, Discurso de Angostura

Amazon desde Dentro. Entrevista a Josefina L. Martínez

Por Sebastián Fabe

El otro día, mientras entrevistaba a Josefina L. Martínez por videoconferencia desde mi casa en Ohio, Estados Unidos, llamaron a la puerta. Me tuve que disculpar ante la entrevistada, quien, desde Madrid, vio cómo abrí la puerta para recibir una pesada caja de cartón. “¡No es un envío de Amazon, eh, es Correos!”, me apresuré a aclarar cuando volví a la pantalla. “Y el cartero es funcionario”. “No te preocupes”, me contestó Martínez. “Es imposible evitar a Amazon”.

Martínez sabe de lo que habla: en su nuevo libro, Amazon desde dentro: el secreto está en la explotación (Escritos Contextatarios), explica que no hay aspecto de la vida contemporánea que no toque la empresa que Jeff Bezos fundó hace 29 años. Si lees algo en línea, es probable que estés conectando con un servidor de Amazon, ya que controla más de la mitad del mercado del almacenamiento en la nube. De visita en casa de amigos, es posible que un dispositivo de Amazon te grabe la voz. Aquí en Estados Unidos –donde Bezos es propietario del prestigioso Washington Post–, el Gobierno federal paga a Amazon por usar su tecnología de reconocimiento facial. Y si te dedicas a escribir libros, es difícil que no se vendan, nuevos o de segunda mano, por su plataforma.

Amazon desde dentro

Esa omnipresencia de Amazon le da un poder ingente, que usa para acumular más poder: vender más, rebajar precios, monopolizar mercados enteros y, sobre todo, exprimir hasta las últimas gotas de sangre, sudor y lágrimas a sus millón y medio de empleados por todo el mundo. “El éxito de Amazon no se basa solo en una red logística sin precedentes”, escribe Martínez, “sino en la enorme precarización laboral que impone a sus trabajadores y trabajadoras”. Que Amazon sea consciente de la inhumanidad de sus sistemas demuestra su pavor a cualquier acto de rebeldía. “Cuando se pretende que las personas trabajen más por menos”, escribe Pastora Filigrana en su prólogo al libro, “el riesgo de la conflictividad social y sindical es constante. Para mitigar ese peligro, el capital reinventa cada día nuevas formas de prevención y represión de la protesta”. El número de trabajadores dispuestos a encarar a sus explotadores va en aumento, apunta Filigrana. Pero es una pelea muy desigual: “Están enfrentándose a sofisticadas formas de control del trabajo a través de la tecnología, y al crecimiento de discursos y prácticas abiertamente antisindicales”.

En los almacenes robotizados de Amazon, escribe, “se vive una explotación propia del siglo XIX, pero impuesta con técnicas del siglo XXI”. Suena a distopía.

Pero es verdad. Basta ver lo que ha venido ocurriendo en países como Estados Unidos o Reino Unido, dos de las sociedades que se han presentado como máximo exponente de las democracias occidentales, garantes de los derechos civiles, donde miles de trabajadores y trabajadoras se ven obligados a luchar muy duramente por lograr que se reconozca su derecho a sindicalizarse. Esto remite directamente a las luchas del siglo XIX. Así como entonces, los obreros que se atreven a movilizarse arriesgan sus empleos, se ven perseguidos, acosados, intimidados por lobbies antisindicales, campañas de desprestigio… Por otra parte, los almacenes de hoy hacen recordar a los talleres y las fábricas del XIX, con ritmos de trabajo inhumanos y altos niveles de explotación. En las entrevistas que realicé para el libro, las y los trabajadores me contaron que no les está permitido ni ir al baño o, lo que viene a ser lo mismo, eligen no hacerlo porque se les penaliza. El eslogan de las y los obreros sindicalizados, “No somos robots”, incluso remite a los luditas, que se enfrentaban a las máquinas porque las veían como instrumentos de explotación.

Los almacenes de hoy hacen recordar a los talleres y las fábricas del XIX

¿Cómo se explica una regresión así?

El neoliberalismo impuso reformas laborales y políticas que han desandado las conquistas históricas de la clase trabajadora con el fin de flexibilizar –o sea, precarizar– la mano de obra para aumentar la tasa de ganancia de los capitalistas, digámoslo en términos de Marx, a través de mecanismos de extracción de plusvalía. Amazon es una referencia de lo que se conoce como la logística inteligente, el uso del big data, de todo tipo de mecanismos de control. Pero los utiliza no para liberar a las trabajadoras y trabajadores de la carga física y psicológica del trabajo, como se podría pensar que la tecnología nos tendría que permitir hacer, sino al revés, para aumentar la explotación y la precariedad. Es precisamente ese juego entre la explotación incrementada y las posibilidades del desarrollo tecnológico lo que tenemos que considerar para comprender las dificultades, pero también las oportunidades, de las luchas laborales que se están dando hoy en Amazon.

Al final del libro considera la posibilidad, seguramente utópica, de la expropiación o nacionalización de Amazon. Digo utópica porque las nacionalizaciones las realizan los Estados y Amazon es una mega-multinacional cuyo poder supera al de muchos Estados, si estos no son directamente clientes suyos.

