Estado de peste y nuevo teatro del mundo

Escrito por Josu Landa

Desde los primeros meses de 2020, casi todo el mundo concentra su atención en afrontar los estragos fácticos e imaginarios causados por el todavía nuevo coronavirus SARS-CoV-2.

Desde que emerge la conciencia de la letalidad de ese agente patógeno, nos topamos con un pandemonium de noticias y opiniones que dificultan la comprensión del fenómeno en referencia. Las líneas subsiguientes no pretenden acrecer los niveles de confusión detectados, pero es difícil lograr esa meta mínima. Esperemos que sí.

En la medida en que la Covid-19 se propaga de Oriente a Occidente, se altera drásticamente el mundo de la vida en sociedades y comunidades enteras, especialmente en sus dimensiones económica y política.

Abundan los análisis estadísticos sobre morbilidad y mortalidad. La danza de los números sirve para justificar las más diversas lecturas y decisiones. Proliferan los oráculos de cariz científico para legitimar políticas y medidas de dudosa efectividad y beneficio. Se aplican maquinalmente modelos teóricos prefabricados para sobre o subestimar las cifras palmarias de la realidad. Se improvisan tesis y estrategias, al tiempo que se constata como lo más cierto el hecho de que todavía es poco lo que se sabe sobre el agente patógeno de marras y las mejores formas de afrontarlo. Se desata la suspicacia –algo comprensible, dados los antecedentes y el carácter de los poderes fácticos– y se aventuran demasiadas conclusiones fallidas sobre lo que viene sucediendo. Hay todavía una situación de déficit epistémico en torno a la pandemia en curso y ello sigue siendo la causa de muchas muertes, así como de actuaciones vacilantes, zigzagueantes, de mar- chas y contramarchas, de muchos gobiernos, especialmente cuando se proponen alcanzar un orden que merezca el nombre de «normalidad».

Destacados teóricos de la economía, la sociedad y la política expresan sus sospechas por las cuarentenas y los confinamientos masivos. Reducen tales medidas a mera estrategia de control social (no se limitan a esa función, aunque es cierto que la cumplen). Por ejemplo, Giorgio Agamben se apresuró a afirmar que estamos ante un plan consistente en promover el estado de excepción frente a un peligro –la Covid-19– que viene a desplazar al terrorismo en ese papel. No han faltado señalamientos, en el sentido de que podría tratarse de una guerra biológica entre Estados Unidos y China.

En fin: las secuelas que la Corona-krise –como lo llaman ciertos medios alemanes- ya está dejando en los procesos productivos, en los niveles de consumo, en los índices de empleo, en la redisciplinarización de la fuerza de trabajo y de la gente en general…, así como en la dinámica financiera global, inducen a algunos estudiosos a concluir que todo es una estratagema del Mal encarnado en las más poderosas instancias económicas de nuestro mundo.

Esas aproximaciones a la catástrofe en marcha pueden estar más o menos dotadas de verdad, pero no se adentran en la complejidad que en ella introduce la dimensión humana. La «mano negra» de los malvados de las finanzas, las corporaciones transnacionales, los cleptócratas, los neofascistas de toda clase, las empresas globales vinculadas a la medicina, las mafias sindicales y semejantes ciertamente existe, pero en ocasiones como esta tiene de aliado primordial los cuerpos y las almas de quienes tiemblan de pavor ante la probabilidad de una muerte, no por absurda menos aniquiladora. Por mucho que los aparatos de producción e inducción ideológicas hayan contribuido a la exacerbación de ese miedo, este tiene una raíz anímica concreta, que determina con fuerza las actitudes y las reacciones individuales y colectivas frente a la epidemia. Este es un asunto de vida o muerte, potencialmente, para todos y el diagnóstico del presen- te debe tener muy en cuenta ese elemento literalmente trágico.

Se diría que los intentos más conocidos de caracterización de la coyuntura oscilan entre las presunciones conspirativas y la aplicación forzada de teorías anquilosadas y categorías zombis2 (como, p. e., «Estado represivo»). Así, de manera implícita, se sobreestiman los poderes propios de los factores de la economía neoliberal global y a sus aliados político-ideológicos, a escala nacional y planetaria, a la par de que se dejan de lado las complejidades inherentes a la imbricación entre la subjetividad humana y las múltiples estructuras que configuran el ser social.

De diversas maneras, algunos tienden a dejar de lado la hipótesis de que viene adquiriendo forma y se propaga por el mundo un específico proceso emergente extra-subjetivo, por ende, objetivo, aunque como condensación de una producción social que también se nutre de la rica y dinámica subjetividad humana que opera como factor entrópico en el orden económico-político mundial. Se podría convenir en designar ese movimiento con el término «Estado de Peste»  y se puede advertir, de entrada, que rebasa con creces las capacidades de cual- quier agente económico y/o político concreto, por muy poderoso que sea. En sentido estricto, nadie es culpable de la instauración progresiva de ese régimen literalmente extra-ordinario, aunque sobran las fuerzas ostensibles y crípticas que contribuyen a su desarrollo y a la postre se aprovechan al máximo de él.

Lo que se ha observado, sobre todo, en Italia, España, Francia así como en varios países sudamericanos y en zonas de Estados Unidos, a propósito de la contención de la Covid-19, es la conformación de un orden semejante pero dis- tinto a los estados de excepción, de guerra, de emergencia, de alarma, de sitio… Se trata del mencionado estado de peste. Esta tiene en común con todos aquellos, cuando menos, estos aspectos: 1. se configura, con el apremio de una urgencia extrema, para enfrentar a un enemigo o una situación letal, 2. implica una alteración drástica del mundo de la vida, especialmente en lo que hace a severas restricciones de los derechos fundamentales, 3. en general, se cimienta de mane- ra decisiva en la anuencia trágica –reflejo de un temor a la muerte agudizado por la ubicua presencia de esta y por la incidencia recta o malévola de los medios de comunicación y, ahora, las redes sociales–, 4. las funciones de control social, político y hasta moral, pasan a manos de las fuerzas armadas y a las demás es- tructuras de coacción legítimas o no y 5. es un evento relativamente efímero. Esa afinidad de rasgos permite entender que el estado de peste pueda ser visto como la combinación de los demás regímenes de urgencia mentados. El caso de Atenas durante la Guerra del Peloponeso (431 – 404 a. C.) –en especial, en sus etapas iniciales– ilustra muy bien esa posibilidad de conjunción de diversas con- figuraciones emergentes, ante eventos sobrevenidos; en especial, el estado de guerra con el de sitio y el de peste. Ese fue el hábitat mórbido en el que el propio Pericles perdió la vida. Ahora, más allá de las similitudes están las diferencias, que se considerarán a continuación.

En el fondo, el modelo de referencia del estado de peste es el que suscitó la gran pandemia registrada en el siglo XIV con la denominación de «peste negra»; evento que se ha mantenido en la memoria histórica de Occidente. Aun cuando en aquel fue decisiva la bacteria Yersinia Pestis, lo que importa es el paradigma de régimen social de emergencia, que puede adquirir validez con independencia de que se deba a la necesidad de afrontar virus como el de la influenza, el de la viruela, el del ébola, el de la fiebre amarilla, el del síndrome de inmuno-deficiencia adquirida (sida) o la Covid-19 o la bacteria Vibrio Cholerae, causante del temible cólera, o las que generan el tifus.

Tampoco son decisivos los datos sobre la mortandad ocasionada por el agente patógeno del caso, para que empiece a tomar forma y se mantenga el estado de peste. Se estima que la referida gran peste del siglo XIV se llevó a la tumba o a la fosa común a una cantidad comprendida entre los 20 o 25 millones de personas, en poco más de un lustro; por su parte, la llamada «gripe española» pudo haber causado unos 40 millones de caídos, en cosa de un año.

En realidad, para que se active el estado de peste basta con que un microorganismo infecto-contagioso se manifieste en nuestro hábitat existencial con la muerte de uno solo de nuestros semejantes. El efecto catalizador de la conciencia de nuestra fragilidad y finitud que un evento así produce es suficiente, para concitar las reacciones individuales y comunitarias que deriven en el estado de peste. En condiciones normales, las defunciones de los demás, incluso si perte- necen a nuestro entorno más próximo, se viven como un fenómeno lejano, que apenas nos concierne por algunos lazos afectivos o de convivencia social.

