Los yerros de la política exterior

La política internacional de Colombia ha tenido la constante de la subordinación a los Estados Unidos desde la desintegración de la Gran Colombia (1830), cuando se perdió la oportunidad de una confederación entre Colombia, Panamá, Ecuador, Venezuela y, además, Perú y Bolivia. El destino de nuestros países fue el de la servidumbre voluntaria. Hoy Venezuela está alineada con China, Rusia y bloqueada por Estados Unidos, al igual que Cuba.

Los Estados Unidos son un Estado continental federal, una gran potencia económica. Un crisol de pueblos y de libertades. Al mismo tiempo, es un gran imperio, centro de la crisis civilizatoria de la humanidad, con su modo de vida productivista–consumista, y su alienación cultural de masas. El intento del golpe de Estado de Trump y su pandilla es la erupción de esta decadencia.

El Estado colombiano es el más cercano en esa subordinación. Es verdad que unos gobiernos han propiciado autonomía desde que Marco Fidel Suarez formuló su visión subalterna de mirar hacia el Norte, “respice polum”, y se aceptó la pérdida de Panamá.

En la república liberal, López Pumarejo, bajo la sombrilla del buen vecino de Roosevelt, y con Lázaro Cárdenas en México, se aireó un nacionalismo refrescante. La república conservadora, con Laureano Gómez, se alineó duramente con los Estados Unidos y participó con tropas en la Guerra de Corea, sin que ningún otro país del continente lo hiciera. Durante el Frente Nacional, y arropado en la Alianza para el Progreso, de Kennedy, se extremó el panamericanismo made in USA, promoviendo la salida de Cuba de la OEA.

La entente de servidumbre estaba renovada. Las relaciones con la Unión Soviética estaban rotas desde el 9 de Abril de 1948 y solo se restablecieron con Carlos Lleras. En el gobierno de López Michelsen, se reabrió la diplomacia con Cuba y se formuló la doctrina: “respice similia” (‘mirar a los semejantes’). De nuevo, con Turbay Ayala, se remozó el panamericanismo a raja tabla, rompiendo con Cuba y apoyando en solitario al gobierno de Thatcher en su invasión a las Islas Malvinas argentinas, siendo señalado el país como el Caín de América. Con Belisario Betancourt, se oxigenó el sometimiento al entrar a los No Alineados y actuar en el Grupo de Contadora, reconociendo el triunfo sandinista. Durante el gobierno de César Gaviria las relaciones con Cuba se restablecieron.

Desde López Michelsen, la política se narcotizó y siguió creciendo hasta estallar en guerra abierta entre los carteles y con el Estado. La insurgencia estaba en su apogeo, pero la paz fue saboteada. Con Ernesto Samper, todo fue un pantano de dualidades. Vino entonces el Plan Colombia, de Andrés Pastrana, un capítulo en la guerra contra las drogas que incluyó a las guerrillas. Un plan made in USA, decidido por el Congreso de Estados Unidos.

Con Álvaro Uribe, el alineamiento pronorteamericano continuó con relaciones tensas con Venezuela y el apoyo a la guerra contra Afganistán e Irak. En el gobierno de Juan Manuel Santos, y por la política de paz con las FARC, mejoraron las relaciones con Venezuela, país que era decisivo en el proceso. Se entró en la OTAN y se ampliaron los acuerdos militares y comerciales desfavorables.

Con Iván Duque, volvimos a las andadas del sometimiento, esta vez con la ultraderecha de Trump, rompiendo con Venezuela, dirigiendo el fantasmal Grupo de Lima e interviniendo en materia grave en ese país. Hoy el Estado colombiano está desacreditado por la gran crisis humanitaria que vivimos y, además, porque el uribato intervino en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

Hay que rectificar todo esto, cumpliendo la Constitución en lo que a política exterior se refiere, en tanto consagra lo que puede ser llamado la sabia doctrina “respice frater” (‘mirar a nuestros hermanos’).

Artículo 9º. Las relaciones exteriores del Estado se fundamentan en la soberanía nacional, en el respeto a la autodeterminación de los pueblos y en el reconocimiento de los principios del derecho internacional aceptados por Colombia.

De igual manera, la política exterior de Colombia se orientará hacia la integración latinoamericana y del Caribe.

Se debe comenzar con el restablecimiento pleno de las relaciones diplomáticas con Venezuela, una nueva política de drogas con los Estados Unidos y la aplicación dura de los derechos humanos y la paz.

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