"...quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido".

Simón Bolívar, Discurso de Angostura

Notas Históricas marginales sobre el petróleo en Venezuela

“La historia actual se escribe con petróleo. De las entrañas de la tierra americana brota petróleo y por lo mismo la historia contemporánea. Por encima del petróleo hay otras fuerzas que el mismo petróleo no puede controlar”.Enrique Bernardo Núñez, 21 de octubre de 1943.

 

I. “ESTIÉRCOL DEL DIABLO” ¿Cuándo comenzó todo? ¿Del Mene al petróleo? ¿Era nuestro petróleo o   era el de “ellos”? ¿Seguimos siendo dependientes? ¿De la monarquía española a las trasnacionales anglosajonas? ¿Desde el principio estuvimos signado por un revolucionario silente, aquél que sin disparar un tiro, en lo más profundo de la corteza terrestre, nos cambió para siempre? ¿Hoy cómo lo vemos: fue una bendición o una maldición el “oro negro” en Venezuela? ¿“El excremento de Satanás” o instrumento de prosperidad?.

Desde los albores mismos de los que después fue Venezuela, la utilización del petróleo crudo y el asfalto fue más común de lo que se sospecha. Su uso ante la llegada misma del invasor hispano estaba circunscrito a propósitos medicinales, a fuente de iluminación, y para la impermeabización de canoas. En este sentido, se fecha 1539 como el año que por primera vez un barril de estos confines es mandado a España para tranquilizar las dolencias de gota (enfermedad por ácido úrico elevado en la sangre) del emperador Carlos V.  Complejos fueron los momentos en los cuales ese material inerte terminó trastocando la existencia no sólo del mundo, sino de nosotros, los venezolanos. Desde Alexander von Humboldt, pasando por José María Vargas, dan testimonio de personalidades e instituciones muy despiertas que han tomado en cuenta este recurso, respetando los contextos históricos en cada caso.

Ya el siglo XIX anunciaba lo inevitable: surgían emporios económicos estadounidenses, ingleses y holandeses, fundamentalmente rectores del gran negocio en ciernes. Si bien estábamos aquí en plena Guerra Federal, en Estados Unidos (Pensilvania) Edwin Drake ya explotaba de modo industrial su pozo pionero. Fue en la Venezuela guzmancista (1875), en la hacienda “La Alquitrana” del Estado Táchira, propiedad de Manuel Antonio Pulido el otro hito inolvidable: nacía la «Petrólia del Táchira» y sus derivados, entre ellos el querosén. Un expediente interesantísimo caracteriza las primeras cuatros décadas de nuestro siglo XX. Podemos decir sin miedo a errar que aquí germina la Venezuela contemporánea, siendo el petróleo el punto de inflexión por excelencia, motor de todas las permutaciones (económicas, sociales, políticas y culturales) que nos dan y dieron morfología como país moderno. Desde Cipriano Castro a Marcos Pérez Jiménez existe un hilo conductor entre la centralización política marcada por la lucha dictadura-democracia y las transformaciones estructurales hijas del boom petrolero. El 15 de abril de 1914 el descubrimiento de Mene Grande y luego el reventón del campo La Rosa, ocho años más tarde, dijo al globo que Venezuela es sinónimo de petróleo.

Las revelaciones de más pozos, códigos de minas, concesiones, inversionistas foráneas, yacimientos vírgenes, leyes escritas por los extranjeros, etc., daban cuenta de una dinámica diferente en la cual nos convertíamos en el mayor exportador de petróleo del mundo y el segundo mayor productor de petróleo, después de Estados Unidos, en el contexto de dos guerras mundiales (interimperiales).

 

II. SEMBRAR EL PETROLEO

¿Cuáles fueron los grandes cambios que produjo el petróleo en la estructura socioeconómica de la Venezuela de mediados del siglo XX? ¿Existe una “cultura del petróleo” en nuestro país? ¿Nuevas sensibilidades, nuevos imaginarios, nuevos valores, nuevos estilos de vida, nuevos pensares, haceres y sentires? ¿Debemos aprovechar las ingentes riquezas del “oro negro” para desarrollar la agricultura? ¿Diversificar o monoexportar? ¿Dependencia o soberanía? ¿Debemos hoy “sembrar el petróleo”?