Todo cambia en un régimen de peste. Ahí, la veloz serie de decesos –incluso los que acontecen a miles de kilómetros de distancia– convierte a la muerte en una presencia demasiado cercana, aviva la conciencia de nuestra condición mortal y refuerza en uno las presunciones, fundadas en una mayor probabilidad, de que puede ser el próximo en caer. Tratándose de la propagación pandémica de un factor mórbido, se sabe que las defunciones aumentan hasta alcanzar un techo indeterminable a priori, lo que exacerba un sentimiento trágico generalizado y el consiguiente terror ante la cruel e implacable contigüidad de la muerte.

Asimismo, una vez que se configura el régimen de peste, pasa al plano de la prioridad político-social absoluta, con lo que opaca, anula o minimiza la relevancia de los principales problemas o conflictos previos al evento. En nuestros días, por ejemplo, es lo que ha pasado con el vasto movimiento feminista que se venía desarrollando hasta el 8 de marzo y con el proyecto de reimpulso global de concienciación ecologista que se venía registrando en los últimos meses. No se diga, con toda la amplia gama de procesos reivindicativos vivos en las sociedades del presente y con fenómenos lacerantes como la errancia ciega de millones de parias desplazados (en general, mal refugiados) por las guerras y los destrozos debidos a tanta voluntad de dominio, en estrecho nexo con la lógica depre- dadora del capitalismo liberal globalizado.

De manera desconcertante, los medios han bajado mucho la voz, ante la infatigable y siempre deletérea dinámica de la delincuencia organizada (cada vez más conectada con la gran economía global y con las instancias políticas y judiciales corruptas y cleptocráticas). Durante largas semanas, la pandemia hegemónica del momento absorbe, como hoyo negro, la atención de la mayoría de las mentes más despiertas. Incluso ha reorientado las pulsiones reivindicativas de la gente sensible y con sentido crítico hacia reclamos relativos al despliegue y los efectos de la enfermedad: disponibilidad de servicios médicos adecuados, equipos de protección contra el virus, personal calificado para la atención de sus víctimas, realización suficiente y pertinente de pruebas para la detección de contagios, manejo apropiado y digno de los cadáveres, subvenciones para los damnificados del desastre económico generado por la expansión del coronavirus, gobernanza clara y efectiva frente a todo lo concerniente a tan grave contingencia sanitaria, información veraz sobre todo lo atingente al despliegue de la peste, así como al combate por su erradicación, y otras por el estilo.

El estado de peste no es un orden institucional de emergencia ni un sistema estructurado por prácticas interhumanas estables y sostenidas en una plataforma legal o moral. Se constituye, más bien, como un macro evento situacional, al modo de una atmósfera, un ambiente, un clima enrarecido, que envuelve y condiciona la acción social en todos sus planos y manifestaciones, sin necesidad de un plan, un programa estratégico, un discurso explícito, dirigidos a la configuración de tales realidades. Se trata de algo como una «necrósfera»: un hábitat mórbido, una densidad de aire infesta por la omnipresencia fáctica y/o virtual de la muer- te. En un principio, en el régimen de peste, las decisiones y los dispositivos polí- ticos y de control social ad hoc, tienen un carácter derivado y subordinado al ur- gente conato individual y colectivo de vivir a toda costa. Ello no obsta para que, una vez desplegado el factor patógeno e instaurado un precario orden de vida en la pandemia, los factores de poder pasen a primer plano y se impongan a la sociedad. En general, este giro en la dinámica política en el curso de la con tingencia sanitaria es aceptado por las personas y las comunidades. Incluso, es deseado por segmentos mayoritarios de la población del caso. No es exagerado decir que la gente aterrorizada por la emergencia espera que las instancias de poder público garanticen su seguridad, su alimentación, la atención de sus requerimientos médicos, la dotación de los servicios esenciales, la certeza de una continuidad de sus empleos y sus medios de vida… en definitiva, la continuidad de sus vidas de la manera más digna y razonable posible.

El régimen de peste comporta, igualmente, un específico estado de ánimo personal y colectivo, determinado en lo esencial por un impulso espontáneo y, con frecuencia, impetuoso a perseverar en el ser: una voluntad de vivir. La gen- te, en su mayoría, se aviene con el estado de peste y en los hechos lo encarna, porque aspira sin ambages a permanecer viviendo. Esa fuerza puede presentarse de dos maneras, no del todo excluyentes: 1. como egoísmo puro y duro, 2. como altruismo que, al procurar la salvación y bienestar de los otros, salva a quien lo ejerce y satisface sus propias expectativas.

Esa tendencia pulsional hace que, en el estado de peste, aflore una poderosa corriente de abnegación caritativa, vital para la lucha en pro de la restitución de la normalidad, entreverada con el flujo de miserias de la peor especie, como el acaparamiento de bienes imprescindibles y la elevación usuraria de sus precios, el abandono de personas vulnerables a su suerte, la exclusión social, racial, de género o de elección sexual en el acceso a productos y servicios necesarios, la estigmatización y el repudio del enfermo, la persecución violenta de personal médico y paramédico por parte de gente del común sumida en el terror y reacciones por el estilo, el rebrote exacerbado de los racismos, así como de la xenofobia, la mezcla de odio y temor ante los migrantes… De hecho, la propia táctica de la cuarentena opera según una férrea dialéctica de cauta consideración huma- na y rechazo frontal de grupos humanos. Y toda la miserabilia que la pandemia potencia a escala personal y de comunidades focales se proyecta en los estados, como lo prueban, por ejemplo, los actos de piratería de insumos médicos perpetrados por gobiernos que navegan con bandera de decencia; también, por caso, la pérfida mezquindad con que diversos exponentes del liberal-egoísmo se han precipitado a maliciar y descalificar la vital cooperación del servicio médico cuba- no con la gente de regiones particularmente azotadas por el virus en Italia.

La gente mejor dispuesta tiende a la solidaridad, porque cada quien sabe que es la mejor vía, incluso para realizar sus personales expectativas y satisfacer sus necesidades vitales en un momento extremadamente critico. Pero, en pleno régi- men de peste, menudean los casos en que un inoportuno estornudo, en el metro, puede derivar en consecuencias fatídicas. También puede suceder que una instancia de poder trate como apestados a viajeros procedentes de algún país con alta incidencia del factor patógeno, como por ejemplo en su momento hizo la alcaldesa de Guayaquil, al impedir por la fuerza el aterrizaje de un avión proveniente de España en su aeropuerto. Por cierto, esas míseras prevenciones no bastaron para que esa ciudad se convirtiese en la primera gran réplica de los escenarios registrados en la historia, desde la peste antonina, por lo menos, hasta la devastadora «gripe española» y las diversas rachas de cólera conocidas en el siglo XX, cuando los cadáveres yacen tirados por doquier, sin dolientes ni servicios públicos que den cuenta de ellos. En países con gobiernos de alta insensibilidad humana –como Estados Unidos y Brasil– hay ciudades en las que se es-tu- vo a punto de llegar a tales extremos (Nueva York, por ejemplo) o, de plano, los han replicado, como ha sucedido con Manaos, por caso.

