¿Por qué vota la gente?

Escrito por Norlam Ramos

¿Por qué vota la gente? ¿Qué la motiva y qué factores intervienen? Son interrogantes fundamentales para ganar cualquier contienda electoral, y en un año en el que ya se anunciaron megaelecciones en el país, resulta conveniente analizar las diferentes teorías, y cómo se relacionan con nuestro contexto.

El comportamiento electoral es una subcategoría del análisis electoral, el cual contempla diversas variables que influyen en este proceso; desde la población electoral total, sus características principales, su distribución dentro de un determinado territorio y los tipos de electores, entre otras. Solo luego de eso podemos hablar de comportamiento electoral, que evalúa cómo han votado los ciudadanos en elecciones anteriores, buscan explicaciones de dichos comportamientos y hasta buscan predecir resultados electorales. Aquí entran en juego los modelos explicativos del voto, cumpliendo un papel importante.

Los estudios electorales intentan identificar los factores que inciden en la acción de votar, para así explicar y predecir. Empezaremos diciendo que hay algo llamado “tipología del electorado”. De este modo, los electores y electoras pueden ser clasificados en: voto rural o urbano, según información demográfica (sexto, edad, ocupación, nivel de estudios), y la intención de voto por nuestra opción política; es decir, si se trata de “voto duro” (identidad y lealtad a un partido o candidato), “voto blando” (elector con simpatía pero que evalúe ciertos factores antes de votar por nuestra opción, como candidatos, situación socioeconómica, programa electoral, etc), y finalmente el elector indeciso o pendular (con poca o casi nula identificación partidista, y que según diversos factores oscila en distinto momentos entre varias opciones políticas y la abstención). Ahora a lo que venimos, a explorar los modelos explicativos del voto:

Modelos explicativos del voto

La manera en la que un elector o electora toma la decisión de votar por una opción u otra ha sido un misterio, desde los años 40 se ha intentado explicar cómo eligen, qué factores intervienen y los procesos subyacentes. En palabras del teórico Daniel Eskibel “el modelo es al comportamiento electoral específico lo que el mapa es al territorio, una representación del mismo”. Los modelos son entonces construcciones teóricas que buscan explicar el proceso de decisión. De esta manera, se han desarrollado diversos modelos que intentan explicar el comportamiento electoral:

El voto como decisión

Modelo de Columbia, o modelo sociológico. Este modelo, surgido desde la Universidad de Columbia en Nueva York a partir de los años 40, plantea que las principales variables para la decisión electoral son la pertenencia a una clase social, un segmento demográfico o un sector (minoría); por tanto, la decisión dependería más de estas identidades (que tienen asociada una postura o preferencia política) y de lo que opine su entorno inmediato, que de la oferta electoral de los partidos y de las campañas. Este modelo desestima el papel de las campañas electorales para cambiar de decisión, y las ve más como un proceso de afirmación y movilización de sus votantes.

Modelo de Michigan, o de la identificación partidista e ideológica. Por su parte, este modelo que data de las décadas 50 y 60 tiene como temas de estudio la identificación partidista, la simpatía por el candidato o candidata y la postura frente a los temas de debate público. El modelo de Michigan es menos gregario y más individual, aunque conserva elementos sociales. Establece influencias al ciudadano de corto y largo plazo, definiendo las de largo plazo como las más determinantes, ya que el elector se identifica y escoge una opción partidista mucho antes de que la elección se realice, con base en la identidad.

Este modelo reivindica el papel de las campañas electorales en los resultados de las elecciones, debido a que un pequeño porcentaje que se desplace de una opción política a otra puede cambiar el resultado de una elección reñida. A partir de este énfasis surgió luego el llamado Modelo de la comunicación política, el cual califica como determinante la influencia de las campañas, así como la de los medios de comunicación mediante el Agenda Setting (posicionamiento intencional de ciertos temas en la agenda pública), el Framing (enmarcar los temas a conveniencia de cierta opción política para perjudicar a otra), y el uso de figuras públicas influyentes para cambiar la opinión del electorado (actualmente se le suman también los influencers en redes sociales). Hoy las identidades partidistas en el mundo cada vez son más frágiles y móviles, por lo que influir a través de una comunicación efectiva se hace necesario.

Modelo de la elección racional, o de la economía política. Al observarse algunos fenómenos incapaces de ser explicados por los dos modelos anteriores, en la década del 70 surge el modelo de la elección racional, el cual acentúa aún más la “desgregarización” del comportamiento electoral, y se inclina casi absolutamente a una explicación individual. Este modelo surge del enfoque del comportamiento económico aplicado a la política, asumiendo en cierto modo que el ejercicio del voto es como la elección en el “mercado” de productos, donde hay oferta, demanda y elección final del consumidor. Según este enfoque, en el proceso de decisión el individuo de manera racional define su identidad, sus intereses, y luego analiza los pros y contras de cada opción política (tanto si está en el poder como si no), las contrasta con sus intereses y escoge la opción que le parece más favorable en una relación “costo/beneficio”.

El voto como gusto. En la actualidad, a partir del procesamiento y análisis de la información en forma de Big Data (información cuantitativa, grandes volúmenes, segmentación y “vista panorámica”), de Thick Data (información cuantitativa, microsegmentación  con base en la Big Data, información antropológica y psicológica de cada perfil), y a través de las herramientas de análisis de la inteligencia artificial, se puede predecir el comportamiento electoral con mucha menos incertidumbre.