A finales de la década de los años veinte del siglo pasado el petróleo era el sector económico venezolano dominante, fenómeno que trajo como consecuencia el abandono paulatino del agro. Era todo un desarrollo desigual que aparejaba una deformación que todavía nos caracteriza: la captación de una renta que nos facilita importar todo en detrimento del impulso de un aparato productivo agrícola e industrial.  Si en las primeras dos décadas del siglo XX  la tercera parte de lo que producíamos venía de nuestro campo, treinta años más tarde esta fracción era minimizada a una décima parte, lo que dice bastante. En este lapso, pocos fueron los gobiernos que velaron por resolver los males seculares -analfabetismo, epidemia, desintegración territorial, etc.- que asolaban al pueblo venezolano, siempre excluido por marcos legales entreguistas a los inversionistas extranjeros.

Ya Arturo Uslar Pietri, como un grupo de intelectuales venezolanos, invitaban a sembrar el petróleo, a mecanizar el campo, a tecnificar el suelo, a la búsqueda de “pan, trabajo, y tierra”, como reza la canción del Grupo Madera.Un nudo en este panorama poco alentador fue la ley de Hidrocarburos de 1943, promulgada en el gobierno de Isaías Medina Angarita. Este instrumento jurídico, partiendo del 50/50, fue favorable al Estado venezolano para garantizar mayor control sobre la industria petrolera, adelanto legal que sufriría una reforma en la “nacionalización” de 1976, sin obviar dos observaciones parciales que se llevaron a cabo a lo largo de seis lustros. Era el momento de la Segunda Guerra Mundial, aspecto que no se puede obviar. Ahora Venezuela se insertaba en el circuito petrolero, una dinámica definida por las fluctuaciones del mercado y los intereses trasnacionales capitalistas. En la década de los cincuenta, -en casa la dictadura perezjimenista- los países del Medio Oriente se sumaban como productores, velando por sus provechos ante la acción reguladora de los Estados Unidos. En este marco emergía la OPEP con el objetivo de estabilizar y consolidar los precios internacionales -que estaban muy bajos- del “oro negro”. La séptima década del siglo XX fue crucial para comprendernos actualmente.

El aumento del precio de los barriles por los países productores de petróleo del Golpe Pérsico, aunado al embargo a los estados aliados de Israel (Estados Unidos y Holanda) por la Guerra de Yom Kipur, trajo como consecuencia que Venezuela aumentara astronómicamente sus utilidades por concepto de producción de hidrocarburos. Esta bonanza ficticia pronto se vino abajo. Los miembros de la OPEP sinceraron las cuotas de producción y los precios del petróleo descendieron significativamente una década después. Comenzaba una “nacionalización” de la industria en un ambiente de gran algarabía y de promesas a flor de piel. Los economistas críticos no dejaron de calificar esta estatización como “una nacionalización chucuta”. El tiempo les daría la razón.

III. “TÁ BARATO,  DAME DOS”

¿A qué se llamó “La gran Venezuela”? ¿Y “La Venezuela Saudita”?  ¿La nacionalización fue una nacionalización? ¿Por fin diversificamos la economía a través de la sustitución de importaciones a mediados de los años setenta y ochenta? ¿Fuimos un Estado rico con una nación pobre? ¿Surgió en nuevorriquismo? ¿Hola Miami, “Adiós Miami”?.

Si la crisis del petróleo de 1973 fue la gran fiesta, esa ilusión del Nuevo Dorado fue tan breve como un suspiro. Es como si esos mal llamados “indios mayamisados” se le acabara su agosto.  Si bien ese histórico 1° de enero de 1976, el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez “nacionalizaba” las concesiones de Shell, Exxon y otros inversionistas extranjeros, integrándolas en la recién creada Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), más de uno era poco optimista con las promesas del carismático líder adeco.  Esta iniciativa se llevó un septenio antes de la finalización formal de las concesiones fijadas en las leyes petroleras de 1943.  “Para 1982, la oferta petrolera supera la demanda y Arabia Saudita se niega a desempeñar el papel de proveedor a turnos, la OPEP fija sus primeras cuotas de producción, que son frecuentemente irrespetadas y causa de eterno enfrentamiento entre sus miembros, los precios se ven afectados y se producen las primeras bajas”, señala una bibliografía sobre la época. En casa se eliminaba el Ministerio de Minas e Hidrocarburos, fundado en 1950, y se daba paso al de Energía y Minas. El Instituto Venezolano de Petroquímica se trueca en Pequiven.