Las miserias, en el encuadre mórbido y necrógeno de la pandemia en desa- rrollo, pueden llegar a cimas muy altas, como cuando el gobierno de Donald Trump se aplicó en gestiones para que un laboratorio alemán trabajase en exclusiva para los intereses norteamericanos, en la elaboración de vacunas y  medicamentos contra la Covid-19, en detrimento de los países con los que está enfrentado. O como cuando Boris Johnson abandonó a su suerte a importantes grupos humanos de su país, con la conseja de que la gente deberá resignarse a perder a sus seres queridos, dado que su gobierno no estaba dispuesto a evitar que eso sucediera. También cuando se aplican las prescripciones relativas al triaje en la atención de pacientes, sin ninguna consideración humana, con base en el más frío utilitarismo o incluso en el ideal darwinista de la selección «natural» en favor de los «especímenes» más aptos. Igual, cuando los gobiernos de ciertos países se dejaron de escrúpulos, en el momento de recurrir a prácticas de vulgar piratería de insumos médicos, en detrimento de países que los habían adquirido legalmente en el mercado internacional. O, en fin, cuando diversas empresas transnacionales –es decir, multimillonarias– cierran sus establecimientos y prescinden durante semanas interminables de las labores de su personal, pero sin pagar los sueldos a que tienen derecho. *** 

Entre sus características, el estado de peste incluye el desconocimiento relativo del «enemigo» al que se debe combatir. Cuando irrumpe en China, el SARS- CoV-2 es un ilustre desconocido, para la ciudadanía común, para muchos médicos y para la gran mayoría de los gobiernos. Durante las últimas semanas, en lo que hace a ese virus, todo indica que ha prevalecido lo que no se sabe frente a lo que se necesita saber. Todavía han de ser muy pocos quienes tengan un conocimiento cabal del virus y de las maneras de enfrentarlo con una efectividad que no vulnere la dignidad humana. En buena parte, la severidad de las medidas de orden público que han venido afectando a millones de personas, en el mundo, se ha debido a esos niveles de ignorancia. A más de cinco meses del brote en Wuhan, son pocos los países que pueden ofrecer algo que se aproxime a una va- cuna y los medicamentos que tanto en China, Estados Unidos, Cuba, Rusia, Alemania y otras naciones han utilizado para afrontar la enfermedad en sus primeras etapas, aún están en fase de experimentación. Hay serios indicios de que la producción y distribución de alguna vacuna confiable, tras las pruebas del caso en humanos, tal vez podría ocurrir hacia fines de 2021.

Se ha venido instaurando un discurso según el cual los avances en el combate a la Covid-19 se han debido al influjo de la ciencia en las estructuras, procedimientos e instancias de decisión relacionadas con el asunto. No se puede negar que la conjunción de: 1. la medición cuantitativa de la propagación del virus, 2. el registro de sus efectos en las personas contagiadas por medio de pruebas de alcance diverso, 3. la investigación clínica en torno a sintomatología, tratamientos probables, efectividad de dispositivos técnicos y procedimientos de prevención y 4. actos específicos de gobernanza no pocas veces efectuados de manera vertical y poco transparente, han servido para contener la velocidad de expansión de los contagios y para reducir considerablemente la morbilidad y mortalidad asociadas al agente patógeno de marras. Todo ello, desde luego, en la medida en que tales procesos y medidas han contado con la anuencia de las mayorías, conforme con las actitudes potenciadas por su conciencia del estado de peste. Sin embargo, hasta donde se sabe, no se conoce bien la manera de desintegrar masivamente los microorganismos en referencia, así como de evitar su reproducción, lo cual hace imposible el hallazgo de la anhelada vacuna y la producción de medicamentos efectivos. Este es un signo claro de un déficit epistémico, que para decir lo menos pone en entredicho los alcances de la condición verdaderamente científica de las iniciativas anti-coronavirus que se han puesto en marcha.

Por el momento –según las expresiones más persistentes del discurso médico-político (es decir, netamente biopolítico) que se ha generado en torno a la pandemia–, los poderes fácticos del caso se dan por servidos, si logran lo que, en jerga poco consistente, han dado en denominar «curva plana». Les basta con ir controlando el curso de la incidencia del virus en la población; se conforman con evitar que la pandemia se desborde y así puedan contar con espacios e instrumentos de atención suficientes de cara a una sobreabundancia de enfermos graves, puesto que todavía no se avizora por ningún lado la posibilidad de una definitiva superación de la peste.

Sobre todo, les parece suficiente con que amaine lo más crudo del temporal sanitario, para poder reactivar cuanto antes la economía. Tan relevante, pero aun insatisfactorio, logro no autoriza a hablar en rigor de una conducción científica de la lucha contra la tremenda contingencia que asuela nuestro mundo de la vida. Lo que en todo caso se observa es la eficacia relativa –no exenta de mérito– de la combinación de tecnología estadística con manejo estratégico (en el fondo, militar) y político en el combate contra el coronavirus y en el abordaje de sus efectos económicos y sociales. Ese ensamble táctico adolece de un estatuto epistémico problemático y deficitario: resulta bastante eficiente y oportuno –aunque también amenaza con una medicalización atosigante de la vida–, pero sus compromisos con lo verdadero y lo humano son endebles.

Ese déficit epistémico, parcial pero significativo, en torno a la Covid-19 –en especial a los tratamientos y las prácticas que garanticen su prevención masiva y su cura– ha estado en la base del miedo pánico con que han reaccionado, ante su irruptiva presencia, tanto los gobiernos como la gente común. Es cierto que la influenza, la propia gripe común, el sarampión y otras enfermedades virales o bacteriales vienen matando, año tras año, muchos miles de personas más que las que se suman a la cuenta de la Covid-19, pese a la velocidad con que se propaga y su letalidad innegable. Pero el género humano lleva siglos batiéndose con esas enfermedades consideradas «comunes» y sabe cómo actuar ante ellas. En espe- cial, las sociedades con mejores índices de desarrollo pueden sortear sus efectos con relativa facilidad. Cuando no es el caso, cuando las políticas neoliberales han dado al traste con las estructuras sanitarias indispensables para una sociedad meridianamente sana, cuando muchos de los propios médicos sucumben a los embates de una enfermedad que, en un principio, se propaga casi sin freno, cuando además tenemos a muchos medios y grupos e individuos que recurren a las redes sociales para proyectar sin ambages su egoísmo e irresponsabilidad, es lógico que cunda el terror en la ciudadanía, es del todo «natural» que las perso- nas conscientes de sus límites biológicos, de su fragilidad y de su impotencia, activen sus sentimientos de temor ante la autoconciencia de su evidente finitud, de su condición de seres mortales.

A las consideraciones anteriores hay que agregar las secuelas originadas por la decepcionante constatación de los límites insuperables de la seguridad en el plano personal y público. En los últimos dos siglos, a la vera de la secularización de Occidente y de los grandes progresos en la ciencia, la tecnología, la economía, la higiene individual, familiar y comunitaria, la prevención de enfermedades, la disciplina social y tantas otras dimensiones de la vida en común, han estimulado en sectores importantes del género humano una sensación de omnipotencia, de fe en el dominio creciente de una naturaleza convertida en simple pro- veedora de satisfactores poco menos que sin límite y, con ello, han sucumbido a la ilusión de una existencia sustentada en una seguridad plena, tanto en el orden de la vida pública como en el de las personas.

En el presente, todas esas certidumbres, esas creencias esperanzadas, esas ínfulas de poder se enfrentan a las lecciones de humildad y de veracidad que imparten, con frecuencia cada vez mayor, grandes desastres naturales (como huracanes y terremotos), siniestros de destructividad inusitada (como los incendios en la selva amazónica y en Australia), niveles de violencia inmanejables por su incidencia y por su brutalidad (en especial contra mujeres) y también la propagación irrefrenable de patologías conocidas (a algunas de las cuales se las tenía por erradicadas, como la tuberculosis) y el surgimiento de otras en apariencia nuevas y particularmente letales. La eclosión imprevista de la Covid-19 acontece en ese contexto ideológico y ético, lo cual puede ayudar a entender la actitud de tantos millones de personas que, en el mundo, han optado por acatar las disposiciones sanitarias y de comportamiento social emanadas de los poderes fácticos existentes en sus países, sobre todo, las autoridades políticas, las fuerzas armadas y los responsables de la sanidad pública (en sí mismas encarnaciones de un poder en extremo relevante).