Por ende, al saber qué tipo de estímulos funcionarían para cada segmento electoral de manera casi inequívoca, se puede explotar la emocionalidad del elector hasta el punto de “forzar” la empatía por un candidato o una opción política, relegando el elemento racional a un papel casi accesorio. Vemos entonces candidatos y propuestas que no resaltan por ser elocuentes, programáticamente coherentes, realizables o ajustadas a los problemas reales, sino que “gustan” a la población, y se posicionan hasta triunfar electoralmente, porque sabe cómo piensa el elector, cómo siente y por eso es capaz de conectar, de hacer “resonancia”.

Un claro ejemplo de esto fue la “inusual” victoria de Donald Trump como presidente de EEUU en 2016, y no sorprende esto cuando nos enteramos de que contrató a la desaparecida Cambridge Analytica, empresa pionera en el uso de estas tecnologías para la política. En este sentido, existe un modelo explicativo del voto que está surgiendo recientemente, denominado “modelo de la psicología política”, el cual se está debatiendo hace unos años y está cobrando cierta fuerza.

El contexto venezolano. En el mundo entero estamos viendo un declive de las identidades políticas y partidistas, así como una pérdida de fuerza en elementos condicionantes como clase social, etnia o nivel socioeconómico; agrupándose cada vez más por demandas o temas de interés. Por esto mismo, muchos esfuerzos electorales han ido migrando de la orientación de apelar a las identidades partidistas sólidas, hacia ubicar temas de interés o empatía emocional para conectar y captar electores.

Luego de la victoria opositora del 6 de diciembre de 2015 en las elecciones parlamentarias, el historiador venezolano Elías Pino Iturrieta habló de un “nuevo pueblo”: un nuevo tipo de ciudadanía y una nueva forma de relacionarse con la política debido a los acontecimientos recientes y a otros factores estructurales. Aunque el análisis de este autor tiene un marcado tinte político antichavista, se rescata el planteamiento teórico. Se trataría entonces de una nueva ciudadanía que estaría dejando atrás las identidades políticas tradicionales y la fidelidad partidista, para votar “por sí mismo” más que por una opción política particular.

Aquí entra un abanico de opciones: la migración del voto o “voto castigo”, la abstención o la búsqueda de actores no tradicionales. Esto quedó demostrado cuando luego de que en 2015 la derecha venezolana obtuvo un fuerte caudal de votos, no pudo mantener este apoyo en las elecciones sucesivas, porque no era un voto opositor en estricto sentido, era un voto circunstancial, coyuntural; pero un error de interpretación del liderazgo opositor los llevó a creer que gozaban de una mayoría que nunca tuvieron.

Como ya hemos visto, los modelos explicativos del voto, aunque reducen la cantidad de incertidumbre, no son infalibles ni pueden ser aplicados universalmente, sino que ciertas variables (clase, edad, formación, etc.) favorecen la utilización de uno u otro para dilucidar el gran misterio del comportamiento electoral. Realizaremos un ejercicio falible pero ilustrativo de la utilidad de estos modelos para analizar la realidad política actual. Veremos algunos “macroperfiles” electorales e intentaremos ver con qué modelo podemos abordarlos:

El voto chavista: Identidad, disciplina y conciencia pueden ser los valores que más identifiquen a este sector, por ende, el modelo de Michigan parece ser el más adecuado para abordarlo.

El voto opositor: Este sector podría ubicarse en una frontera entre el modelo de Michigan y el modelo de la elección racional, ya que sí tienen una identidad política, pero esta misma identidad ligada a la ideología liberal y de talante “muy individual”, lleva a decidir en función de la aspiración ligada a ser o mantener un estatus de “clase media”.

El voto pendular: Se trata de un sector que fluctúa entre una opción y otra, ya que elige la opción más conveniente en cuanto a bienestar percibido (modelo de la elección racional). Muy buena parte de este sector ha pasado a la abstención, por considerar que la solución a sus problemas no pasa por la política (“los políticos están pendiente de otras cosas, y si no trabajo no como”). Este subsector dentro del voto pendular podría denominarse el “votante inactivo” que va en crecimiento.

Voto inactivo: A ellos se refiere Pino Iturrieta con su categoría de “nuevo pueblo”, ya que este está por encima del 40% del padrón electoral, producto de la situación económica multifactorial. Para activar a este sector se debe contar con una propuesta o un candidato capaz de generar la percepción de mejoría. Por ende, una combinación entre el modelo de la elección racional junto con el de la comunicación política, parecería ser el adecuado.

Por supuesto, para definir bien los perfiles hace falta hilar más fino, identificando por ejemplo al “joven chavista de 25 a 35 años profesional”, o a la “mujer de 35 a 55 años madre soltera no profesional proclive a no votar”; cuantificarlos (ver qué tan importante es cada sector a nivel electoral) y dilucidar sus intereses a través de estudios demoscópicos (encuestas, focus groups, web scrapings, etc).

Sin embargo, sabemos que estos modelos no se ajustan del todo, y que hay que analizar este nuevo contexto con nuevos ojos: queda como tarea pendiente profundizar en la noción de psicopolítica planteada por Byun Chul Han, el modelo de la psicología política propuesto por Eskibel y lo que algunos autores llaman el neuropoliting o la neuropolítica, para identificar y extraer lo políticamente útil y aplicable de cada enfoque.

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