La lluvia es un prodigio de la naturaleza

“Por fin me llovió”, “¿no te ha llovido?”, “está lloviendo en la Sierra”, “me cayó un chaparrón”, “cayeron unas gotas”, “se desprendió un palo de agua”, “ya el Apón comenzó a llenar”.

Entre otras, esas eran frases comunes de los perijaneros del campo cuando en Mayo empezaba la temporada de lluvias. Las lloviznas de la primavera que había comenzado en Marzo habían sido insuficientes y la expectativa crecía por la llegada y frecuencia de los aguaceros.

Recuerdo al viejo Neptalí García pronosticando chubascos, “lloviznones” o lluvias fuertes. Acertaba muchas veces, pero también de equivocaba porque las lluvias seguirán siendo un «prodigio de la naturaleza», un suceso extraordinario, y hasta un milagro de Dios.

El “verano”, llamado así por los conquistadores españoles para indicar la temporada seca, culmina en Marzo-Abril, dándole paso en Mayo al “invierno»  venezolano, temporada lluviosa que se prolonga hasta Noviembre.

En Perijá, la lluvia siempre ha sido signo de “buen tiempo”. Los potreros reverdecen, los caños se llenan, los palotales y vegas se nutren del sotobosque, los jagüeyes se derraman, la Sierra se observa nítida después que escampa un aguacero, las vacas se “apoyan” y dan más leche.

“Que llueva, que llueva, la virgen tá en la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan”. Así cantábamos los “catanejeritos” cuando disfrutábamos en las calles de San José los aguaceros de Dios, que comenzaban en Mayo.

¡Que las inundaciones con sus estragos no opaquen la sensación montuna de que la lluvia sigue siendo «un prodigio de la naturaleza»!.

¡ORGULLOSAMENTE MONTUNO!

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