Los poderes velan por sus intereses estratégicos y nunca renunciarán a su afán de mantenerse y, en lo posible, crecer. Esa verdad no autoriza a extrapolar presunciones de cariz conspirativo sobre su conducta en esta contingencia. Nada justifica reconocerles o asignarles una potestad de control y manipulación tan grande. No son capaces de manejar el albedrío de la gente durante todo el tiempo y con una eficacia mirífica, por muy dotados de fuerza y de medios que estén. Las estructuras y dispositivos de control y dominio existen y operan co notoria efectividad, pero nunca anulan del todo una voluntad autónoma sólidamente constituida. No todo es control externo; las personas también contamos con disposiciones a la autocontención. Así que, si en la apabullante mayoría de países en estado de peste la población del caso se ha sometido a procederes draconianos, impuestos desde las estructuras de salud pública gubernamentales, las fuerzas armadas y la policía, no ha sido, en general, por una renuncia a la libertad ni al sentido crítico ni a la autonomía ética ni a una psicopatología que pudiera actuar como espejismo compensatorio ante la amenaza viral. Más bien, todo indica que, mayormente, ese comportamiento se ha debido a la conciencia clara de que dicha aquiescencia es lo que más conviene a todos, desde el punto de vista y el criterio principal: la preservación de la vida y la salud, a escala individual, familiar y colectiva.

El hecho de que, tras casi tres meses de encierro, en medio de graves urgencias económicas de muchos y a la vera de noticias alentadoras sobre el control del coronavirus y sobre la elaboración de vacunas y medicamentos prometedores, la gente tienda a dejar atrás la cuarentena y, así, a bajar la guardia ante el peligro que la justificó, no contradice en verdad el proceso general de conformación del estado de peste, que como es natural se dio con más fuerza al principio de la pandemia, cuando la amenaza era ferozmente trágica. Habrá que observar con toda atención las reacciones que vayan a suscitar los rebrotes de la enfermedad, en los lugares en que se relajen la distancia interpersonal y otras precauciones. No parecen muy pertinentes los continuos juicios, ideológicos y morales  frente a esa actuación personal y social. Es la propia gente la que, en su mayoría, dado el caso, se coloca en modo de peste, por conciencia, convicción, intuición o sentido de conveniencia.

El estado de peste se constituye y sostiene sobre la base de individuos y grupos con alto sentido de responsabilidad, aunque con frecuencia, para llegar a ello, hayan enfrentado fuertes presiones heterónomas (de los medios de comunicación y demás aparatos de producción e inducción ideológicas, las redes socia- les, los decretos gubernamentales, la banca y demás instancias financieras, ciertas estructuras religiosas, las fuerzas armadas, los sistemas de salud, los algoritmos de manipulación conductual, los familiares, los partidos, los grupos de referencia más diversos etcétera).

Los poderes fácticos no podrían llegar muy lejos en sus planes de contención y control del microzoo letal si la gente no se autodisciplinara. Eso es, justamente, lo que ha estado sucediendo y no se trata de una actitud de servidumbre voluntaria. Tampoco estamos ante la enajenación forzada de la autonomía ético- política de la gente. Habría que descartar, igualmente, una supuesta disposición masiva a aprovechar las cuarentenas para renunciar de grado al frenético modo de vida ultramoderno, predominante en los países ricos, y alcanzar así una sosegada convivencia con los adláteres e incluso una reconciliación con el hogar y la familia o algo por el estilo.

Lo que parece haberse dado ha sido una temporal anuencia trágica, una especie de cesión provisional de derechos fundamentales y micropotestades –como cabría imaginar que sucedió en los también difíciles tiempos en que se fraguaron los contractualismos modernos (siglos XVII y XVIII)– ante los administradores del espacio público –es decir, los gobiernos realmente existentes–, que operaban como mediadores frente a las potencias que, en verdad, decidían sobre nuestras vidas y muertes.

Esa suspensión transitoria de algunas de las garantías primordiales es lo que se observa en una autodisciplina generalizada, que busca concordar con los micro-poderes esmerados en imponer una renovada disciplina social masiva de manera acelerada, a fin de asegurar una supervivencia sostenible y meridianamente digna. En definitiva, un capítulo más –eso sí: de complejidad difícilmente parangonable– de la hegeliana dialéctica del amo y el esclavo: ante los graves riesgos de perder la vida, se accede a postergar temporalmente el ejercicio pleno de la libertad, al tiempo que se reconoce un poder capaz de garantizar la sobreviven- cia de todos y el bien común hasta donde sea posible. Poco importa, a la mayo- ría, si esto supone una derrota más de los principios y procederes liberales, en política, y ultraliberales, en economía. Máxime si la vertiente ideológica de la actual gigantomaquia geopolítica (China y Rusia vs. Estados Unidos y la Commonwealth) lleva los rumores y las recíprocas acusaciones conspirativas, de intensidades variadas según las diversas etapas del estado de peste, a cotas que agudizan de manera extrema el terror de los mortales.

La postergación de infinidad de aspiraciones y reivindicaciones, el diferi- miento de proyectos y programas que vienen nutriendo tantas expectativas, el alejamiento de los cuerpos (la célebre «sana distancia social»), la consiguiente contención y aun obturación de la economía libidinal y afectiva, las pérdidas de empleos y las mermas en el poder adquisitivo de mucha gente, las alteraciones en la cantidad y calidad del consumo y, en general, de la satisfacción de necesidades, la exposición de muchos a nuevos y graves riesgos de salud como con- secuencia del sedentarismo inherente a las cuarentenas, la agudización de los conflictos y las tensiones de género en el ámbito familiar (ahora anfitrión forzado de dimensiones importantes del espacio público), las drásticas modificaciones en la vida cotidiana de tantas personas, en medio del déficit ético que signa a la mayoría de ellas, en fin: todo ese precio físico y existencial exigido por el aislamiento trágico de millones de personas, de poblaciones enteras, todas las in- comodidades, renuncias, ardores, privaciones, conflictos y calamidades colaterales que propicia el estado de peste, en aras de refrenar y abatir la expansión de la Covid-19, comportan un sacrificio literalmente extra-ordinario, por no decir que sobrehumano. Algo que difícilmente puede durar mucho tiempo, siquiera el necesario para lograr las metas que se proponen en el plano sanitario. Ya en las primeras semanas de la mundialización de la enfermedad, un equipo de especia- listas del Imperial College of London cifraba la duración de esta batalla en la bicoca de 18 meses. Esperemos que se equivoquen y estén exagerando. Como sea, no es difícil presuponer que el régimen de peste ya es y puede llegar a ser, de esa manera, la fuente de una amplia gama de colisiones y tendencias pugna- ces de intensidad y alcances variables.

También es razonablemente presumible que el estado de peste abra cauce a significativas novedades, en el plano existencial, político, económico y, en gene- ral, en todos los componentes y dimensiones del mundo de la vida.

La irrupción de la Covid-19 y la agresiva administración de la pandemia, por parte del gobierno de Donald Trump y sus aliados, los factores del capitalismo neoliberal mundializado (en especial, el sector bursátil y financiero, la industria farmacéutica, los estrategas de la campaña por su reelección, los medios y las redes sociales que les son afines y demás) han descubierto la enorme fragilidad del sistema hegemónico global. Sobre todo, han puesto en evidencia su profunda dependencia de aspectos que conciernen al ethos de quienes han dirigido y siguen conduciendo la compleja globalización acelerada (Ottmar Ette dixit) que tanto ha determinado nuestras vidas en las últimas décadas. Sin negar la importancia de las estructuras y los cursos de operación sistémicos, en la marcha de ese poderoso y omniabarcante proceso, es necesario reparar con más énfasis y frecuencia en el elemento ético que subyace en la economía y la política.

Es sabido que las apetencias desmesuradas, la voluntad de dominio, la falta de escrúpulos, la más vulgar hýbris, los egoísmos más pedestres, la indolencia ante la suerte de las personas que padecemos políticas y medidas destructivas y antihumanas, el desprecio por todo lo que suene a bien común, el desdén por la civilidad y la ley y, en especial, la desconfianza y el miedo están en la raíz de la debacle económica que se viene registrando a lo largo y ancho del planeta. Resulta sorprendente que un problema de salud haya logrado dar al traste con la arquitectura de las principales instancias de la hegemonía mundial, lograda tras muchos lustros de acción política, económica y social. O se trata de un plan – cosa que, con los datos a esta hora disponibles, no se puede asegurar ni negar– o es la consecuencia de la falta del temple necesario para afrontar la contingencia, como una peripecia o vuelco de la fortuna, mucho más que por el despliegue de la lógica del orden global.

