La Criminalización de la Inmigración en Estados Unidos

Es comúnmente aceptable que desde su fundación Estados Unidos fue una nación de inmigrantes. Así a partir de 1815, más o menos 46 millones de migrantes atravesaron los océanos para establecerse por determinado tiempo o permanentemente en los Estados Unidos. La atracción era que la economía estadounidense se presentaba con signos de una favorable expansión, a lo cual se agregaba una mano de obra escasa y con salarios elevados, hicieron de ese país uno de los destinos propicios para potenciales emigrantes.

En 1820 y casi al término del siglo XIX, los inmigrantes provenían de países que ya lo hacían comúnmente desde la época de la ocupación colonial, particularmente de Gran Bretaña. Irlanda y Alemania, con un incremento poblacional que solo a partir de 1841 alcanzó los 100.000 habitantes. Entre 1846 y 1854, llegaron a EE.UU. más de 2.800.000 inmigrantes, de ellos 1.238.000 procedían de Irlanda. En tanto, entre 1820-1971, la mayor recepción de inmigrantes correspondió a Alemania con 6.925.700; Italia que monta en 5.199.300; y le siguen la inmigración tradicional de Gran Bretaña con 4.804.500 e Irlanda con 4.714.000.

Ahora bien, en las décadas de 1840 y 1851, desde muy tempranamente desató una xenofobia exacerbada, que propició una política de hostilización, amedrentamiento e intimidación contra los católicos, y en especial contra los irlandeses; particularmente emprendida por los grupos secretos de los llamados Know Nothing. Entre 1880 y las restricciones a los inmigrantes de 1917 a 1924 era el rechazo a la “nueva” inmigración (provenientes de China, Japón, URSS y países bálticos). Toda una arremetida xenófoba, racista y neofascistoide colmó los prejuicios de un movimiento que pronto se internalizó en la estructura de la sociedad estadounidense con su corolario en el sistema de poder que cada día fue auspiciándolo con mayor vehemencia. Un movimiento chovinista extremo se manifestó tremendamente excluyente y segregacionista contra la inmigración oriental para cerrar el paso a los chinos en 1882 y a los japoneses en 1907. Luego, ya en la mitad del siglo XX el ataque xenofóbico se enfiló contra puertorriqueños y mexicanos con la pretensión de mantenerlo a raya.

Era consustancial a su origen semejante conducta ante el extranjero, dado que Estados Unidos proviene en su formación de las colonias inglesas de Norteamérica, donde el poblador nativo tenía su origen del protestantismo británico, con toda su carga de fanatismo anticatólico y fundamentalismo anglicano, lo cual era ofrecido a los inmigrantes para integrarse y adherirse al modelo de vida inglés, lo llamaron la Anglo-conformity. Se pretendía inocular en ellos una nueva conciencia anglófila. El exacerbado chovinismo imponía como condición sine qua non que los que no tenían ascendencia británica quedaban de hecho sujetos a la renuncia del inmigrante adulto a su cultura nativa. De tal modo ante la imposibilidad de esa conversión quedaban en una situación de marginación. Por su parte, los WASP, los protestantes anglosajones blancos rechazaban de plano tal asimilación. Los inmigrantes permanecían siendo inadmisibles y, por ende, excluidos.

Pese a que la noción ideológica predominante en los círculos del poder en EE.UU en el siglo XIX se fundaba en la Anglo-conformity, la idea de que Estados Unidos era un “melting pot” estaba muy lejos de alcanzarse, así que el supuesto “crisol de culturas” nunca ha sido posible, pues, de hecho, la actitud prepotente y arrogante internalizada en la sociedad norteamericana y practicada por la clase dominante ha sido hasta hoy el rechazo al inmigrante. El concepto del melting pot no ha sido más que un mito de los supuestos valores de la cultura americana (mejor anglonorteamericana), tan alardeada como vana.

El desarrollo del capitalismo en su fase monopolista a partir de 1870 sirvió de incentivo al proceso de inmigración. Estados Unidos fue receptor de importantes contingentes de mano de obra calificada y, sobre todo, personal científico y cuadros técnicos de alto nivel provenientes de Alemania y Europa Noroccidental sirvieron de impulso a la gran revolución tecno-científica que se estaba operando en Norteamérica. A partir de 1905 hasta 1914, comienzo de la Primera Guerra Mundial, ingresaron más de un millón de inmigrantes cada año; la tasa anual nunca dejó de estar por debajo de 750.000. En 1920 comienzan a aplicarse medidas restrictivas tendentes a frenar el flujo de inmigrantes procedentes de Europa oriental y meridional, considerados racialmente inferiores, inasimilables, radicales y peligrosos. Del mismo tenor, a partir de 1929 la inmigración de Asia, como Japón quedó prohibida. Las zonas de tradicional inmigración de EE.UU. se mantenían, Gran Bretaña con la más alta cuota, 65.721 personas; Alemania, la segunda con 25.957, e Irlanda con la tercera, 17.853. Es importante reseñar que el Reino Unido estaba devastado por la guerra y en Alemania, la economía se resentía por la misma causa. Motivaciones políticas de distintos signos impulsaron migraciones que se refugiaron en el país norteamericano.

Esta tendencia del flujo de migración hacia Estados Unidos se ha mantenido a lo largo del siglo XX, y después de la Segunda Guerra mundial y con la Guerra Fría, son otros los elementos que intensifican la xenofobia, el racismo, entremezclados ahora, con el macchartismo, el anticomunismo, todos son elementos que configuran una progresiva criminalización de los inmigrantes de acuerdo a su procedencia.

La persecución y represión sistemática contra los mexicanos y latinoamericanos en general que atraviesan la frontera hacia Estados Unidos en busca de trabajo y motivados por el tan manoseado “american dream”, en el siglo XXI, encaran su punto más crítico con la agresiva política norteamericana antimigratoria que configura una política de Estado cada vez más virulenta y racista.

La crisis económica del capitalismo acelerada por la globalización durante la década de los ochenta y noventa del siglo XX afectó profundamente el empleo en América latina. La aplicación de las recetas neoliberales de reducción significativa de la fuerza de trabajo presionó para emigrar. Pero esa crisis afectó también la tasa de ganancias del capital en Estados Unidos, tanto por la competitividad como por los progresos tecnológicos, una manera de compensarla es con el empleo de mano de obra barata. Así, mexicanos, centroamericanos y caribeños se ven compelidos a emigran al norte para llenar los puestos de trabajo barato que los estadounidenses no ocupan porque las compañías para incrementar sus ganancias prefieren pagar salarios bajos a los extranjeros.

Actualmente en EE.UU. hay alrededor de 10 millones de indocumentados, en su mayoría inmigrantes de México, centroamericanos y otros hispanos, son trabajadores con míseros salarios y que viven en penosas condiciones. Ellos son el centro de ataques de la retórica cargada de racismo, xenofobia y misoginia que desde la campaña electoral de 2016 viene propalando el presidente Donald.

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