Es verdad que en multinacionales como Amazon su nivel de extensión internacional a través de todas las cadenas de valor es mucho mayor que en épocas pasadas, mientras que los Estados siguen confinados a su base territorial de siempre. Ahora bien, en los inicios del neoliberalismo hubo intereses confluyentes entre los Estados más poderosos y las empresas multinacionales. La política de Estados Unidos, por ejemplo, pretendía desarrollar esas cadenas de valor globales para beneficiar a sus propias empresas, que se aprovechaban de la mano de obra barata en otras partes del planeta. Hoy, las cosas van cambiando. Estamos en un momento de declive del neoliberalismo en el que empiezan a surgir mayores tensiones, como se ve en la tendencia proteccionista de políticos como Trump. ¿Cómo se va a resolver? No está claro. Aun con esas tensiones, hoy todavía siguen todos jugando para el mismo campo, porque las ganancias de esas empresas, en última instancia, siguen beneficiando a capitalistas que tienen su base en esos países. Por ejemplo, para Amazon, Estados Unidos es su lugar central de operaciones, después Europa. Pero las tensiones van a ir a más. Por ejemplo, ha habido hace poco en Francia una multa a Amazon por el uso excesivo de control sobre su mano de obra, entre otros asuntos. Por otra parte, la multa que el Estado francés le dio a la empresa fue irrisoria.

No es utópico plantearse la posibilidad de expropiar Amazon

Hacen falta otras tácticas.

Desde un punto de vista más general, efectivamente, la extensión de esta internacionalización del capital plantea que las luchas de la clase trabajadora tengan que ser necesariamente más internacionales. Ahora, eso no quita que comiencen en algunos países y territorios nacionales o locales y eso pueda contagiar o ser ejemplo. Por eso pienso que no es utópico plantearse la posibilidad de expropiar Amazon, lo planteo como perspectiva, hacia dónde apuntar.

En ese sentido, me pareció muy interesante algo que menciona al final del libro: el propio desarrollo tecnológico de la red logística –la infraestructura global– también puede servir, a su vez, para canalizar esa nueva conciencia y esas nuevas formas de organización. Un poco como pasó con los ferrocarriles en el XIX. Estoy pensando, por ejemplo, en el uso de las redes sociales para organizar a trabajadores que se encuentran físicamente aislados, como son los gig workers que dependen de plataformas como Uber o TaskRabbit.

De hecho, esto se ve claramente en Amazon, aunque todavía sea a escala reducida. Los trabajadores se apropian de tecnologías para coordinar sus acciones. Me contaba un trabajador delegado de Amazon en Reino Unido, por ejemplo, que organizaban un comité de huelga a través de grupos de WhatsApp, con distintos grupos más amplios para informar a los trabajadores, incluso en distintos idiomas. En Europa ha habido días que se han coordinado huelgas en Amazon en distintos países que cosechan apoyos más amplios en redes sociales. Eso, si lo pensamos, es algo realmente muy novedoso. Por otro lado, también nos remite al siglo XIX, cuando, por ejemplo, surge el 1 de mayo como jornada de lucha internacional. Hay que matizar el relato que pinta el avance de estos mecanismos tecnológicos solo desde el punto de vista de lo que implican como dominación, como alienación, como expropiación de las capacidades humanas al servicio de la ganancia. Eso existe y está muy bueno denunciarlo, pero también tenemos que ver su potencialidad, si son reapropiadas y transformadas por la clase trabajadora. Yo creo que ahí hay una capacidad creativa enorme.

Una clase trabajadora que también está siendo cortejada por la ultraderecha.

Claro. La extrema derecha está intentando utilizar una fractura que hay en la clase trabajadora entre sectores más tradicionales y sectores precarizados, racializados y feminizados, con el fin de culpar a estos de la degradación de las condiciones de vida de aquellos. Pero precisamente por eso hay que apostarlo todo a una renovación que tome en cuenta esa diversidad, no solo de las organizaciones sindicales sino de sus tácticas. Al mismo tiempo hay que resistir el binarismo que opone las reivindicaciones económicas, por un lado, y las identitarias, por otro.

Hablando de identidades, su libro me hizo preguntarme qué pasa, a nivel casi antropológico, con una persona empleada en un almacén de Amazon que no es más que una parte de un engranaje robotizado, ya que se espera que responda de forma automática y muy cronometrada a estímulos concretos: flechas, luces, señales. Como Charlie Chaplin en Tiempos modernos.

Claro, y aquí vemos de nuevo cómo hemos vuelto al siglo XIX, en cierto sentido. Es por lo mismo que los análisis de Marx tienen una enorme vigencia en la actualidad. El capital transforma a los trabajadores en un apéndice de las máquinas: el desarrollo de la máquina y de la tecnología no está al servicio del trabajador, para que tenga que trabajar menos, sino al contrario, para aumentar su carga de trabajo. Pero, así como ocurrió en el XIX, esto está generando la posibilidad de que muchos trabajadores compartan una situación común: que se identifiquen con otros compañeros y compañeras. Creo que en ese encuentro es donde surge la conciencia que hace posible la lucha, la organización, la acción para formar alianzas, y eso nos habla de las posibilidades de otro futuro-

Fuentes: CTXT

13/04/2024

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