Por ventura, poco permanecerá como antes de la pandemia y del estado de peste más o menos global. El problema ahora consistirá en definir el signo y el sentido de los cambios que vendrán. Porque no se trata tanto de sentarnos a esperar el advenimiento de equis modalidad de reorganización de la vida, cuanto de generar las condiciones de la invención colectiva de una buena vida y de granjearnos los medios que hagan posible ese desiderátum.

A primera vista, en unas cuantas semanas, por el efecto catalizador de la pandemia, ha venido cuajando un nuevo macroescenario: algo como un inédito «gran teatro del mundo», raigalmente secularizado, pese a la persistencia de bol- sones de fanatismos de índole religiosa y pararreligiosa. Se diría que se trata de la plataforma global en la que aumenta de velocidad y se amaciza la multipolaridad de la geopolítica mundial, que ya venía operando. El elenco que se mueve en el actual proscenio-mundo está integrado por Estados Unidos, China, Rusia, India y Europa, aunque en general los tres primeros se disputen el papel protagónico, es decir, la hegemonía.

Junto a ese juego geopolítico de las potencias del momento, el nuevo gran teatro (de operaciones) del mundo ofrece un escenario específico, para la gran lucha de intereses económicos, ideológicos y políticos que se otea en el horizonte histórico inmediato. Una parte significativa de la oligarquía corporativa global del presente debe conformarse con el inefable liderazgo de un histrión narcisista, infatuado al máximo por estar a la cabeza de la principal potencia militar del planeta llamado Donald Trump. Por su parte, los agentes políticos e ideológicos más retardatarios del orbe –es decir, el nuevo fascismo, en todas las variantes con que se viene mostrando en diversos países– también asumen como su actual duce a esa encarnación de la decadencia norteamericana, con su pregón de Ku Kux Klan con Destino Manifiesto, dispuesto a cobrarse las vidas que sea, dentro y fuera de su país, así como a desatar las catástrofes económicas y las conflagra- ciones que se requieran, con tal de ascender los puntos que necesita en las en- cuestas electorales. La monstruosidad más a la mano, a este respecto, es la manera como Trump ha manejado el estado de peste en su país; estilo que ha sido imitado con provecho tétrico por secuaces inefables como Bolsonaro y, en un principio, Boris Johnson. Lástima que las actuaciones de esta clase de fantoches se cifren en miles de muertes, pues ello impide despacharlos con la descarga de carcajadas sardónicas con que, por lo general, se paga a los ridículos.

Las provocaciones más insensatas y arriesgadas, las amenazas más arrogantes, las disparatadas calumnias contra sus rivales, adversarios y enemigos, los ataques de impresentable cariz racista contra estos últimos, dentro y fuera de Estados Unidos, y todas las contumelias que a diario perpetra D. Trump, en su condición de imperial encarnación de la hýbris, aparecen acaso como el componente más colorido y propiamente dramático del nuevo teatro del mundo, como configurando el gran agón que habrá de hacer valer, sin cortapisas ni pruritos en cuanto a métodos respecta, los intereses económicos e ideológicos más egoístas y destructivos en que se ha venido sustentando el capitalismo neoliberal.

El polo europeo aparece en ese macroescenario sin un proyecto consistente, una fuerza, una cohesión interna suficientemente sólidas, como para desempeñar un papel significativo en el actual teatro (de operaciones) del mundo. De hecho, al margen de las diferencias específicas por países y según las circunstancias del caso, ese agente geopolítico otrora relevante, con frecuencia, solo puede mover- se según el oleaje originado por el fragor de la confrontación entre las potencias mayores.

Por su parte, Rusia ha venido incrementando su fuerza militar y ampliando su presencia intercontinental; ha restituido en gran medida el poderío de la antigua Unión Soviética, al punto de convertirse en factor decisivo de la actual multipolaridad, y ha resistido con efectividad las presiones, asedios e intentos de arrinconamiento geoestratégico emprendidos desde el polo norteamericano, por medio de instrumentos como la OTAN.

La actual potencia rusa, sintetizada en la figura de Vladimir Putin, ha sabido poner en marcha una política internacional y una diplomacia eficaces en grado sumo, con lo que ocupa un lugar prominente en el actual teatro del mundo, especialmente en todo lo que hace a contención del hegemonismo practicado por

Estados Unidos y sus aliados (desde Gran Bretaña y el resto de la Commonwealth hasta regímenes impresentables como el de Arabia Saudita, pasando por la demasiado obsecuente Unión Europea). No se puede omitir que todo ese potencial se cimienta en un Estado autoritario, inasimilable a una genuina idea de democracia. Asimismo, la antigua patria del socialismo «realmente existente» se convirtió con celeridad y virulencia extremas en una estructura capitalista neo- liberal. Todo ello impide considerar a Rusia como una referencia político-ideo- lógica, a la hora de pensar en un alternativo orden de la vida, para el momento histórico que se abra con la pospandemia.

China se presenta, a su vez, con el gran agonista rival de la hegemonía geo- política y económica, ahora cuestionada y debilitada, de Estados Unidos. Tras un proceso, a la vez fulgurante y sostenido, la potencia asiática marca ahora la pauta, a escala planetaria, en lo que hace a comercio, finanzas, tecnologías de punta, nuevos procesos productivos y todo lo que se coloque en un plano de vanguardia innovadora de la vida en el presente.

Nadie en sus cabales discute que China es la principal potencia emergente del momento y no hay día en que no se evidencie su tendencia a ascender, a de- jar atrás a sus adversarios y enemigos, con Estados Unidos a la cabeza. Además, China también ha recurrido hábilmente a su enorme potencial financiero y a una muy sagaz diplomacia, para lograr con notable éxito una influyente presencia incluso en regiones en las que se suponía –sin ninguna base estimable para ello– debía primar sin reservas la hegemonía norteamericana. Eso explica que, junto con Rusia, se haya convertido en un decisivo factor de contención, de cara a las agresivas iniciativas que el hegemón americano ha emprendido contra los países a los que pretende sojuzgar. Pero tampoco en este caso se debe preterir el hecho de que todos esos logros se cimientan en un orden político autoritario, así como en una estructura económica brutalmente capitalista, por mucho que opere en medio de una simbólica pretendidamente comunista.

Resulta muy llamativa la necesidad de expresar las reservas anteriores ante los casos ruso y chino. Los deplorables dichos y hechos de Donald Trump, en su condición de epítome de un hegemonismo de raigambre decimonónica y de unos intereses de clase bestialmente antihumanos, impelen a muchos a la condescendencia ante los gestos y actos de gran potencia de Rusia y China y ante las indefendibles relaciones económicas, sociales y de poder que operan en el seno de estos países.

Desde una sensibilidad eticista y eudemonista, es decisivo conocer a fondo el juego de las potencias en ese encuadre de relaciones de poder; sobre todo, para: 1. tratar de evitar una reedición seguramente empeorada del orden de cosas previo a la irrupción planetaria del coronavirus y 2. iniciar y encauzar, con los fundamentos necesarios el complejo proceso de edificación de   buena vida. Y, desde luego, en el gran teatro del mundo apenas pergeñado en las líneas precedentes, también tienen su lugar los agentes de producción teórica alternativa, que habrán de esmerarse, no sólo en combatir y contrarrestar efectiva- mente toda la bazofia de índole fascista, más o menos renovada, que circula y circulará en el proscenio-mundo, a instancias de medios y redes sociales sometidas a manipulaciones y usos nefandos, sino también las complacencias ante cualquier variante de hegemonismo y ante estructuras y dispositivos finalmente reaccionarios y antihumanos, pese a que aparenten ser y aun blasonen de estar comprometidos con las más elevadas metas humanistas.

