La filosofía y el capital

Una amiga lleva un proyecto comunitario de costura en un centro cultural interesado en la conexión con el barrio popular donde se encuentra. Participa mucha gente, de varias procedencias y clases, muchas mujeres del barrio; se cose, se conversa, se teje lazo, se piensa. Pero cuando mi amiga tiene que poner por escrito la experiencia para la web del centro, le piden que haya discurso, que cite a tal o cual autor o autora de moda, que hable de “lo común” y del “proyecto de los vínculos”. Como si la narración de la experiencia no bastase.

Una segunda amiga, que se dedica a la danza, me envía por curiosidad y humor una convocatoria para la selección de proyectos de investigación en un centro de creación contemporánea. Los temas: “semióticas inteligentes”, “horizontes de sucesos”, “cibernéticas tangibles”, “micro y macro tectónicas”, “herramientas disruptivas”… En realidad, bajo estos nombres (supuestamente) “sexys”, se pueden encontrar los objetos más banales y cotidianos de nuestra época: ecología, nuevas tecnologías, comunicación, etc.

Varias personas me hablan de un nuevo filósofo joven que no me suena. Tienes que conocerlo, me animan, pero ninguna es capaz de decirme la razón, qué piensa en concreto el joven filósofo. Miro un vídeo en Youtube y resuelvo el misterio: es puro name-dropping, es decir, un soltar-nombres, una cita tras otra, una referencia tras otra, pero como exhibicionismo de medallas y erudición vacía, sin atisbo de reapropiación personal de lo leído o voz singular. La memoria fotográfica sustituyendo al pensamiento.

Oculto los detalles concretos, pero creo que muchas personas del mundo de la cultura se pueden sentir reconocidas en alguna de estas historias. No me interesa “señalar y castigar” –la pasión de estos tiempos–, sino pensar una tendencia preocupante: no importa tanto lo que se hace –coser, bailar, pensar– como lo que se cuenta y aparenta; y el discurso que comunica se valida por sus signos de prestigio (tal término, tal autor, tal cita). Esos signos se traducen en capital: capital-visibilidad, capital-erótico, capital-dinero.

La operación está descrita al menos desde hace 150 años: el valor de uso queda subordinado al valor de cambio; la representación deja de estar vinculada –impregnada, en contacto– con lo representado, se independiza y lo sustituye; el mundo queda desmaterializado en favor de su traducción en signos de valor, fetiches. Se llama capitalizar: chupar, borrar y rentabilizar.

La pequeña novedad es tal vez que los signos de prestigio se buscan hoy muy a menudo en la filosofía contemporánea y la teoría crítica. Ha habido, estos últimos años, un verdadero boom muy interesante de la filosofía. Las matriculaciones en la carrera aumentan, cada ciudad tiene su propio festival “piensa”, las referencias teóricas son moneda corriente entre grupos y en el debate público en general. Pero ese auge es ambivalente.

El reverso tenebroso es esta fetichización del discurso, como si quienes cosen o bailan tuvieran que conocer la obra de los autores contemporáneos para decir lo que hacen

El reverso tenebroso es esta fetichización del discurso y cierta jerarquización de los saberes, como si quienes cosen, bailan o hacen fotografía tuvieran que conocer la obra de los filósofos contemporáneos para decir lo que hacen –o, al menos, simularlo, porque aquí siempre estamos hablando de apariencias. Como si la filosofía tuviera la verdad de las demás prácticas, como si fuese un meta-lenguaje que contiene y expresa a los demás lenguajes, como si la cita instrumental de tal autor o autora de moda validase lo que se hace en cualquier campo de experimentación o investigación.

En vano habrían explicado entonces los filósofos más sabios que tener una idea en danza o en cine no tiene que ver con tener un concepto discursivo, que la idea en danza o cine está hecha de cuerpo o imagen en movimiento, que se puede pensar en danza o cine sin tener ni la más remota idea de lo que se cuece en la filosofía o la teoría crítica contemporánea.

“Pintar sin tener ni idea” es el consejo que daba el muy querido y añorado Ángel González García a la gente joven que quería pintar. Según Ángel, son las manos del pintor las que piensan, en contacto con la materia, dando forma a las cosas. Si se pinta teniendo una idea a priori, sólo se va a someter la materia a ese molde mental previo, deteniendo así el flujo creador e imponiendo la repetición. Hay que salir del armario de la palabra, decía Ángel, dejar de ser charlatanes; la pintura es sobre todo reapropiación de nuestros poderes sensoriales. Y quien dice pintar, dice bailar, coser… o pensar.

Sí. Se puede y se debe pensar sin tener ni idea. No es una recomendación que valga sólo en el mundo del arte, como creía Ángel. El dominio del signo discursivo es una mala noticia también para la filosofía y el pensamiento crítico.

Horror y terror del “marco teórico”. Se impone por todos sitios –la academia en primer lugar– la idea de que para investigar hay que construir primero una “máquina de mirar” con los materiales de autores reconocidos, cuando en realidad el primer resorte del pensamiento es un problema o una inquietud propia, algo de la realidad que nos reta y desafía. Sin problema, sin inquietud, sin algo de cuerpo, sólo haremos juegos y combinaciones de palabras, como el filósofo de Youtube.

Eso es precisamente lo que un buen maestro, una buena maestra, ayudan a encontrar: una pregunta personal y no el marco que tiene ya todas las respuestas. El “daimon” de Sócrates, el “profesor privado” de Nietzsche, el “sabor y el aroma singulares” de que hablaba Eugenio Trías, en definitiva, la propia cosa. Las referencias, las citas y los autores vendrán en todo caso después, para intensificar, elaborar y refinar los propios impulsos o inclinaciones.

Citar es un arte difícil, las citas se recogen como “harapos” con los que vamos tejiendo nuestro propio patchwork decía un célebre filósofo judío alemán. Muchas veces incluso la cita tiene que quemarnos entre los dedos. Nietzsche o Mark Fisher pagaron con su cordura y su vida la radicalidad de su pensamiento, ¿los vamos a convertir en meros adornos para papers, aplicaciones y vídeos de Youtube?

Entonces, frente al dominio del signo como valor de cambio, ¿qué? Nada muy original: activar el valor de uso de la filosofía y del pensamiento crítico. Lo que leemos nos sirve en primer lugar para vivir y no para “comunicar”. Si capitalizar es la operación de borrar la materialidad de las prácticas y quedarnos tan sólo con los signos de prestigio, leer activamente prolonga e intensifica lo vivido, es en sí mismo una práctica y una experiencia, que no necesita nada exterior para validarse. La filosofía como forma de vida, aventura del pensamiento, emancipación.

 

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