También surgía PDVSA, para 1977. Mientras el tabaratismo entraba en crisis, bien parodiado por un programa humorístico venezolano (Radio Rochela), afuera de nuestras fronteras la guerra Irán-Irak (1980-1988), que llevaría el precio del petróleo a 29,71 US$/barril en 1981, al final del conflicto lo dejaría en 13,51 US$/barril. En 1990 ocurriría la guerra Irak-Kuwait hasta 1991, siempre determinando nuestra realidad doméstica. Le tocaba ahora a los integrantes de la OPEP cumplir rigurosamente las cuotas estipuladas. Los años noventa por factores distintos la postración económica venezolana era galopante. La producción industrial de Venezuela bajo del 50% a casi la mitad su Producto Interno Bruto (PIB). Ya PDVSA no se daba abasto y la resaca de una clase media norteamericanizada con un bolívar devaluado tampoco.

IV. CUANDO PERDIMOS EL ORGULLO 

¿Fuimos “otros” con la aparición del petróleo? ¿Somos los vástagos del petróleo? ¿Se conformaron nuevas clases y capas sociales con la explosión de “oro negro”?  El venezolano se movió de los campos buscando “mejores condiciones de vida” en las grandes urbes ¿la encontró finalmente? ¿De la pobreza rural a la miseria urbana? ¿Hubo y hay una confrontación campo-ciudad? ¿Nuestros bisabuelos que migraron del campo para las ciudades nos enseñaron a querer nuestra tierra con orgullo? ¿Qué ha pasado entonces? ¿Debemos dignamente vivir y producir? ¿Migrar o emigrar?.

Atrás quedaba el café y el campesinado como expresiones hegemónicas de un tiempo ya ido, dando paso, con sus matices, al petróleo y al citadino de concreto armado. Ese fenómeno mediante el cual las poblaciones rurales migran a los centros urbanos se le denomina éxodo rural. La llegada de forasteros a principios del siglo XX tras la oleada petrolera, contribuyó a afianzar una nueva división social con prejuicios claramente culturales. La “civilización Ford” irrumpía con su American way of life. Barrios para obreros en los campos petroleros, por un lado, y grandes residencias -con canchas deportivas, aires acondicionados, piscinas, etc.- para los empleados extranjeros, por el otro, presagiaban la lucha social, expresa o soterrada, que recorría toda la centuria pasada. Ese distanciamiento guardaba cierto parecido con lo que pasaba fuera de las áreas de labores, donde un grupo minoritario detentaba el poder político y económico en oposición a las grandes poblaciones marginadas de bienes y servicios de la renta petrolera que vivían en “cinturones de miseria”, a lo largo y ancho de nuestra geografía. En menos de medio siglo pasamos de ser un país agrícola a otro urbano. La coexistencia de formas de vida en la que la ciudad desplazaba al campo es indiscutible. No obstante, tanto tenemos de la Venezuela actual como aquella de nuestros ancestros frutos de la siembra y el arado, quienes  nos enseñaron, decorosamente, a ganar “el pan con el sudor de nuestras frentes”. Tal vez fueron los años ochenta y noventa del siglo XX cuando mucho de ese “orgullo” de ser venezolano comenzó a agrietarse. Esa Venezuela otrora rica, después de la decepción del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez se tropezaba con otro bajón de los precios del preciado hidrocarburo. La Apertura petrolera que buscaba darle mayor protagonismo a las empresas internacionales en contratos de servicios operativos, no daba los resultados esperados en el esquema de libre mercado. La especulación, el desabastecimiento, la caída del salario real y la subida de precios sin aumento de sueldo, condenaban un quinquenio errático. La impronta del Fondo Monetario Internacional (FMI) era determinante en la explosión social que estallaba el 27 de febrero de 1989, la más contundente expresión de un sistema político-económico en fase terminal y primera gran revuelta antineoliberal por estos lares. Rafael Caldera, en su segunda presidencia, siendo consecuente con esa facilidad para accionar a agentes extraños en nuestra mayor reserva de crudo extrapesado del mundo, la Faja del Orinoco, no pudo torcer el rumbo de los acontecimientos.

Las ganancias compartidas y las asociaciones estratégicas no solucionaban lo indecible. Nuevos esquemas de negociaciones pedía a grito la economía petrolera venezolana, como la demanda igualmente necesaria de un nuevo rumbo político del país. Mientras tanto el orgullo nacional se desangraba.
La gran pregunta: ¿Cuándo incluiremos Cátedra Petrolera con un enfoque descolonizador, como asignatura obligatoria, en nuestras escuelas, liceos y universidades?

 

Para seguir leyendo (Referencias Básicas Mínimas)
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