Por lo pronto, hay serios indicios de que están perdiendo fuerza con celeridad los principios, políticas y prácticas neoliberales. Aflora con vigor la con- ciencia masiva de que la desregulación de la economía, el desmantelamiento de las estructuras públicas, la absolutización del Mercado, la privatización de los servicios esenciales, los privilegios tributarios, los paraísos fiscales, el debilita- miento y aun desmantelamiento de instancias públicas de salubridad, la desarticulación de los sindicatos y las fuerzas gremiales, la destrucción egoísta e impune de ecosistemas vitales, la deshumanización creciente de los procesos productivos, la mercantilización de la vida, la lumpenización de la dinámica financiera, la instrumentalización de la cultura, la hipertecnificación de nuestro ser en el mundo… están en la base de las políticas de salud hegemónicas y, por tanto, de las escandalosas deficiencias sanitarias de muchos países hasta ahora «avanza- dos». Es esperable que eso se proyecte en una expectativa y en una demanda de fortalecimiento del espacio y la actividad político-social públicos. También en un rescate comunitario de vertientes estratégicas de los tres sectores de la economía, hoy en día en manos de intereses privados. Es deseable, igualmente, que la iniciativa privada aprenda la lección de que, sin un compromiso mínimo con el bien común y con los ecosistemas y las comunidades de referencia de sus centros de operación económica, su actividad puede ser muy eficaz para obtener réditos mayúsculos, pero puede derivar en la aniquilación de todos, incluida ella misma.

Se diría, asimismo, que se acerca la hora de aumentar y endurecer los con- troles relativos a los ecosistemas y a la penetración de la delincuencia organizada en los negocios. El interés general debe estar siempre por encima de los de cariz particularista, sin que ello ponga en peligro una productividad razonable de bienes y servicios, así como la dinámica de los mercados previamente saneados, desenajenados y humanizados; menos aun, la dignidad humana, la seguridad so- cial, las soberanías nacionales y todo lo afín.

Esta puede ser, también, la ocasión para una evaluación y la consiguiente re- configuración de los organismos internacionales multilaterales. El SARS-CoV-2 no solo ha infectado los pulmones de millones de personas: también ha descubierto viejas «enfermedades» en el sistema mundial de las relaciones entre los estados que conforman los referidos organismos. Acaso, por eso, ahora se impone avanzar en la «desprivatizacíón» de la Organización Mundial de Salud, actualmente fuertemente determinada por intereses como los del magnate Bill Gates. Una medida así se avendría con la reestructuración profunda de los sistemas de salud de cada Estado en particular, operación de alta política social cuya pertinencia se torna más evidente, si se tienen en cuenta los estragos causados, en el ramo, por las recetas privatistas tan caras a los partidarios del capitalismo neoliberal.

El momento parece propicio, igualmente, para un redimensionamiento de la ONU y la serie de instancias, acuerdos y tratados que regulan las relaciones entre países, al tiempo que promueven programas de alcance universal, en los ámbitos de la ecología, la economía, la cultura, la educación, derechos fundamentales, cooperación humanitaria y otros. Una de los saldos que deja la pandemia de Covid-19 estriba en la conciencia creciente de que la cooperación internacional es cada vez más necesaria para combatirla con efectividad, puesto que no tiene caso avanzar en su combate, en unos países, al tiempo que sus vecinos siguen padeciendo masivamente el flagelo. De ese modo, este durará mucho más de lo razonable, mientras que la colaboración internacional, facilitada por los organismos del sistema mundial de relaciones internacionales, puede resultar decisiva a ese respecto.

Sería, de igual modo, plausible que se modernizara y reimpulsara la producción agropecuaria sustentable y el mundo rural, como hábitat económico y cultural. Es deplorable el rezago en la superación de la suicida contradicción moderna entre el campo y la ciudad. En fin: es de esperarse que estemos a las puertas de una nueva economía, esencialmente distinta y aun opuesta al capitalismo depredador y necrogenético practicado por los neoliberales, que pudiera servir de referencia relativa para las formaciones sociales y políticas del mundo.

Las guerras comerciales y financieras ya se venían dando antes de la actual pandemia: Estados Unidos contra China y la Unión Europea, las iniciativas norteamericanas en detrimento de países petroleros con los que compite o se muestran reacios a sus manejos en la extracción y comercialización de hidrocarburos y minerales estratégicos (Rusia, Irán, Venezuela…) etcétera. En su dimensión económica, la actual catástrofe en marcha parece haber tenido una de sus fuentes en las incoherentes ideas y actuaciones de Trump y sus secuaces: regresar al siglo XIX en plena era de la 5G: recurrir al proteccionismo y ondear la necia bandera de la Doctrina Monroe, al tiempo que se promueve y ejecuta con ferocidad el capitalismo más brutal y destructivo –la paradoja de un neoliberalismo sin una verdadera globalización–, junto con la práctica de un imperialismo de regusto decimonónico. La destrucción veloz e imparable de procesos productivos, empleos, estructuras de comercio internacional estratégico, sistemas enteros de organización de la economía y de la vida, las bestiales devaluaciones de monedas nacionales e internacionales y tantos otros fenómenos análogos dan para pre- sumir que el trumpismo (que se proyecta en la actitud epigonal de Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Lenin Moreno y otros) se ha aplicado con denuedo en sepultar el esquema hegemónico de globalización consolidado en los últimos siete lustros, con el objeto de imponerse sobre sus enemigos geopolíticos: China y Rusia, al tiempo que se instaure algo parecido al sistema unipolar surgido de la debacle del viejo bloque socialista.

La pandemia –que sigue en pleno despliegue en vastas regiones– ha agudiza- do toda esa destructividad, en buena parte por obra de la demencial gestión de la lucha contra la pandemia que han venido haciendo Trump y sus halcones, a la vera de tres metas concomitantes: 1. la reelección presidencial, 2. la reconquista de la hegemonía mundial estadounidense y 3. el control total del continente americano.

Lo menos que ha resultado de ese empeño ha sido ralentizar la globalización realmente existente (de nuevo, O. Ette), estimular una grave recesión y dar pie a una nueva etapa en el orbe del sistema económico mundial. El gobierno de Trump da muestras de no controlar, ahora, el curso de ese proceso, aunque en ningún momento olvida sus compromisos de clase y sus tareas como salvavidas del gran capital, en momentos de riesgo sin futuro claro y manejable sin graves sobresaltos y contratiempos. No por nada la Reserva Federal se precipitó a aprobar, en lo que la pandemia empezó a cundir con su característica fuerza, un gigantesco programa de «estímulos financieros», por el que se destinan al menos tres billones de dólares, sobre todo, a rescatar a las más grandes entidades empresariales, financieras y comerciales, al mismo tiempo que se cifra en más de un centenar de miles de muertos la exigua eficacia de un sistema de salud, que ni antes ni ahora está entre las prioridades sociales. Medidas como esta pueden es- tar evidenciando que, en lo tocante al rumbo de la economía a corto plazo, el actual gobierno estadounidense sabe que no las tiene todas consigo. ¿Cómo sonaría hoy en día, a la vista del proceso electoral norteamericano en cierne, el lema trumpista, otrora axial, de Make America Great Again?

Por su parte, la gigantomaquia (un modo de guerra, hasta ahora, no convencional) entre Estados Unidos y China parece estar proyectando resultados de sumo interés en el terreno económico. A comienzos de la pandemia y tras advertir los estragos que empezó a causar de inmediato, muchos pensaron que sobre- vendría el derrumbe del ahora gran coloso asiático. Ahora que, según una ristra interminable de indicios a la vista, ese país ha superado la severa contingencia de todos conocida, el balance no parece darles la razón, aunque no se pueden ignorar los efectos negativos de la pandemia en el sistema económico chino: durante el primer trimestre de este año, el PIB se contrajo casi el 7 %, se registran niveles elevados de desempleo por la desactivación de sectores clave de la producción, también se dio un descenso grave de las exportaciones, se desarticularon de flujos de distribución, además de otras calamidades.

Con todo, en el momento de componer estas líneas, China viene de regreso, cuando la mayor parte de sus rivales y enemigos apenas van de ida. Cuando en el resto de países el virus apenas empezaba a hacer sus estragos, China irrumpió en el nuevo teatro del mundo como la principal fuerza de vanguardia en el manejo exitoso de una contingencia que, a lo largo del último trimestre, está doblegando a casi todo el planeta, en el plano sanitario y en el económico.

Esa nueva e inesperada primacía de China se ve reforzada por los avances en la fabricación y distribución mundial de equipos sanitarios, al igual que en la generación de tecnología instrumental y organizacional específicas para el combate contra el coronavirus, así como en la producción y exportación de vacunas y medicamentos. Aun cuando parte de ese inusitado potencial de combate al vi- rus todavía está en etapa de experimentación, en general, se ha convertido en un importante elemento de vinculación –o, en su caso, reconexión– con países y regiones en los que la presencia china crece sin parar; máxime, cuando se trata de medios que están demostrando su utilidad, no solo en las etapas iniciales de los contagios, sino incluso en los momentos más críticos. Eso, sin contar que los laboratorios chinos han anunciado la producción de un vacuna, cuya efectividad han mostrado las pruebas en más de un centenar de personas. En la carrera por dotarse de los medicamentos que atajen a la Covid-19, China está por lo menos a la par de los consorcios farmacéuticos occidentales. Al estar dotado de un personal médico experimentado, de estructuras de investigación microbiológica, de un amplio y eficaz parque industrial sanitario y de remedios contra la enfermedad, probados a diversos niveles, la potencia oriental toma una considerable ventaja, en el reacomodo económico y aun geopolítico que ya se ve venir, en el nuevo gran teatro del mundo.

En el ámbito financiero, existen datos que muestran que China ha logrado hacer de la necesidad virtud y no está saliendo tan malparada como algunos han pretendido. A partir de maniobras exitosas que resultaron en la adquisición de las acciones necesarias para obtener la mayoría en el manejo de las empresas de firmas occidentales que operan en ese país, China está en capacidad de definir las políticas de producción y mercadeo de poderosas marcas de procedencia estadounidense y europea y, en consecuencia, de hacer que sus ganancias permanezcan en el país y se reinviertan sin obstáculos en su sistema económico. Las propias reacciones norteamericanas contra China, en el transcurso de la pandemia, impelen a pensar que los poderes fácticos hegemónicos en Estados Uni- dos figuran la potencia asiática como un peligro extremo para sus intereses y no toleran que les tome la delantera en las principales áreas estratégicas de las finanzas, el comercio mundial, la tecnología, la geopolítica planetaria…

Solo así se explica la prolongada y variada campaña antichina impulsada por Washington. El propio Trump se ha aplicado en generar una especie de casus belli, bajo supuestos «conspiracionistas» como que los chinos crearon aposta el nuevo coronavirus en un laboratorio de Wuhan o que han manipulado las estadísticas relativas a las muertes por Covid-19 en su territorio o que ocultaron al mundo la letalidad de esta enfermedad o que se han dedicado a una pérfida diplomacia de actos caritativos, en beneficio de diversos países particularmente lacerados por la pandemia, con el fin avieso de afianzar su presencia en el mundo, entre otras imputaciones. El incierto futuro electoral de Trump cataliza toda la desesperación de sus equipos de propaganda y desinformación. En el culmen de esa masiva y persistente guerra no convencional, que se suma a la conflagración comercial que ya dura años, está la demencial amenaza norteamericana de hacer pagar a China una fabulosa indemnización por los efectos del SARS- CoV-2. Todo ese numerito teatral belicoso a lo sumo arranca alguna sonrisa condescendiente e irónica a cualquier persona con un sentido crítico meridiana- mente desarrollado, pero puede resultar tan peligroso que obliga a una circunspección en el fondo trágica. Sobre todo, es de temer que el furia de la bestia electoral acorralada que ahora mismo es Trump propulse una escalada permanente de la confrontación con China, una destructividad sin freno, que se cifraría en perjuicios incalculables a nivel mundial.

En definitiva, entre la pandemia, los estragos de cariz recesivo sufridos por las estructuras productivas y financieras de sectores, países y regiones enteras, los nuevos equilibrios geoestratégicos registrados en el actual gran teatro (de operaciones) del mundo y la reconfiguración de las existencias de mucha gente, se otean en el horizonte tendencias, hechos y elementos que podrían derivar en cambios sociales y políticos dignos de consideración.

En el último párrafo de La Peste, el Dr. Bernard Rieux –protagonista de la célebre novela de Albert Camus– se sume en la condescendencia o la conmiseración, cuando en medio del exultante bullicio de la gente de Orán (Argelia),  tras superar una devastadora epidemia de Yersinia Pestis, recuerda que la peste en el fondo es invencible: siempre regresa.

Congruentes con su característica arrogancia, quienes encarnan los poderes del mundo olvidaron esa verdad, de forma parecida a como lo han hecho ante el enorme potencial de catástrofe que, de por sí, alberga la naturaleza en su diná- mica ordinaria (máxime, si el género humano la «ayuda» en eso, con su inmensa destructividad).

El mundo nunca ha sido ni es un lugar seguro. La vida es, entre muchas otras cosas, un sendero lleno de peligros. Esta verdad debe servirnos para aprender, para entender que el evento aniquilador que ahora nos aterra y agobia es parte de nuestras existencias y que, por ello, no vienen al caso ni la histeria ni la temeridad nihilista o suicida; tampoco un conformismo que, a la postre, puede abatir el sentido de libertad y la creatividad necesaria para reinventarnos inventando nuevos y mejores mundos.

Está visto que los grandes desastres, por lo general, abren las esclusas del cambio social y político. Todo indica que esto se aplica al actual desorden entró- pico mundial, que combina una pandemia con el inmenso desplome de sistema hegemónico mundial. Un acontecimiento tan deletéreo ha hecho innecesario, según parece, hasta el momento, el estallido de una nueva guerra mundial convencional. Después de la tormenta habrá de venir la agitación inédita de una dinámica político-social abierta a las novedades estructurales y humanas que deriven en una vida mejor.

Lo más probable es que la nueva realidad que, todavía ahora, se otea de manera turbia y confusa en el horizonte, surgirá de una gestación lenta, larga y conflictiva. Será necesario prepararse para dos escenarios interconectados: 1. el de la continuación de la guerra no convencional entre las potencias mundiales, con consecuencias aniquiladoras para las formas de vida que hemos practicado en estas décadas de modernidad renovada y 2. la concepción y concreción de un orden distinto. Pese a los graves riesgos que comporta la primera de estas posibilidades, es probable sin embargo que genere las condiciones para una deseable re-globalización más humanista de bienes materiales, culturales y espirituales, además de mejor equilibrada con las realidades locales y libres de hegemonismos y pretensiones imperiales.

Como sea, ante la primera de esas circunstancias, a la que ya estamos adscritos, la consigna solo puede ser: resistencia, aguzar y amacizar el sentido crítico, lucha por los derechos conculcados o en peligro de serlo y reivindicación de las nuevas garantías que la actualidad reclama, resiliencia, cambio diametral en los modos de relación con los demás y con el mundo, fortalecimiento del ethos personal combinado con solidaridad, educación y organización de la gente, configuración y consolidación constante  de comunidades carnales y virtuales, reforma radical de procesos y estructuras de comunicación social, regulación humanista del teletrabajo (opción que se perfila como nuevo mecanismo de súper-explotación, con rostro de panacea laboral del momento), reconfiguración de las relaciones de género, reinvención de la política, control comunitario de los poderes, equilibrar los derechos con los deberes, conformación de un suelo ético común y todo lo afín.

En cuanto a la imaginación creativa de un mundo mejor (el eterno vicio de la utopía), no parece haber condiciones para proponer un nuevo programa acorde con la velocidad de los eventos y con la complejidad de la coyuntura y las estructuras que ella pone en evidencia, pero sí se pueden aventurar algunas provocaciones para un diálogo amplio e inevitable. La figuración utópica, entendida al modo de orientación del principio esperanza, no como imposición vertical de futuribles, es una labor inevitablemente colectiva. En un mundo en el que la tecnología facilita la conexión interpersonal a niveles inusitados y en el que la productividad discursiva se presenta como una metástasis, que paradójicamente dificulta y aun imposibilita procesos de genuino diálogo, un problema de difícil abordaje y tratamiento es la conformación de espacios para dialogar con miras a elaborar los mejores diagnósticos y a proponer las soluciones sociales y políticas necesarias. Cabría pensar, entonces, en la conveniencia de organizar algo como un banco mundial de ideas para la buena vida, cuyos materiales –de libre acceso, por supuesto– podrían orientar los análisis y las propuestas a ensayar, con el debido fundamento, en la edificación constante y concreta de los nuevos mundos por venir.

Desde luego, urge tramar y echar a andar, por el tiempo que sea necesario, planes sociales de emergencia en los países más afectados por el desastre en curso: convertir el estado de peste y su soporte anímico en una situación esperanzadora, en virtud de que hay instancias públicas y particulares a las que sí les importa la suerte de la gente, ampliar los sistemas de salud pública, preservar los empleos y los salarios, combatir los acaparamientos de bienes básicos, ir construyendo el orden de la vida que pueda devenir normalidad razonablemente practicable,3 impulsar una amplia educación en higiene y prevención en las  poblaciones, controlar la dinámica de los precios (con el consiguiente freno a las prácticas usurarias), poner en marcha la renta básica para las víctimas crónicas y ocasionales del desempleo, suspender los desahucios, no perder de vista las secuelas del aislamiento social como táctica de contingencia, abastecer de pruebas de detección de contagios, de medicamentos y de todo lo necesario para la defensa de cada quien ante la Covid-19, promover a todos los niveles la formación del ethos (con énfasis en prácticas de desenajenación, en la asunción de formas de vida sostenibles, en la conciencia del sentido del vivir y del morir), postergar los pagos de servicios públicos, supervisar con regularidad las tarifas de los servicios privados, organizar un sólido voluntariado de acción social multidimensional, subsidiar y/o conceder treguas y exoneraciones fiscales temporal- mente a las pequeñas y medianas industrias, alcanzar una nueva naturalidad en razón de un equilibrio entre las potentes tecnologías actuales y una relación positiva entre mundo humano y ecosistemas, humanizar las relaciones económicas, reconvertir los mercados en sistemas cada vez menos «fetichistas» y más concretos, más «tangibles» o «terrenales», con más énfasis en los valores de uso, establecer con la praxis adecuada de todos/as una normalidad más racional, más justa, más sana, más vivible, subordinar las estructuras y dispositivos tecnológicos a la autonomía personal y a requerimientos comunitarios… en general: todo lo que ayude con dignidad a la persona, la familia, la comunidad, los centros de producción de bienes de consumo esenciales, con base en el criterio de que, en los tiempos de catástrofe y recesión, el interés común ha de estar –con más firmeza que en condiciones normales– por encima de toda expectativa particularista. Medidas como estas y muchas otras análogas no expresan aquí un deber ser rígido, sino más bien una avanzada de lo que podrían ser puntos a considerar en acuerdos comunitarios a un tiempo amplios (nacionales e internacionales) y de alcance social local.

Por su parte, en un horizonte de mayor alcance temporal, lo primero a considerar es que esta combinación de pandemia con recesión económica y hasta derrumbe de la globalización hegemónica se inscribe en un contexto signado por la sustitución progresiva de mano de obra por tecnología ultrasofisticada (como la robótica), la constante precarización de la fuerza de trabajo, inmensos contingentes de desplazados y emigrantes (la mayoría de ellos en situaciones deplorables), una desigualdad económico-social nunca vista, las consecuencias nefastas de la desregulación de la economía y el debilitamiento del espacio público, la destrucción amplia y profunda de ecosistemas vitales para el futuro de la humanidad, la contradicción entre producción de bienes y servicios, por un lado, y acceso a ellos, por el otro, la sobreexplotación de la gente y de los recursos naturales no renovables, el reimpulso del armamentismo a niveles nunca vistos, las disparidades demográficas en un mundo sobrepoblado, la penetración del importantes sectores de la gran economía global por la delincuencia organizada, la reducción del espacio político a plataforma para la actividad de grupos corruptos y prácticas cleptocráticas, la proliferación del terrorismo como método de actuación (anti)política, el injerencia de potencias de cariz imperialista en países que no se someten a sus designios, sin descartar su destrucción por medio de intervenciones militares, el recurso hegemonista a sanciones y bloqueos unilaterales rayanos en enormes estados de sitio, la reactivación irresponsable de los juegos de disuasión nuclear, la expansión de una criminalidad que afecta con preferencia a los sectores populares (en especial sus integrantes de mayor vulnerabilidad, como mujeres y niños) y otras calamidades.

Como ya se ha visto, la elaboración de un programa viable alternativo a ese infausto cuadro es tarea de muchas cabezas lúcidas y honradas, a lo largo de un proceso relativamente dilatado en el tiempo. No viene al caso, pues, pretender ir más allá de propuestas urgentes –prácticamente, de choque, como las que se adelantan en las líneas precedentes– y de algunos planteos que susciten alguna reflexión y diálogo, en términos como los que siguen: poner en primer plano la justicia (con alcances más radicales que los de sus vertientes más conocidas: la distributiva, la conmutativa, la retributiva…) y la dignidad humana, reinsertar la ética en la política y la economía, generar una atmósfera general de solidaridad, repensar la libertad más allá de las simplistas ideas liberales al respecto, privilegiar el diálogo y la convivencia por encima de cualquier modalidad de guerra, reformular desde la raíz la praxis y las estructuras educativas, cuestionar a fondo el ideal hegemónico del progreso, favorecer la lógica del estado social frente a la racionalidad capitalista, superar la gastada y estéril polaridad entre neoliberalismo y socialismos tradicionales, inventar modalidades de sistemas y estructuras político-económicas conformes con sus comunidades y países de referencia, re- configurar el modelo vigente de Estado-nación, redefinir el funcionamiento del mercado en los planos global, regional y nacional, equilibrar a escala mundial los niveles de acceso a la riqueza socialmente producida, reeducar masivamente a la gente en una ética de la responsabilidad consigo misma y con los demás en todos los planos de la vida (salud, alimentación, desarrollo intelectual y espiritual, cura sui…), primar una vez más la formación educativa sobre la simple instrucción y la mera información, así como las didácticas directas sobre las mediadas por complejas tecnologías (sin que ello signifique renunciar de manera tajante a estas), establecer mecanismos para que los más ricos paguen impuestos  conforme con un esquema de corresponsabilidad ciudadana general, canalizar el feedback de las ganancias obtenidas por las grandes corporaciones globales a los territorios donde operan, subordinar la economía a la vida de las personas y comunidades, reforma profunda de las instancias y prácticas concernientes a la salud individual y colectiva, control legal y comunitario de la industria y los laboratorios farmacéuticos transnacionales, revisión de los dispositivos de seguridad social pública y privada, armonizar la globalización de la producción y las finanzas con las necesidades en los ámbitos locales, equilibrar los inevitables vínculos entre los individuos y sus sociedades de pertenencia, así como las relaciones de las libertades y garantías personales con las responsabilidades ciudadanas, diversificar los mecanismos e instancias de participación política popular, en un proceso de tránsito de las democracias formales a democracias multimodales, que contemplen el máximo posible de instancias de intervención comunitaria… y tantas otras metas que confluyan en una rehumanización del mundo.

Aunque estemos condenados a los rigores del actual estado de peste, nada nos impide el ejercicio responsable de nuestra libertad, nada nos priva del sentido crítico, nada justifica ningún egoísmo desbordado y destructivo, nada será más fuerte que el principio esperanza.

1 El uso de este término, aquí, tiene en cuenta su origen etimológico. Tragós, en griego, es el chivo que, por medio de su sacrificio, redimirá a la comunidad de los males que la aquejan (entre ellos, con frecuencia, la peste). La agónica situación en la que el animal espera la cuchillada fatal es un momento de tensión entre el sí y el no, la vida y la muerte, estado que, por analogía, se corresponde con las víctimas potenciales de un microorganismo letal

2 El término es, recordémoslo, de Ulrich Beck.

  1. Últimamente, ha cundido la locución de la nueva normalidad, para designar el interregno entre el momento en que la propagación del coronavirus y su letalidad muestran tendencias constantes a la baja y lo que, en el porvenir, termine recibiendo el nombre de «normalidad». El término de marras resulta confundente, pues a lo sumo solo da cuenta de la continuación de la anomalía pandémica, de manera suavizada, más relajada. Así que ni es «nueva» ni es «normalidad» propiamente dicha. Una normalidad practicable no se decreta:

se constituye con base en prácticas comunitarias estables, en un orden de la vida que favorece a aquella, al tiempo que nutre a este

FUENTE: REVISTA CONCORDIA/REVISTA INTERNACIONAL DE FILOSOFIA

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